Posteado por: fernando2008 | 25 agosto 2015

Stefan Zweig. Fouché, retrato de un hombre político.

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Verdaderamente la política, como dijo Napoleón hace ya cien años, es “la fatalité moderne”, la nueva fatalidad”

Stefan Zweig. Fouché, retrato de un hombre político.

¿Qué es una obra clásica? A mi juicio es aquella que puede ser leída en cualquier fecha a lo largo de los siglos y que en cada momento dice algo al lector. No defiendo en esta definición, absolutamente personal, que lo que diga la obra sea igual para todos los lectores a través del tiempo. Pero sí que dicha obra tiene algo que decir a todos. No se trata de un mensaje pasajero, con fecha de caducidad, un viento de cambio. El viento del que trata la obra clásica es el áspero viento del corazón.

Decir que Stefan Zweig es un magnífico escritor es algo sabido. Pero muchos ignoran una peculiaridad genial suya: que lanzaba un ¡hurra! cuando era capaz de tachar alguna línea superflua en sus escritos. Es decir, que escribe magníficas biografías, con una magnífica concisión. En esta obra no hay ni una línea superflua. Además en la biografía de Fouché, Zweig enfrenta al biografiado con Napoleón, con Robespierre, con Talleyrand. Explicita en ella los rasgos propios de Fouché, tanto físicos como psicológicos. Pero también sabemos de ellos por el contraste que forman con otros contemporáneos suyos.

Hace mucho tiempo escribí en la portada de mi bitácora una frase que podía ser mi lema. “Un intelectual es aquella persona para la cual los problemas políticos son, ante todo, problemas morales”. Max Aub. Creo en lo que dice Aub e intento en lo posible adecuar mi vida y mis escritos a ella. Pues bien, esta frase es el reverso de lo que supone la vida de Fouché. El propio Zweig nos advierte en el prefacio del libro que, aunque elige la figura de Joseph Fouché, no lo hace porque piense que se trata de alguien admirable, sino más bien porque le parece el ejemplar perfecto del político, es decir, un hombre absolutamente inmoral. No cree en nada, no respeta nada, no es leal a nada. Seminarista, girondino, jacobino, regicida, “mitrailleur de Lyon”, traidor a Robespierre, traidor a Barras, traidor a Napoleón, traidor a Luis XVIII, ministro de la Policía en varios regímenes, duque de Otranto, el rasgo más característico de su personalidad era la antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo.

Un hipotético defensor de Fouché podría decir que la traición era moneda corriente en este tiempo, y que Bonaparte, el héroe del momento, no se distinguió precisamente por su lealtad. “Pero la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene al menos la justificación del genio. Su fuerza le da derecho especial, porque el camino del genio, de cara a las estrellas, si es necesario puede pasar sobre vidas humanas, puede utilizar con heroísmo los fenómenos más diversos, obedeciendo sólo al sentido profundo, al imperativo invisible de la historia. La ingratitud de Fouché, en cambio, es sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que, con la mayor ingenuidad, busca únicamente el provecho personal” . Zweig dixit, y yo me limito a transcribirlo.

Sabemos, o mejor no sabemos a qué aspiraba Napoleón. Un genio desmesurado tiene aspiraciones desmesuradas. Pero ¿a qué aspiraba Fouché en realidad? “Mi primera obligación es obstruir todos los proyectos del Emperador; dentro de tres meses seré más fuerte que él y si, hasta entonces, no me ha mandado fusilar, tendrá que arrodillarse ante mí.” ¡Pobre Fouché! ¡Pensaba que podía hacer arrodillarse a una fuerza de la naturaleza! Frente a las aspiraciones de Napoleón, megalomaníacas y desaforadas, el deseo de Fouché de hacerle caer aparece simplemente como lo que es: bajo, rastrero y despreciable.

Vemos como, a lo largo de su historia Fouché adopta dos trayectorias. Una la radical: de seminarista a jacobino y carnicero de Lyon. Pero, como dice Mirabeau los jacobinos, cuando llegan a ministros, dejan de ser jacobinos. Pronto el poder le cambiará, y el jacobino se convertirá en el duque de Otranto. Por mantener su riqueza y su posición y, sobre todo, por estar dentro de todo lo que se cocinaba y conspiraba en Francia, su verdadera vocación, se hace cortesano. Le da lo mismo que la corte sea la de Napoleón o la de Luis XVIII. Cuando, en uno de los vuelcos de la fortuna, tiene que hacen una lista de los traidores a Luis XVIII, no duda en poner en ella los nombres de todos sus compañeros de hace unas semanas. Zweig describe con maestría insuperable este momento: “Figuran en ella Carnot, l’organisateur de la victoire, el creador de la República; el mariscal Ney, vencedor de innumerables batallas; el salvador de los restos del ejército de Rusia, todos sus compañeros del Gobierno provisional, los últimos de sus camaradas en la Convención, sus camaradas de la Revolución. Todos sus nombres se encuentran en esta lista terrible que amenaza con la muerte o el destierro, todos los nombres que dieron gloria a Francia con sus hazañas de los últimos decenios. Un solo nombre falta en ella: el de Joseph Fouché, Duque de Otranto. O mejor dicho: no falta. También el nombre del Duque de Otranto figura en esta lista. Pero no en el texto, como uno de los acusados y proscritos ministros napoleónicos, sino como el de ministro del Rey que envía a todos sus compañeros a la muerte o al destierro: como el del verdugo.

