Posteado por: fernando2008 | 18 febrero 2017

Sorolla en París

 

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captura-de-pantalla-2017-02-18-a-las-16-19-24No. No ha sido uno de mis famosos ataques de “vaguitis aguda”. Llevo casi tres meses de un trabajo frenético gracias a (o por culpa de) un documento que he desempolvado del Archivo Provincial de Cáceres. Un documento de 87 folios con una letra microscópica. ¡Cómo podrían escribir miniaturas los escribanos del XVIII!. Pero la ocasión merece que salga de mi retiro y comparta con vosotros esta experiencia.

Como historiador estoy totalmente en contra del dicho: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No es cierto. Cualquier tiempo pasado fue anterior. Y entonces, nosotros teníamos otro cuerpo, teníamos otras fuerzas, teníamos otra mirada. Lo mejor eran esos días azules, ese sol de la infancia, no la situación económica o social por la que atravesábamos.

Esos días azules y ese sol de la infancia, han pasado irremediablemente. Nunca volverán. Aunque, a veces, podemos atisbarlos por el rabillo del ojo. Como, por ejemplo, mirando los cuadros de Sorolla.

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Alguien ha calificado el estilo de Sorolla como “luminiscismo valenciano”. Creo que es muy correcto. Sorolla es luz, Sorolla es blanco, Sorolla es azul. Es una vela blanca que se está cosiendo en un patio lleno de sol de flores. Sorolla es la piel mojada de los niños que se bañan en el mar. Sorolla es el viento que mueve la ropa de las dos mujeres que pasean por la playa, vestidas de blanco, con zapatos negros la primera y blancos la última. Lo de Sorolla no es pintar: es robar la luz y el color a la naturaleza

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Sorolla es todo lo que nos queda de nuestros días azules y del sol de nuestra infancia.

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Sé que hay otros Sorollas. Hay el magnífico Sorolla retratista, que se autorretrata con la seriedad en su mirada, mostrando los recovecos del alma. Hay, incluso un Sorolla pintor de batallas.

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Y hay, también, un Sorolla que ha influido en el traje regional de Cáceres. Un Sorolla que vio un Martes Mayor a un grupo de montehermoseñas vendiendo cencerros para las ovejas, con sus gorras de trabajo, gorras que había inventado hacía poco una señora que no era de Montehermoso. Pero que la mirada y el pincel de Sorolla las unieron para siempre al traje popular de Cáceres.

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Muchos Sorollas hay, y mucho ha aportado Sorolla a la pintura española. Pero por lo que estará siempre en mi corazón es por haberme permitido ayer volver a ver por un momento los días azules y el sol de mi infancia.

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Responses

  1. Has pintado con cuatro “pinceladas” a Sorolla. Magnífico donde los haya y es verdad… roba la luz y la sabe plasmar en sus magníficos cuadros. He visto varias exposiciones de sus pinturas y en diversos sitios tanto en España como fuera de este país y en cada una de esas exposiciones, mi alma se llenaba de gozo ante tanta belleza, aunque suene cursi decirlo. Esas pinceladas gruesas pero tan llenas de vida que te trasmiten absolutamente todo.
    ¿Qué más puedo decir que no hayas dicho ya, querido amigo?
    Sí… me queda una cosa. Envidio este viaje que has hecho y ya sé que la envidia es muy mala. Lo siento. 😉

  2. Yo no leo nada cursi, Jomer. Está muy bien explicado. Y en cuanto a los viajes ¡todo es cuestión de buscarte un médico en Madrid y tener revisiones cada cierto tiempo!

  3. Qué milagroso es el arte que puede hacer desempolvar sentimientos casi olvidados y darle la importancia que tienen y tuvieron.
    Hay algo mejor que el privilegio de respirar, oler o ver.? Hay algo mejor que una obra nos recuerde que estuvimos vivos o que aún lo estamos? Y las cosas que sentimos antes y ahora?.
    Hay algo mejor que los recuerdos para cerrar los ojos y sonreirnos?

  4. Me traes a la memoria una autobiografía que leí hace poco de una autor que algunos califican de pedante (Sánchez Dragó) y que en ” Esos días azules…” y como ya sabes abusando mucho de la escatologia nos describe su infancia.
    Pues bien también Sorolla con esos niños rebozados en agua y arena me recuerda mi infancia cuando en nuestra Extremadura sedienta aprendí a nadar entre las charcas y chabarcones, y entre ranas y culebrillas de agua.
    ¡Que maravillosos días azules, que ya no volverán¡ pero alguien consiguió retenerlos en el tiempo y trasladarnos con la imaginación gracias a ese colorido evocador.

  5. Sí, yo también he leído “Esos días azules” porque este nombre continuaba con “Memorias de un niño raro”. Tus días azules y los míos Nino son los mismos, pasados y disfrutados en los mismos sitios. ¡Qué maravillosos eran!

  6. Como le digo a Nino, hemos disfrutado de unos maravillosos días azules, los tres en el mismo sitio.


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