Posteado por: fernando2008 | 24 agosto 2015

Santiago Carrillo. ¿Ha muerto el comunismo?

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Ni siquiera fue el hombre occidental sino nuestro implacable enemigo del Este el que se tiró a la calle e hizo frente a las balas y a las porras diciendo: “Ya basta”. Fue el emperador de ellos, no el nuestro quien tuvo el valor de subir a la tribuna y declarar que estaba desnudo.

John Le Carré. El peregrino secreto.

No puedo explicar coherentemente como selecciono mis lecturas. Ni yo mismo lo sé. Hay veces que encuentro libros por casualidad. Otras veces los busco, sobre todo sin son de determinados autores. Por ejemplo, hoy acabo de completar la colección de Gregorio Morán, un autor que cada vez me interesa más.

Pero este libro de Carrillo lo he buscado expresamente. Independientemente de lo que se pueda pensar de él como persona, no hay duda que ha sido un buen teórico del comunismo. Y quería averiguar si el comunismo y/o las ideologías de izquierda siguen vigentes hoy. Y esta pregunta no tiene nada que ver con “Podemos”. Esta formación ha dicho bien claro que antes de decidir si un gobierno es de izquierdas o derechas, hay que devolver el poder al pueblo, poder que ahora tienen las grandes corporaciones. Recordemos que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo están formados y dirigidos por banqueros. Y que el Eurogrupo es una reunión “informal”, por lo que pueden expulsar de su seno a quien les de la gana. Una vez el pueblo recupere el poder, que nunca debió perder, entraría en juego el debate político.

¿Son necesarias hoy las ideologías? Yo creo que sí. En cierta ocasión alguien me dijo que una carretera no tiene ideología. Error. Una carretera que una el más apartado caserío con el hospital comarcal tiene ideología, y esa ideología es de izquierdas. Un tren que una Madrid con Extremadura, tiene ideología y esa ideología es de izquierdas. ¿Por qué? Porque en ambos casos no debe mirarse el número de usuarios. Hacer carreteras o vías férreas en función de su utilidad es capitalismo puro y duro. Toda persona debe tener derecho a acceder a su hospital o a su región cómodamente. Lo demás es tecnocracia.

Según Carrillo, el movimiento comunista internacional como tal ha llegado a su fin, pero la Historia no. La Historia continúa y el deseo de mayor justicia, igualdad y libertad continúa y más ahora, cuando las grandes entidades financieras tienen un poder mayor que el de los estados.

Confiesa (ahora) el autor que el comunismo no existió en ninguna parte. Se intentó hacer pasar por comunismo el llamado “socialismo real”. Fue una idea animada por los más nobles ideales pero, obra de los hombres, tuvo errores que fueron aprovechados por el capitalismo con salvaje brutalidad. Y para defender esta idea, hace un larguísimo repaso a todos los movimientos comunistas del mundo, comenzando por la Revolución Rusa y refiriéndose a muchos países en concreto. No os voy a cansar con toda la historia que ocupa 282 páginas de las 288 del libro. Carrillo repasa uno por uno estos países demostrando un conocimiento de primera mano tanto de los países como de sus líderes. Y de las obras de esos líderes. Es curioso como la mayoría de las personas cultas conocen las obras de Antonio Gramsci, Enrico Berlinguer, Georges Marchais, Fidel Castro, Che Guevara, Mao Tse Tung. Pero pocos conocen las de Ho Chi Min, o de Saddam Husein. Y existieron esas obras. E incluso se editaron en España.

En la última parte del libro de ocho páginas, es cuando de verdad don Santiago entra en el tema. Y digo don Santiago, por una anécdota curiosa que sé del personaje. Cuando iba a entrevistarse con el rey, sabedor que éste tuteaba a todo el mundo comentó: “¡Pues si a mí me tutea, yo le tutearé!”. El rey se dirigió a él como “don Santiago”.  Para don Santiago, digo, el ser comunista no es lo mismo que profesar una religión, aunque durante mucho tiempo lo pareciese. Ser comunista es comulgar con ideas que no son un dogma de fe. Es considerar el materialismo dialéctico e histórico como un instrumento poderoso para hacer avanzar la causa de la liberación humana, a través de circunstancias cambiantes, de condiciones económicas, sociales, culturales y políticas que no son estáticas, menos aún en un tiempo en que la ciencia y la técnica avanzan aceleradamente, transformando cotidianamente estructuras y relaciones sociales.

