Posteado por: fernando2008 | 31 agosto 2016

Una nación, dos bloques, tres elecciones y cuatro jinetes.

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No. No voy a hablar de la política española. Voy a hablar de la historia de España. Del momento en el que hubo unas terceras elecciones en nuestro país. Voces interesadas nos venden este evento como la madre de todas las crisis, pero no es la primera vez que esta situación se da en nuestra convulsa historia. La madre de todas las crisis va a terminar siendo como la madre de todas las batallas de Sadam, que ni fue batalla ni fue nada.

Corría el año de gracia de 1916. Las elecciones generales de ese año habían sido ganadas por los liberales del conde de Romanones con el 56,97% de los votos, frente a los conservadores de Eduardo Dato, que solo habían conseguido el 27,63%. Pero los problemas internos del partido liberal y los problemas de España harán que el conde de Romanones dimita. ¡Entonces los políticos todavía guardaban las formas! El segundo partido, el conservador, forma gobierno. Vuelvo a repetir que entonces los políticos todavía guardaban las formas y no se aferraban al poder como las sanguijuelas a los cuerpos. El partido conservador forma gobierno en 1917, pese a que el liberal le había sacado más del doble de los votos. En esta idílica época, gobernaba quien más apoyos lograba en el parlamento. ¡Qué tiempos!

Pero el partido conservador no era la panacea de todos los males. Como la crisis seguía, el rey Alfonso XIII destituye a Dato y organiza un Gobierno de concentración integrado por políticos de varios sectores liberales, mauristas y catalanistas. (España entonces no se rompía. O se rompía de otra forma). Se intentará así conceder más fuerza política a otras fuerzas, para restar poder al bipartidismo de liberales y conservadores.

En 1918, este ejecutivo se enfrentará a las elecciones legislativas. El resultado fue un parlamento muy fragmentado, sin que ningunas de las fuerzas que se presentaba obtuvieran una mayoría indiscutible. Los conservadores de Dato resultaron los más votados pero juntas, las distintas facciones liberales lo superaban en número de escaños. La Lliga Regionalista de Francesc Cambó pasó de 14 diputados a 21.

El desacuerdo era insalvable y resultó imposible formar un Gobierno sólido. Ante esto, Alfonso XIII, los reyes entonces podían borbonear, decidió amenazar a los partidos con su abdicación si no se llegaban a consenso. Y, efectivamente, se formó un gobierno de consenso presidido por Antonio Maura, gobierno que nunca consiguió ser medianamente estable. Mal está que un rey borbonee, pero, caramba, el borboneo sirvió para algo.

En junio de 1919 la situación era insostenible. Se convocaron nuevas elecciones con un resultado prácticamente igual que en las anteriores. Ninguno de los partidos con opciones de desbloquear la situación lo hizo y en julio Maura dimitió. Como veis, la historia es muy similar: nadie está dispuesto a desbloquear nada. Pero con una diferencia importante: ahora no dimite nadie.

Los conservadores tenían la mayoría en el Parlamento, pero no pudieron, o no quisieron formar ninguna alianza para gobernar. Meses después el rey le firmó a Dato el decreto de disolución de Cortes y en diciembre de 1920 volvieron a celebrarse elecciones.

Y ni el velo del Templo se rasgó, ni la obscuridad cubrió la tierra, ni los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgaron por el cielo. La vida siguió.

Como siguen las cosas que no tienen sentido.

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“Peregrina al azar, mi alma sin dueño”, al menos en la elección de mis lecturas, hoy traigo un libro muy interesante. Se trata de la historia de Cipriano Calvo, un soldado de Ciudad Rodrigo que sufrió en sus carnes las penalidades de la guerra de la Independencia, fue hecho prisionero, deportado a Amberes y, cuando terminó la guerra, devuelto a España.

