Posteado por: fernando2008 | 21 agosto 2016

Tomás Pérez Delgado. Guerra de la Independencia y deportación. Memorias de un soldado de Ciudad Rodrigo. (1808-1814).

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“Peregrina al azar, mi alma sin dueño”, al menos en la elección de mis lecturas, hoy traigo un libro muy interesante. Se trata de la historia de Cipriano Calvo, un soldado de Ciudad Rodrigo que sufrió en sus carnes las penalidades de la guerra de la Independencia, fue hecho prisionero, deportado a Amberes y, cuando terminó la guerra, devuelto a España.

Alguien dijo que una batalla no se ve de la misma manera con los ojos de un aviador que con los de un zapador. El aviador verá la batalla desde la altura como un gran mapa, en donde los muertos son demasiado pequeños para verlos. El zapador, desde el fondo de su trinchera solo verá el barro, la sangre y los cadáveres. Apenas prestará atención a esos insectos que vuelan a gran altura soltando su carga mortífera. Los historiadores de la guerra de la Independencia muchas veces han centrado su atención en los movimientos de los ejércitos, los tratados, la diplomacia. También se ha estudiado a los guerrilleros, pero pocas veces se ha prestado atención a lo que pensaba y sentía el pueblo. Un pueblo del que, en esta época, solo el 5,9% sabía leer y escribir.

El libro es un estudio de un manuscrito, que se guarda en la catedral de Ciudad Rodrigo, en el que Cipriano Calvo narra su historia. Y no solo su historia. Narra ¡en verso! sus aventuras, pero al mismo tiempo dialoga con un supuesto francés, el cual da la réplica a las ideas del español y defiende la postura de Napoleón. Los versos apenas pueden clasificarse como ripios, pero la información es impresionante. Nos encontramos con la información fidedigna de lo que pensaba un español normal sobre sus reyes, sobre Godoy, sobre Napoleón. Sobre todo lo que ocurría en aquella época.

Por si esto fuese poco, Tomás Pérez hace un magnífico estudio de la historia de la época. Por él nos enteramos que, por ejemplo,  Carlos IV acusará a Fernando, echándole la culpa del 2 de mayo. Carlos, Fernando y Antonio Pascual, después de Bayona publican un manifiesto ordenando al pueblo español que no se resistan a los franceses. Incluso, la Inquisición, la cerril y retrógrada Inquisición española condenará el levantamiento de Madrid. Solo Palafox denuncia la traición de los reyes y de Napoleón y pide que se nombre rey de España al archiduque Carlos de Habsburgo.

Los reyes, la nobleza, la Inquisición, el ejército, estaban a favor de los franceses. Entonces ¿quién luchó contra ellos?. El pueblo. Según Lowett, pocas veces ha habido en la historia de la humanidad un levantamiento como el de España en magnitud, simultaneidad y determinación. La guerra de España será una guerra total, no una guerra de gabinete. En Alemania un solo soldado francés bastaba para imponer la ley a todo un pueblo. Vencido el rey, nadie se rebelaba. En España fue la resistencia popular la que ganó la guerra. En Europa los franceses necesitaban pocas tropas para asegurar la paz y los suministros. En España todo francés era un objetivo legítimo. No podía descuidarse ni un momento. Escóiquiz dirá a Napoleón que con Fernando en el trono la alianza con España es un juego de niños, pero sin él será un trabajo de Hércules. Y tenía toda la razón.

¿Y el ejército español? Hay que reconocer que cuando entran en España los franceses, las mejores tropas españolas no estaban aquí. La División del Norte de 30.000 hombres operaba en el Báltico; 8.000 infantes y 3.000 jinetes en Portugal. Y que, por lo menos sobre el papel, José I era el legítimo rey de España. Las tropas españolas, mal mandadas, pésimamente equipadas y absolutamente desmotivadas, iban de derrota en derrota. Después de una derrota mataban a sus jefes porque se pensaba que la única explicación de la derrota era la traición. ¡El soldado español no podía ser vencido más que por la traición!. Por lo tanto, los jefes tenía la culpa. Así ocurrirá el 30 de mayo en Badajoz, donde el pueblo exige armas para marchar a Madrid y asesina al capitán general Torres del Fresno, primo de Godoy.

El pobre Godoy será para el pueblo, el culpable de todos los males. Quizás porque, para remediar la ruina de la hacienda española, el príncipe de la Paz puso un impuesto de 4 maravedís por cada cuartillo de vino que se beba en España. A Napoleón, que hace una caracterización horrible de la familia real, Godoy le parece un toro. Pero lo desprecia por felón. Como dijo el propio Godoy en sus “Memorias”, la sabida al trono de Fernando provoca cambios mínimos en España. Entre ellos las corridas de toros “de muerte” que  el extremeño había prohibido pero seguían haciéndose.

