Posteado por: fernando2008 | 10 octubre 2015

Elogio de la política.

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Estoy riendome para mis adentros imaginando la cara que ponen mis sufridos lectores al ver este título. El problema es que ellos solo han conocido un tipo de política: la actual. Pero hay otra. La verdadera política.

Mirad el cuadro del principio de la entrada. Nos narra la historia de Cincinato. “La leyenda cuenta que recibió a la delegación del Senado que le llevaba la noticia de su nombramiento mientras estaba arando sus propias tierras, que se encontraban a orillas del río Tíber. Tenía como misión salvar al ejército cercado en los alrededores del monte Algido. Consiguió organizar un nuevo ejército y derrotar al enemigo. Logró su objetivo en tan sólo dieciséis días, y fue recibido en Roma con honores, donde desfiló precedido de los despojos de la victoria.Tras la celebración, renunció a la dictadura, que le había sido conferida para un período de seis meses, y a todos sus honores. Se negó a recibir cualquier tipo de recompensa y regresó a sus posesiones en el campo”.

Es decir, Cincinato fue nombrado dictador en unas circunstancias muy difíciles para Roma. Estaba labrando, por lo que sabemos que no tenía ningún cargo ni prebenda. Aceptó su misión y, sin pararse a echarle la culpa a la herencia recibida, la llevó a feliz término. Y, sin decir tampoco que su permanencia era absolutamente necesaria para consolidar la recuperación de Roma, renunció a su cargo sin agotar su mandato. ¡Esa es la verdadera política!

¿Qué es la política? Según la Ilustración, es el arte de hacer felices a los pueblos. A los pueblos, no a las a las familias importantes, a las castas, a las multinacionales. A los pueblos. Y, desde luego, no es cierta la frase: “Lo que es bueno para la General Motors es bueno para América”. Lo que es bueno para una multinacional, suele ser malo para los obreros que trabajan en ella.

Empecemos por las familias importantes. Mucho dolor, muchas luchas y mucha sangre (incluyendo la que derramó la guillotina) ha costado acabar con el Antiguo Régimen, aquel en el que la posición del individuo estaba definida por el nacimiento. A finales del XVIII se cayó en la cuenta de algo obvio: ser hijosdalgo no tiene mérito: basta con nacer. Huizinga nos cuenta escandalizado que en una determinada orden de caballería no podía entrar Jacques Coeur, pese a ser el mayor banquero de Francia. Pero esa orden sí admitió en su seno al repugnante Gilles de Rais, por ser quien era.

No penséis que estas historias acabaron con la Revolución Francesa. Desgraciadamente siguen hoy en nuestro país. Pensad en la familia Rato.

Hijo y hermano de presidiarios, Rodrigo no hubiese podido ser empleado de la sucursal más pequeña del menos importante de los bancos. Su formación intelectual tampoco era brillante. Tras mucho cambiar de centro de estudios consiguió ser licenciado en derecho. Su familia le pagó, en todos los sentidos que se le quiera dar a esa palabra, un máster en Berkeley. Su doctorado lo consiguió siendo vicepresidente económico del gobierno de España con la tesis: El ajuste fiscal: un modelo explicativo del crecimiento de la economía española en la segunda mitad de los noventa”. Es decir, el vicepresidente económico escribió su tesis sobre la política económica que él había desarrollado. Su director de tesis era, en el momento de su lectura, presidente de la Fundación Empresa Pública, dependiente de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). ¡Así se las ponían a Fernando VII! Pues bien, después de privatizar Tabacalera y Argentaria, después de ser responsable del famoso “déficit de tarifa” que ha dejado a los consumidores españoles en manos de los caprichos de las eléctricas para toda la eternidad, después de salir por pies del Fondo Monetario Internacional, después de hundir Bankia, después de defraudar a Hacienda, después de autoconcederse subvenciones siendo vicepresidente económico del gobierno, ahí lo tenéis: con coche y escolta pagados por todos nosotros. ¿Razón? Es hijo de su padre y nieto de su abuelo. ¿Quién de todos los demás españoles puede decir lo mismo?

Pasemos a la casta. Sé que es una palabra puesta de moda hace poco, pero la realidad es que la casta existe desde la Restauración. Hoy, la gente se afilia a un partido político como antes los caballeros profesaban en el Temple. Para toda la vida y con obediencia ciega.

Hay que recordar una vez más, que los partidos políticos son instrumentos para la mejora de la sociedad. Si un ciudadano se da cuenta que su partido no sirve ya a los fines para los que fue creado, puede y debe votar a otro. Eso es, al menos, lo que se hace en otros países. Pero no en España. En cierta ocasión comparé la lealtad al partido con la “devotio ibérica”.