Alguien dijo que una batalla no se ve de la misma manera con los ojos de un aviador que con los de un zapador. El aviador verá la batalla desde la altura como un gran mapa, en donde los muertos son demasiado pequeños para verlos. El zapador, desde el fondo de su trinchera solo verá el barro, la sangre y los cadáveres. Apenas prestará atención a esos insectos que vuelan a gran altura soltando su carga mortífera. Los historiadores de la guerra de la Independencia muchas veces han centrado su atención en los movimientos de los ejércitos, los tratados, la diplomacia. También se ha estudiado a los guerrilleros, pero pocas veces se ha prestado atención a lo que pensaba y sentía el pueblo. Un pueblo del que, en esta época, solo el 5,9% sabía leer y escribir.

El libro es un estudio de un manuscrito, que se guarda en la catedral de Ciudad Rodrigo, en el que Cipriano Calvo narra su historia. Y no solo su historia. Narra ¡en verso! sus aventuras, pero al mismo tiempo dialoga con un supuesto francés, el cual da la réplica a las ideas del español y defiende la postura de Napoleón. Los versos apenas pueden clasificarse como ripios, pero la información es impresionante. Nos encontramos con la información fidedigna de lo que pensaba un español normal sobre sus reyes, sobre Godoy, sobre Napoleón. Sobre todo lo que ocurría en aquella época.

Por si esto fuese poco, Tomás Pérez hace un magnífico estudio de la historia de la época. Por él nos enteramos que, por ejemplo,  Carlos IV acusará a Fernando, echándole la culpa del 2 de mayo. Carlos, Fernando y Antonio Pascual, después de Bayona publican un manifiesto ordenando al pueblo español que no se resistan a los franceses. Incluso, la Inquisición, la cerril y retrógrada Inquisición española condenará el levantamiento de Madrid. Solo Palafox denuncia la traición de los reyes y de Napoleón y pide que se nombre rey de España al archiduque Carlos de Habsburgo.

Los reyes, la nobleza, la Inquisición, el ejército, estaban a favor de los franceses. Entonces ¿quién luchó contra ellos?. El pueblo. Según Lowett, pocas veces ha habido en la historia de la humanidad un levantamiento como el de España en magnitud, simultaneidad y determinación. La guerra de España será una guerra total, no una guerra de gabinete. En Alemania un solo soldado francés bastaba para imponer la ley a todo un pueblo. Vencido el rey, nadie se rebelaba. En España fue la resistencia popular la que ganó la guerra. En Europa los franceses necesitaban pocas tropas para asegurar la paz y los suministros. En España todo francés era un objetivo legítimo. No podía descuidarse ni un momento. Escóiquiz dirá a Napoleón que con Fernando en el trono la alianza con España es un juego de niños, pero sin él será un trabajo de Hércules. Y tenía toda la razón.

¿Y el ejército español? Hay que reconocer que cuando entran en España los franceses, las mejores tropas españolas no estaban aquí. La División del Norte de 30.000 hombres operaba en el Báltico; 8.000 infantes y 3.000 jinetes en Portugal. Y que, por lo menos sobre el papel, José I era el legítimo rey de España. Las tropas españolas, mal mandadas, pésimamente equipadas y absolutamente desmotivadas, iban de derrota en derrota. Después de una derrota mataban a sus jefes porque se pensaba que la única explicación de la derrota era la traición. ¡El soldado español no podía ser vencido más que por la traición!. Por lo tanto, los jefes tenía la culpa. Así ocurrirá el 30 de mayo en Badajoz, donde el pueblo exige armas para marchar a Madrid y asesina al capitán general Torres del Fresno, primo de Godoy.

El pobre Godoy será para el pueblo, el culpable de todos los males. Quizás porque, para remediar la ruina de la hacienda española, el príncipe de la Paz puso un impuesto de 4 maravedís por cada cuartillo de vino que se beba en España. A Napoleón, que hace una caracterización horrible de la familia real, Godoy le parece un toro. Pero lo desprecia por felón. Como dijo el propio Godoy en sus “Memorias”, la sabida al trono de Fernando provoca cambios mínimos en España. Entre ellos las corridas de toros “de muerte” que  el extremeño había prohibido pero seguían haciéndose.