Pero al final, el hombre que ha sobrevivido a la Revolución, a Napoleón y a los Borbones, acabará vencido por una mujer: María Teresa de Francia, duquesa de Angulema, hija de Luis XVI y María Antonieta, que jamás perdonó a ninguno de los culpables de la muerte de su familia. Por el odio de esta mujer, de la que Napoleón decía que “era el único hombre de la familia Borbón”, Fouché es desterrado. Y con el destierro, el olvido. “Los tres años que han transcurrido desde que abandonó la escena mundial han bastado para olvidar al gran actor que brillaba en todos los papeles. El silencio se aboveda sobre él como un catafalco de cristal. Ya no existe para el mundo un Duque de Otranto, sólo existe un anciano que se pasea por las calles aburridas de Linz, cansado, irritado y solitario. (…) Ya no lo conoce nadie en el mundo y nadie piensa en él. La historia, ese abogado de la Eternidad, ha tomado la venganza más cruel en el hombre que sólo pensó siempre en el momento presente y fugitivo: lo ha enterrado en vida.”

Como escribí al principio, Stefan Zweig no solo da a conocer al lector la figura de Fouché, sino que enfrenta esa figura con las figuras más importantes de la Francia de comienzos del siglo XIX.

Con Robespierre del de dice: “Sin duda alguna, una idea grande y pura anida en el Robespierre de 1794. Pero se anquilosa en su espíritu. Ni él crece con su idea, ni ésta germina en él (es el destino de todas las almas dogmáticas), y esta ausencia de calor comunicativo, de humanidad, priva a su obra de verdadera fuerza creadora. Su fuerza está únicamente en la rigidez, en la dureza de su poder; lo dictatorial es para él sentido y forma de su vida.

Un hombre así no tolera contradicción ni opinión contraria a la suya en las cosas del espíritu No tolera a nadie a su lado y menos frente a él. Sólo soporta a los hombres si reflejan, como espejos, sus propias opiniones; si son sus esclavos espirituales como Sain-Just y Couthon; a los demás, los elimina sin clemencia con la terrible corrosión de su temperamento bilioso. Persiguió a los que se apartaron de su criterio, pero sobre todo —y terriblemente— a los que se opusieron a su voluntad, a los que no respetaron su infalibilidad.

Y, desde luego, con Napoleón. Para Zweig, Bonaparte es como Tamerlán. ”A un hombre como yo le tiene sin cuidado la vida de un millón de seres”. A todo francés prudente que quiso oponerse con ideas moderadas a esta ambición frenética del genio diabólico corriendo detrás de su propia perdición, a todo el que no quiso encadenarse a vida o muerte como un perro o un esclavo a su carro de triunfo, a Talleyrand, a Bourrienne, a Murat, a todos la Leyenda los arroja a su infierno con furor dantesco. Y sobre todo, Fouché es para ellos el traidor de los traidores, el architraidor, el advocatus diaboli. Según su punto de vista, Fouché entró en 1815 en el ministerio únicamente para estar cerca del Emperador y poder asestarle la puñalada en el momento oportuno”. La figura  de Talleyrand necesita por sí sola una entrada entera.

En resumen, Fouché es un político, o quizás el Político, que cambia de chaqueta y de ideología buscando el sol que más calienta en ese momento. Que es capaz de las mayores bajezas para seguir en el candelero y que ante el altar del poder sacrifica todo. En un chiste, que seguro Fouché contó más de una vez se decía que: “Yo no digo que todos los italianos sean ladrones, pero Buona parte sí.” Yo no digo que todos los políticos sean así, pero buena parte lo son.

Nos falta, para terminar, una figura. El abate Sièyes, autor del libro ¿Qué es el Tercer Estado? Sièyes durante los años del Terror asistió a la Convención sin desplegar los labios y que, cuando le preguntaron qué había hecho durante todo ese tiempo, dio, sonriente, la contestación genial: “J’ai vécu”, He vivido”.

Lo malo de algunos políticos que no se conforman con vivir. Quieren, además, vivir demasiado bien.

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Responses

  1. Muchas gracias por tu referencia. Habrá que leerlo. Un saludo. 🙂

  2. Sí, hay que leerlo Jomer.

  3. “Mirando al mar”, como dice la canción, ese mar Mediterráneo que tanto gusto e inspiro a Robert Graves, otro autor tan apreciado por ambos, he leído tu nueva entrada sobre Fouche.
    Conoci a Zwing a través de mi interés por nuestra epopeya Americana, así leí su Magallanes y posteriormente “momentos esterares”. Me fascino su forma de escribir y quise conocer al autor, por eso me hice con su autobiografía “El mundo de ayer” donde vemos su peripecia vital, su desarraigo en una Europa donde el judio no tenía lugar, y su posterior e “incomprensible” suicidio.
    He terminado de leer Fouche, y cosa curiosa o quizás no tanto, coincido contigo en los entrecomillados, esos trazos geniales que diseccionán el alma humana y que ambos subrayamos porque quisiéramos hacerlos nuestros.
    No cabe duda que la vida de Fouche no tenía sentido sin la política, para él era como el juego para el apostador o jugador “enganchado” .
    La época que le toco vivir y el puesto que ocupo fueron apasionantes, pero la obra de Zweing no cabe duda ha contribuido a “engrandecer” su figura.
    Al final el autor reconoce a pesar de su amoralidad que: ” Nadie podrá negarle la audacia en su actitud durante el periodo de los cien días, altura de política en su táctica con los partidos y grandeza en la intriga……. Un gran estadista si existieran verdaderos hombres sin virtud y sin dignidad de carácter.
    La moraleja final creo yo, es que el político entonces como ahora aparece claramente devaluado.. O quizás prostituido a la vista de Púnicas etc.

  4. En resumen, que incluso Fouché tiene una grandeza en la intriga que no tienen los políticos de ahora. Ahora son simples chorizos cuyo pensamiento más elevado es trincar lo que sea.


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