Pero no quiero centrar, una vez más, el foco en Napoleón, Fernando y Godoy. Hoy quiero hablar de Cipriano. Cuando las tropas francesas entran en Ciudad Rodrigo, Cipriano es capturado y emprende, a pie, una larga marcha, de la que va tomando nota diariamente. Anota cada jornada consignando el pueblo donde duerme. Los nombres, perfectamente legibles mientras está en España, se van volviendo más difíciles de identificar cuando marcha por Francia. Y la nomenclatura se complica cuando llega a Bélgica. La geografía no era su fuerte.

Junto con Cipriano, 60.000 prisioneros españoles llegan a territorio del imperio francés.  Napoleón ordenó que se les tratase con dureza para que se alistasen en las tropas o en batallones de trabajadores.Pero, para lo que se estilaba en esta época, estas condiciones no fueron muy duras. Las jornadas de marcha eran de 25 ó 26 km diarios. Cuando llegan a Francia, los prisioneros comienzan a cobrar 75 céntimos de franco al día, cantidad que se les siguió pagando hasta las postrimerías del Imperio. Los españoles pasan por las ciudades silenciosos, sin plantear problemas de orden. Se producen muy pocos delitos y los oficiales franceses, aunque severos, se preocupaban por los presos. Se emplea a los prisioneros en obras públicas no como castigo sino para aprovechar la mano de obra extremadamente valiosa en una guerra sin fin.

La columna llega a Amberes que Napoleón quería convertir en primer puerto de Francia y centro de su ataque a Inglaterra, pero Amberes tenía una crónica falta de mano de obra. Los oficiales, prisioneros bajo palabra, puede ir libremente por la población que sea y solo tienen que presentarse cada cierto tiempo y estar y estar en casa al toque de queda. Los soldados trabajan en brigadas, aunque a veces pueden salir a desempeñar su oficio fuera de las brigadas. Tienen que acudir a lista y llevar un distintivo en la ropa.

Con respecto a la paga, los oficiales cobran por un grado menos que el que tenían. Soldados y suboficiales cobrarán la mitad de sus homólogos franceses ya que están “bajo la protección de la nación francesa”.

Napoleón ordena formar 30 batallones de presos españoles, 15 para fortificaciones y 15 para puentes y caminos. Cada batallón se compone de 400 hombres, bajo mando francés. Cada prisionero tiene un cuadernillo donde constan los trabajos realizados, los pagos devengados y los descuentos. Tienen derecho a una manta, una paca de paja de 15 k para que duerman dos prisioneros y al hospital militar.

Cuando la guerra comienza a ir mal a las armas imperiales, los españoles serán custodiados por miembros de la Guardia Nacional y se niegan a trabajar. Los realistas, como madame Récamier, los visitan y ayudan, mientras que los salarios franceses bajan como competencia de los prisioneros, lo que provoca enfrentamientos.

El libro termina con la historia de la “División del Norte”, división en la que Cipriano no estuvo, pero cuyas aventuras oyó, cuando los últimos divisionarios fuero llevados a Amberes. En 1806 Godoy se vio obligado a poner a disposición de Napoleón 24.000 hombres al mando de Pedro Carro Sureda, marqués de la Romaña. Cuando llegan, causan buena impresión al rey Maximiliano de Baviera y al mariscal Bernadotte, lo cual era lógico, pues se trataba de tropas selectas del ejército español. Al principio tuvieron algunos problemas de disciplina, pero fueron pronto cortados de raíz.

Esta división, encuadrada en el ejercito imperial y bajo el mando del mariscal Bernadotte,  luchará contra los suecos. Cuando los ingleses atacan y toman Copenhague, que era ciudad neutral, siendo considerado esto como “atentado contra la humanidad, la división Romaña se concentra en Hamburgo y luego va a Dinamarca.

Tras el motín de Aranjuez, Napoleón ordena dispersarlos e intervenir su correspondencia. En su obra de teatro “Los españoles en Dinamarca” Merimée presentará a los españoles comiendo chocolate y azúcar, alimentos prohibidos por el bloqueo continental de Napoleón.

Aunque el marqués de La Romaña proclama su adhesión a José I, los ingleses hacen llegar a la división las proclamas de las Juntas de Defensa españolas, gracias a un cura inglés y el marino español Rafael Lobo. Se pide a la tropa que jure lealtad al nuevo rey, provocando que algunos regimientos se sublevan y maten a un oficial francés, por lo que  serán desarmados por las tropas danesas que los conducen a depósitos de prisioneros de Amberes. El resto, tras una escaramuza con las fuerzas danesas, embarca en la armada inglesa y son devueltos a España quedando atrás los regimientos Asturias y Guadalajara.

Un libro muy curioso, una historia relatada en primera persona, y un punto de vista totalmente nuevo sobre la guerra de la Independencia. Tan nuevo me ha hecho reflexionar, plantearme muchas cosas e, incluso, cambiar de bando.

Vive l’empereur !

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Responses

  1. Gracias por el artículo. Resulta muy interesante. 😀

  2. Gracias a ti, Jomer, el más fiel y rápido de mis lectores


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