Pero no quiero centrar, una vez más, el foco en Napoleón, Fernando y Godoy. Hoy quiero hablar de Cipriano. Cuando las tropas francesas entran en Ciudad Rodrigo, Cipriano es capturado y emprende, a pie, una larga marcha, de la que va tomando nota diariamente. Anota cada jornada consignando el pueblo donde duerme. Los nombres, perfectamente legibles mientras está en España, se van volviendo más difíciles de identificar cuando marcha por Francia. Y la nomenclatura se complica cuando llega a Bélgica. La geografía no era su fuerte.

Junto con Cipriano, 60.000 prisioneros españoles llegan a territorio del imperio francés.  Napoleón ordenó que se les tratase con dureza para que se alistasen en las tropas o en batallones de trabajadores.Pero, para lo que se estilaba en esta época, estas condiciones no fueron muy duras. Las jornadas de marcha eran de 25 ó 26 km diarios. Cuando llegan a Francia, los prisioneros comienzan a cobrar 75 céntimos de franco al día, cantidad que se les siguió pagando hasta las postrimerías del Imperio. Los españoles pasan por las ciudades silenciosos, sin plantear problemas de orden. Se producen muy pocos delitos y los oficiales franceses, aunque severos, se preocupaban por los presos. Se emplea a los prisioneros en obras públicas no como castigo sino para aprovechar la mano de obra extremadamente valiosa en una guerra sin fin.

La columna llega a Amberes que Napoleón quería convertir en primer puerto de Francia y centro de su ataque a Inglaterra, pero Amberes tenía una crónica falta de mano de obra. Los oficiales, prisioneros bajo palabra, puede ir libremente por la población que sea y solo tienen que presentarse cada cierto tiempo y estar y estar en casa al toque de queda. Los soldados trabajan en brigadas, aunque a veces pueden salir a desempeñar su oficio fuera de las brigadas. Tienen que acudir a lista y llevar un distintivo en la ropa.

Con respecto a la paga, los oficiales cobran por un grado menos que el que tenían. Soldados y suboficiales cobrarán la mitad de sus homólogos franceses ya que están “bajo la protección de la nación francesa”.

Napoleón ordena formar 30 batallones de presos españoles, 15 para fortificaciones y 15 para puentes y caminos. Cada batallón se compone de 400 hombres, bajo mando francés. Cada prisionero tiene un cuadernillo donde constan los trabajos realizados, los pagos devengados y los descuentos. Tienen derecho a una manta, una paca de paja de 15 k para que duerman dos prisioneros y al hospital militar.

Cuando la guerra comienza a ir mal a las armas imperiales, los españoles serán custodiados por miembros de la Guardia Nacional y se niegan a trabajar. Los realistas, como madame Récamier, los visitan y ayudan, mientras que los salarios franceses bajan como competencia de los prisioneros, lo que provoca enfrentamientos.

El libro termina con la historia de la “División del Norte”, división en la que Cipriano no estuvo, pero cuyas aventuras oyó, cuando los últimos divisionarios fuero llevados a Amberes. En 1806 Godoy se vio obligado a poner a disposición de Napoleón 24.000 hombres al mando de Pedro Carro Sureda, marqués de la Romaña. Cuando llegan, causan buena impresión al rey Maximiliano de Baviera y al mariscal Bernadotte, lo cual era lógico, pues se trataba de tropas selectas del ejército español. Al principio tuvieron algunos problemas de disciplina, pero fueron pronto cortados de raíz.

Esta división, encuadrada en el ejercito imperial y bajo el mando del mariscal Bernadotte,  luchará contra los suecos. Cuando los ingleses atacan y toman Copenhague, que era ciudad neutral, siendo considerado esto como “atentado contra la humanidad, la división Romaña se concentra en Hamburgo y luego va a Dinamarca.

