Posteado por: fernando2008 | 2 agosto 2016

Umberto Eco. Cómo se hace una tesis.

1

 

2

Alguien dijo una vez que las cosas se descubren cuando se necesitan. Que la necesidad sería la madre de la ciencia. No es cierto. Las cosas están ahí, aparecen cuando un cerebro poderoso las crea, pero luego se usan cuando surge la necesidad. Durante mucho tiempo se desperdiciaron los gases que emitía la hulla cuando se refinaba calentándola. Se sabía que ese gas era inflamable y daba luz, pero solo se pensó en él cuando las grandes fábricas de la Revolución industrial necesitaron luz para que viesen los obreros del turno de noche.

¿A qué viene esto? Pues a que toda mi vida he estado escribiendo. Recuerdo un premio de redacción de Coca Cola que gané a los doce años. Pero, siempre hay un pero, jamás me preocupé de saber cómo se escribía. El único aprendizaje que he tenido para la escritura, ha sido la lectura.

Este aprendizaje me funcionó para escribir cosas más o menos intrascendentes como esta bitácora y algunos esporádicos artículos en periódicos o revistas locales. Con este bagaje literario incluso llegué a ser director de dos pequeñas revistas de instituto. Huelga decir, que las revistas no tuvieron una vida muy larga.

Cuando escribí mi primer libro serio, me di cuenta de las lagunas de mi formación científica. Las notas a pie de página, los índices, las citas, los cuadros gráficos, todo era un problema para mí. Me enfrenté a esos problemas con mi mejor buena voluntad y con la inestimable ayuda de una amiga, más formada que yo y con más paciencia. Pero era evidente que, si quería que mis escritos tuviesen una cierta continuidad, necesitaba una formación metodológica. Y la necesitaba urgentemente.

Tengo en mi casa miles de libros. Unos releídos constantemente y otros que compré en su día y nunca abrí. Por ejemplo, el único libro de Umberto Eco de mi propiedad que nunca había leído, es el que ahora estoy comentando. Y la necesidad se volvió virtud. Me puse a leer este libro de Eco y, como no, me fascinó casi tanto como sus novelas.

En primer lugar, me encantó su claridad. Como dice el propio Eco: “los grandes científicos y los grandes críticos, salvo unas pocas excepciones, son siempre clarísimos y no se avergüenzan de explicar bien las cosas”. Eco es un gran científico y, como tal, explica las cosas de forma muy clara. No usa palabras abstrusas o, cuando las usa, explica su significado cuidadosamente. La claridad es la cortesía del filósofo. Y Eco es un gran filósofo y un gran científico. Solo un gran científico puede ser nombrado doctor “honoris causa” por treinta y ocho universidades, siendo un simple profesor universitario.

En segundo lugar, me encantó su utilidad. Hasta que leí esta obra, las normas de redacción que tienen las editoriales o las revistas me parecían caprichos más o menos snob de dichos organismos. Ahora he comprendido su necesidad, su utilidad y el porqué de su existencia. Y, además, he tomado buena nota de su aviso a navegantes. “Pero, por así decirlo, son también normas de cortesía erudita: su observación revela a la persona familiarizada con la disciplina; su violación traiciona al parvenu científico e incluso arroja una sombra de descrédito sobre su trabajo”. Gracias por el aviso, maestro. Lo tendré muy en cuenta.

En tercer lugar, Eco defiende la humildad del saber y el pagar las deudas. No existe ningún libro, por malo que sea, del cual no podamos aprender algo. El mismo autor confiesa que de un libro de segunda mano comprado en París y que leyó entero para rentabilizar esa compra sacó uno de los puntos más importantes de lo que sería su tesis: “El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956)”. En cuanto a pagar las deudas, se hace citando al autor del que hemos tomado alguna idea.

Es un libro riguroso y divertido, porque ¿qué libro de Eco no es divertido?. En él se demuestra el virtuosismo del autor. Como ejemplo de esto usaré dos cuestiones.

La primera es que Eco escribe el libro con máquina de escribir. En 1977, año de su publicación,  es cuando aparecen los primeros ordenadores personales, por lo que no debía tener ninguno a su disposición. Pero no es solo eso. El capítulo VI del libro “La redacción definitiva” está maquetado como un facsímil de lo que fue la redacción hecha a máquina por Umberto. Y con una simple máquina de escribir, no muy moderna, salva todas las pegas con las que nosotros nos enfrentamos manejando nuestros modernísimos ordenadores. Y las salva magníficamente.

Por último decir que el propio Umberto Eco se propuso, a modo de ejercicio práctico de su libro, en su ciudad natal Alessandria y con los recursos de la biblioteca de ésta, demostrar que “se puede llegar a una biblioteca de provincias sin saber nada o casi nada de un tema y tener, tres tardes después, ideas al respecto suficientemente claras y completas para iniciar una tesis doctoral”. Y, por Júpiter que el experimento le salió bien.

Muchas gracias, maestro. Me has abierto un campo de investigación que intuía, pero en el que me daba miedo meterme. Y voy a meterme en ese jardín gracias a tu claridad y sentido del humor.

Descanse en paz, fray Guillermo de Baskerville. ¡Ojalá me revele yo como un buen Adso! Para conseguirlo, os dejo un nuevo consejo suyo.

cari

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: