Posteado por: fernando2008 | 27 febrero 2017

Augusto – Adrian Goldsworthy.

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Cuando mi amigo Nino me recomendó este libro, me di cuenta de lo poco que conocía de Augusto. Es un hombre misterioso, el hombre de las mil caras, aunque para sus súbditos solo tuvo dos.

Se dice que Sila, obligado a perdonar a Julio César, sobrino de Mario, su enemigo, exclamó: “Hay muchos Marios en ese joven”. Pues bien; lo mismo puede decirse de Augusto. Hay muchas personas en él, personas que van sucediéndose sin que siempre se aprecie un nexo entre una y otra.

Augusto joven.

Augusto joven.

A la edad en que los chicos apenas se preocupan de otra cosa que de juegos y novias, Octavio, por la muerte de su tío abuelo César, pasa a primer plano de la política romana. Y entra de lleno. Roma vuelve a vivir con horror la época de las proscripciones. Los ciudadanos y los senadores mueren según sean amigos o enemigos del triunviro de turno. Cicerón definió al entonces Cayo Julio César Octaviano como “laudandum adolescentem, ornandum, tollendum” que venía a significar que “el joven debe ser alabado, honrado y promovido.” El joven era Octaviano, pero “tollendum” no solo significa “promover” sino también “asesinar”. Y en boca de Cicerón, esos dobles sentidos se sabía muy bien cómo había que interpretarlos.

Cuando Octaviano y Marco Antonio se reparten el mundo (Lépido había quedado relegado a Pontífice Máximo), aparece otra faceta de Octaviano: la de general victorioso. En realidad, si hacemos caso a las crónicas y chismorreos, Octaviano era débil, enfermizo y se quitaba del medio en el momento que olía una batalla, llegando incluso a meterse varios días en un pantano hasta que pasó el peligro de Filipos. Pero sabía elegir bien a sus generales. Gracias a ellos, gana a aquella fuerza de la naturaleza que era Marco Antonio. También tenemos que tener en cuenta que, aunque Marco Antonio no era precisamente una virgen vestal, fue el blanco de una campaña de calumnias hábilmente orquestada por Octaviano.

Augusto de Actium.

Augusto de Actium.

Y después de Actium, Augusto queda dueño del mundo. Con sus achaques, con sus aciertos, con sus equivocaciones, pero será único. Pero aunque es el centro de todas las miradas, su figura sigue siendo un misterio. Su sello personal fue la esfinge, la guardiana de los secretos. La esfinge que también aparece en la coraza de su estatua de “Prima Porta”.

Para los millones de romanos que jamás vieron a Augusto, su figura solo tiene dos representaciones. Una la de Octavio joven, parecida a la de todos los adolescentes de su época y otra llamada “de Actium”. Augusto vencedor, en la plenitud de su vida con el pelo peinado en la forma de garra de león y cola de golondrina. Y ya no envejece jamás. Para sus súbditos, es un dios eternamente joven. Para hacernos una idea de cómo sería en su vejez, os traigo una foto del Augusto de la magnífica serie “Yo, Claudio”.

Augusto de "Yo, Claudio".

Augusto de “Yo, Claudio”.

Con respecto a la moralidad, ni Octavio ni Octaviano fueron ejemplo de ella. Casado con Clodia Pulcra, se divorció en extrañas circunstancias para casarse con Escribonia. No menos extraño fue su tercer matrimonio con Livia, casada entonces y embarazada. Cuando se convirtió en Augusto intentó sin éxito, éxito que no alcanzó ni en su propia familia, reformar las costumbres. Según los chismorreos de la época, Augusto tenía un miedo cerval a Livia, con la que no pudo tener ningún hijo, y se desfogaba con mujeres de baja condición. La leyenda de que resistió a los encantos de Cleopatra, es falsa. Cuando se entrevista con Octavio, Cleopatra tiene ya 39 años y ha perdido el encanto que le sirvió para seducir a César y a Marco Antonio.

Los esfuerzos de Augusto para gobernar el imperio, sus deseos de abdicar, deseos impedidos inmediatamente por el senado en una obra teatral magnífica en la que los dos participantes saben como va a acabar la cosa y lo tienen magníficamente ensayado, es la parte principal del libro. También el autor dedica mucho tiempo al estudio de los honores concedidos a Augusto y los rechazados por él, así como a su infelicidad familiar.

Quiero terminar con una idea que no aparece en el libro, pero que debía estar: la influencia de Augusto en el cristianismo. Dicho así, parece absurdo, pero no lo es. Augusto fue en su época y posteriormente la personificación del poder, de la majestad. Y los cristianos aprovechan alguna de sus características para atribuírselas a Jesús. Por ejemplo, el texto de Suetonio, que después de adaptó a Jesús y Herodes, y el hecho de que Augusto, hijo adoptivo de Julio César fuese llamado “Hijo de Dios”.

Augusto y sus amigos.

Augusto y sus amigos.

 

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Responses

  1. Un libro excelente. 😃


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