Tras el motín de Aranjuez, Napoleón ordena dispersarlos e intervenir su correspondencia. En su obra de teatro “Los españoles en Dinamarca” Merimée presentará a los españoles comiendo chocolate y azúcar, alimentos prohibidos por el bloqueo continental de Napoleón.

Aunque el marqués de La Romaña proclama su adhesión a José I, los ingleses hacen llegar a la división las proclamas de las Juntas de Defensa españolas, gracias a un cura inglés y el marino español Rafael Lobo. Se pide a la tropa que jure lealtad al nuevo rey, provocando que algunos regimientos se sublevan y maten a un oficial francés, por lo que  serán desarmados por las tropas danesas que los conducen a depósitos de prisioneros de Amberes. El resto, tras una escaramuza con las fuerzas danesas, embarca en la armada inglesa y son devueltos a España quedando atrás los regimientos Asturias y Guadalajara.

Un libro muy curioso, una historia relatada en primera persona, y un punto de vista totalmente nuevo sobre la guerra de la Independencia. Tan nuevo me ha hecho reflexionar, plantearme muchas cosas e, incluso, cambiar de bando.

Vive l’empereur !

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Posteado por: fernando2008 | 16 agosto 2016

 Benjamin Black. La rubia de los ojos negros. 

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Estoy de acuerdo con Pilar Galán en que no hay lecturas de verano y de invierno. Hay lecturas. Yo tengo un plan muy rígido de lecturas que sigo diariamente, pero en el que hay dos horas sin regular. Esas lecturas, que rige el azar, son las que comento casi siempre en esa bitácora.

Hoy, el azar me ha vuelto a reunir con un querido amigo: Philip Marlowe. Lo sé. No es el Marlove de Raymond Chandle, desgraciadamente. Pero es un Marlove que se le parece mucho. Benjamín Black, alias de  John Banville, ha recibido el encargo de los herederos de Chandle de resucitar al detective. Y esa resurrección, por lo que podéis leer al comienzo de esta entrada, ha funcionado perfectamente.

La trama es la misma de siempre. Marlowe se aburre en su oficina, cuando entra una rubia de ojos negros y le pide que encuentre a una persona. A medida que la trama va desarrollándose nos vamos dando cuenta que las cosas no son lo que parecen. Son siempre peor. Y el viejo y cansado detective va luchando contra los matones, contra los caballeros ingleses, contra la alta sociedad de Los Ángeles hasta llegar al final en que se aclara todo. Y no es como él pensaba. Es mucho peor. E inevitable. Como dijo el propio Chandle “la solución, una vez revelada, debe parecer que fue inevitable”.

Y, como siempre, Marlowe saldrá de la aventura con algunas cicatrices en el cuerpo y otras, más dolorosas, en el alma.

Puse los pies sobre la mesa y dejé vagar la vista por la ventana. ¿Por qué las luces de la ciudad parecen parpadear en la distancia? Cuando las miras de cerca, su brillo es constante. Quizá tenga que ver con el aire, con los millones de diminutas motas de polvo que flotan en él. Todo parece detenido, pero no es así, sino que está moviéndose. La mesa sobre la que apoyaba mis pies, por ejemplo, lejos de ser sólida, era un enjambre de partículas tan pequeñas que ningún ojo humano podría llegar a ver alguna.

Todo parece detenido, pero no es así, sino que está moviéndose. Cuando te detienes a pensar, el mundo es un lugar aterrador. Y eso sin tener en cuenta a la gente”.

Sí, el mundo es un lugar aterrador por sí mismo. Sin tener en cuenta a la gente. Cuando se tiene en cuenta a la gente, sobre todo a la gente con la que se relaciona Marlowe, el mundo es mucho más aterrador.

Es agradable volver a encontrar a un viejo amigo. Y, más agradable todavía, volver a encontrarlo con los pies encima de la desvencijada mesa de su despacho, filosofando sobre la materia, con su sombrero caído hacia la nuca y pensando en la botella que tiene en un cajón, o en una rubia de ojos negros.