En España uno se afilia a un partido por afinidad ideológica, casi siempre, o por deseo de medrar. Recuerdo el caso de un político valenciano que comenzó en el partido comunista, recorrió todo el espectro político y terminó en el Partido Popular. Ahora está, por fin, donde siempre debió estar: en la cárcel. Soy consciente de que puede haber una evolución ideológica; pero algunas biografías más que evolución nos hablan de cabriolas ideológicas, a la búsqueda del lucro personal.

Una vez afiliado, se entra en una espiral que con justicia se puede definir como maniqueísmo. Lo que hace mi partido está bien, siempre, y lo que hacen los miembros de los demás partidos está mal, siempre. Se llega al extremo de decir que si en el IFEMA los sueldos eran cuatro veces los beneficios, se debe considerar como una simpática anécdota, que los radicales bolivarianos han exagerado. Además, que a los trabajadores de esta entidad no se les redujera la paga extra es, simplemente, un pequeño error. Lo horrible, lo espantoso es que a Manuela Carmena se la haya visto un sábado tomándose un café en una terraza. ¡Qué barbaridad! ¡Con la cantidad de pobres que hay en Madrid! Cualquier lector medianamente interesado en la actualidad nacional sabrá que lo que aquí escribo es rigurosamente cierto. No solo se nos roba; además, se nos trata de tontos.

No hay insulto, por desorbitado o absurdo que sea, que no se pueda aplicar al adversario. Los otros son bolivarianos, iraníes, etarras. Las conexiones de los otros con estos regímenes o grupos terroristas son más tenues que las que tienen “los buenos españoles” con los mejicanos, saudíes o miembros del GAL, países y grupos, por supuesto, campeones de los derechos humanos. Pero todo vale. Lo mismo que vale denunciar los pactos, impecablemente legales, de diversos partidos, impecablemente legales también, para conseguir la presidencia de un ayuntamiento o de una comunidad autónoma. “Ciudadanos” ha actuado con responsabilidad en Madrid, dando la presidencia a Cristina Cifuentes. Pero lo ha hecho de la peor manera posible en Andalucía, pues ahí ha dado la presidencia a Susana Díaz.

Por otra parte, la exigencia de que gobierne la lista más votada, exigencia que no está escrita en ninguna parte más que en las mentes de los interesados, debe ser de obligado cumplimiento… en donde hayamos ganado nosotros. En los lugares donde perdamos se aplicará la legislación vigente que permite los pactos de legislatura.

Debajo de todas estas aberraciones, subyace una aberración aún mayor si cabe: el sentido patrimonial del cargo. El cargo es mío, me lo he ganado porque yo lo valgo. Todo aquel que ponga en duda esta afirmación lo hace por intereses espurios, porque quiere apoderarse de él. Y es de sobra conocido que soy yo el único que va a ejercerlo por el bien de España. Los demás solo lo ejercerán con torcidas intenciones. Y yo ejerzo mi cargo mejor o peor, con honradez o sin ella. Pero no tengo que dar cuentas de ese ejercicio a nadie. Es lo que en derecho romano se llamó: “Ius utendi, et fruendi, et abutendi” Derecho a usar, gozar y a disponer (Aunque esta palabra ha dado origen en castellano a la de “abusar”.

Llegados a este punto, algunos se preguntan el porqué hay personas que siguen votando a determinados partidos. Puede haber muchas explicaciones, no todas negativas. Pero una de ellas puede ser la motivación que encontramos en las ventas piramidales. Si yo invierto en una empresa piramidal, tendré que aguantar lo que sea para que la empresa se mantenga y poder llegar a lo alto de la pirámide y entonces resarcirme de lo invertido.

Termino ya. No merece la pena hablar de las multinacionales. Pronto, el TTIP  entrará en nuestras vidas y su realidad las sacudirá. Entonces será el momento de tratar el tema largo y tendido.

Como veis, la comparación entre la política de Cincinato y la actual no deja lugar a dudas. La primera gana por goleada a la segunda. Gana incluso en la representación iconográfica porque ¿con qué acto heroico podríamos representar la política actual que equivaliese al cuadro de Juan Antonio Ribera?.

Sinceramente, el único cuadro que viene a mi cabeza es éste.

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Responses

  1. Un texto impecable que suscribo al 100%. Gracias por escribirlo. 🙂

  2. Y gracias a ti por leerlo

  3. Como siempre, al menos hasta ahora, de acuerdo con Ud.
    Lástima que los genes de Cincinato se hayan perdido
    Un cordial saludo y gracias por sus entradas

  4. Gracias a usted por leerme. Un saludo


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