Hay personajes de ficción que tienen una existencia más real que muchas personas con las que nos encontramos todos los días.

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Posteado por: fernando2008 | 7 agosto 2016

El asno de Buridán.

 

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Juan Buridán era un teólogo escolástico que llegó a ser rector de la universidad de París. Fue bastante conocido en su tiempo, hasta el punto que recuerdo haber leído una novela tipo folletín sobre él.

La aportación más valiosa, aunque no la más original, de Buridán es la teoría del mayor bien posible. El ser humano elegirá de entre todos los bienes el bien mayor. Pero la voluntad puede retrasar la elección para determinar más completamente los resultados posibles de la opción. Esto dará lugar a la caricatura del asno de Buridán. Un asno, puesto a igual distancia de dos porciones de heno del mismo tamaño, moriría de hambre por no poder decidir cual de las dos comer primero. Es lo que expresa la caricatura que encabeza esta entrada

¿Curioso? ¿Extraño? En absoluto. Cualquier español que tenga televisión se habrá dado ya cuenta que España está, en este caluroso agosto, sumida en la paradoja del asno de Buridán. Con el agravante de que no cuenta solo el bien mayor para el que elige. Lo que realmente cuenta ahora, dígase lo que se diga, es el mal mayor para el contrario.

La clase política española lleva, desde el 20 de diciembre de 2015, mirando los dos montones de paja, sin decidirse por ninguno de ellos y, sobre todo, mirando de reojo al adversario, que ella considera enemigo, a ver si da un paso en falso. El PP se desgañita gritando que se deje gobernar a la lista más votada, sin querer acordarse de que ellos jamás lo permitieron con sus votos cuando el PSOE fue el partido más votado. Mientras el PSOE repite una y otra vez su “no” a Rajoy, “no” a terceras elecciones y su “no” a formar parte de un gobierno de concentración. No quieren darse cuenta que, a la larga, algunos de esos noes tienen que convertirse en un “sí”. Y que, para mayor recochineo, unas terceras elecciones no cambiarían nada. A lo sumo, provocarían el aumento de la abstención.

Y lo peor de todo es que, como decía la fábula, están dispuestos a quedarse tuertos con tal que al otro le saquen los dos ojos. Y que las grandes palabras de “responsabilidad” “sentido de estado” “sacrificarse por el bien común” son muletillas gastadas que solo sirven para ser arrojadas a la cara del adversario.

¿La solución? Muy sencilla. No hace falta ser Juan Buridán para encontrarla. Está en el dibujo de abajo.

Pero, claro, para eso nuestros políticos tendrían que ser tan inteligentes como los burros.


Y ese no es el caso.

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Posteado por: fernando2008 | 2 agosto 2016

Umberto Eco. Cómo se hace una tesis.

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Alguien dijo una vez que las cosas se descubren cuando se necesitan. Que la necesidad sería la madre de la ciencia. No es cierto. Las cosas están ahí, aparecen cuando un cerebro poderoso las crea, pero luego se usan cuando surge la necesidad. Durante mucho tiempo se desperdiciaron los gases que emitía la hulla cuando se refinaba calentándola. Se sabía que ese gas era inflamable y daba luz, pero solo se pensó en él cuando las grandes fábricas de la Revolución industrial necesitaron luz para que viesen los obreros del turno de noche.

¿A qué viene esto? Pues a que toda mi vida he estado escribiendo. Recuerdo un premio de redacción de Coca Cola que gané a los doce años. Pero, siempre hay un pero, jamás me preocupé de saber cómo se escribía. El único aprendizaje que he tenido para la escritura, ha sido la lectura.

Este aprendizaje me funcionó para escribir cosas más o menos intrascendentes como esta bitácora y algunos esporádicos artículos en periódicos o revistas locales. Con este bagaje literario incluso llegué a ser director de dos pequeñas revistas de instituto. Huelga decir, que las revistas no tuvieron una vida muy larga.

Cuando escribí mi primer libro serio, me di cuenta de las lagunas de mi formación científica. Las notas a pie de página, los índices, las citas, los cuadros gráficos, todo era un problema para mí. Me enfrenté a esos problemas con mi mejor buena voluntad y con la inestimable ayuda de una amiga, más formada que yo y con más paciencia. Pero era evidente que, si quería que mis escritos tuviesen una cierta continuidad, necesitaba una formación metodológica. Y la necesitaba urgentemente.

Tengo en mi casa miles de libros. Unos releídos constantemente y otros que compré en su día y nunca abrí. Por ejemplo, el único libro de Umberto Eco de mi propiedad que nunca había leído, es el que ahora estoy comentando. Y la necesidad se volvió virtud. Me puse a leer este libro de Eco y, como no, me fascinó casi tanto como sus novelas.

En primer lugar, me encantó su claridad. Como dice el propio Eco: “los grandes científicos y los grandes críticos, salvo unas pocas excepciones, son siempre clarísimos y no se avergüenzan de explicar bien las cosas”. Eco es un gran científico y, como tal, explica las cosas de forma muy clara. No usa palabras abstrusas o, cuando las usa, explica su significado cuidadosamente. La claridad es la cortesía del filósofo. Y Eco es un gran filósofo y un gran científico. Solo un gran científico puede ser nombrado doctor “honoris causa” por treinta y ocho universidades, siendo un simple profesor universitario.

En segundo lugar, me encantó su utilidad. Hasta que leí esta obra, las normas de redacción que tienen las editoriales o las revistas me parecían caprichos más o menos snob de dichos organismos. Ahora he comprendido su necesidad, su utilidad y el porqué de su existencia. Y, además, he tomado buena nota de su aviso a navegantes. “Pero, por así decirlo, son también normas de cortesía erudita: su observación revela a la persona familiarizada con la disciplina; su violación traiciona al parvenu científico e incluso arroja una sombra de descrédito sobre su trabajo”. Gracias por el aviso, maestro. Lo tendré muy en cuenta.

En tercer lugar, Eco defiende la humildad del saber y el pagar las deudas. No existe ningún libro, por malo que sea, del cual no podamos aprender algo. El mismo autor confiesa que de un libro de segunda mano comprado en París y que leyó entero para rentabilizar esa compra sacó uno de los puntos más importantes de lo que sería su tesis: “El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956)”. En cuanto a pagar las deudas, se hace citando al autor del que hemos tomado alguna idea.

Es un libro riguroso y divertido, porque ¿qué libro de Eco no es divertido?. En él se demuestra el virtuosismo del autor. Como ejemplo de esto usaré dos cuestiones.

La primera es que Eco escribe el libro con máquina de escribir. En 1977, año de su publicación,  es cuando aparecen los primeros ordenadores personales, por lo que no debía tener ninguno a su disposición. Pero no es solo eso. El capítulo VI del libro “La redacción definitiva” está maquetado como un facsímil de lo que fue la redacción hecha a máquina por Umberto. Y con una simple máquina de escribir, no muy moderna, salva todas las pegas con las que nosotros nos enfrentamos manejando nuestros modernísimos ordenadores. Y las salva magníficamente.

Por último decir que el propio Umberto Eco se propuso, a modo de ejercicio práctico de su libro, en su ciudad natal Alessandria y con los recursos de la biblioteca de ésta, demostrar que “se puede llegar a una biblioteca de provincias sin saber nada o casi nada de un tema y tener, tres tardes después, ideas al respecto suficientemente claras y completas para iniciar una tesis doctoral”. Y, por Júpiter que el experimento le salió bien.

Muchas gracias, maestro. Me has abierto un campo de investigación que intuía, pero en el que me daba miedo meterme. Y voy a meterme en ese jardín gracias a tu claridad y sentido del humor.

Descanse en paz, fray Guillermo de Baskerville. ¡Ojalá me revele yo como un buen Adso! Para conseguirlo, os dejo un nuevo consejo suyo.

cari

 

 

 

 

 

 

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