Es frecuente en política decir como una afirmación de consecuencia y fidelidad aquello de «yo sigo pensando como siempre».Pues no. En política «pensar como siempre» es síntoma de un pensamiento conservador, no revolucionario. Salvo si lo que se trata de expresar con esa frase es que se sigue aspirando a una sociedad más libre, más igual, sin explotadores ni explotados. Pero a fin de marchar efectivamente hacia ese objetivo un luchador político comunista tiene que haber modificado más de una vez su manera de pensar, en función del análisis de la realidad concreta. Y la realidad concreta ha cambiado también más de una vez.

Ha habido muchos cambios en el pensamiento teórico comunista. Hasta la Segunda Guerra Mundial, en Europa, los comunistas pensaban que en sus países, como había sucedido en Rusia, un día surgiría una crisis revolucionaria; de representar a una minoría el Partido Comunista pasaría a representar a la mayoría del pueblo, haría la revolución y conquistaría el poder político.

Después de la Segunda Guerra Mundial los comunistas europeos conocieron un período de extensión de la democracia, de grandes conquistas sociales, en el que la perspectiva de la crisis revolucionaria se esfumó y tuvieron que practicar una política reformista e incluso concebir la marcha al socialismo como una sucesión de reformas de estructuras democráticas. La realidad concreta en estos países desarrollados había cambiado mucho. El proletariado, tal como lo había conocido Marx, ya no existía en dichos países. Subsistían y subsisten las diferencias de clase: hay capitalistas y hay trabajadores, pero éstos han conquistado derechos que han modificado favorablemente sus condiciones de vida. Y al mundo del trabajo se han unido categorías profesionales, ayer muy minoritarias y muy ligadas a la clase dominante —profesores, médicos, investigadores, artistas, hombres de letras—, y hoy tremendamente masificadas y vinculadas a un mercado del trabajo volátil en el que la competencia es muy dura, que siendo o no conscientes de su situación real en la sociedad, han pasado a integrarse en el mundo del trabajo.

Hoy la concepción de un partido proletario, fuertemente centralizado y disciplinado, como lo fue en otro tiempo la socialdemocracia y, más aún los partidos comunistas, ha quedando obsoleta. Un partido así era una forma apropiada para organizar la conquista revolucionaria del poder del Estado o para luchar en la clandestinidad. Pero en esta época en que los métodos democráticos reclaman la movilización de grandes masas, y de masas con una instrucción y una cultura más elevada, que exigen lógicamente un papel mayor en la elaboración de la política y en las decisiones tácticas y estratégicas, es necesario otro tipo de instrumentos de acción más amplios y complejos.

Existe además otro factor. Una de las consecuencias de la historia del movimiento obrero es el pluralismo ideológico. Diversos grupos de la izquierda real existente vienen de ideologías diversas; además hoy frente a las nuevas “feudalidades financieras”, (la expresión es del propio Carrillo) la izquierda se enriquece con nuevas fuerzas que provienen de campos ideológicos, en el pasado no situados del mismo modo. La diversidad ideológica de las corrientes que hoy pueden concertarse para defender y profundizar las libertades democráticas y para lograr cotas más elevadas de igualdad y justicia, es mayor que en ningún momento anterior de la historia.

Es necesario conseguir que la realizable convergencia de estas corrientes, imposible de conseguir en un partido de tipo tradicional encuentre formas nuevas de concretarse y no solamente en circunstancias electorales, porque frente a las nuevas y viejas feudalidades la movilización de millones de progresistas, su presencia pública activa tendrá que manifestarse frecuentemente en un mundo que reclama casi a diario el ejercicio de la solidaridad y de la presión política popular. Un mundo en el que los intereses privados de unos pocos concentrados en potentes oligopolios son cada vez más peligrosos y no dudan, buscando el beneficio máximo, en esquilmar los bienes naturales y el medio ambiente, en suscitar guerras, en explotar las calamidades naturales, en abrir un foso cada vez más profundo entre países ricos y países pobres.

Es evidente que las formas de convergencia de fuerzas tan diversas y plurales tienen que ser muy flexibles y fluidas, muy plurales y democráticas, de manera que nadie pueda sentirse manipulado. En definitiva se trataría de articular un gran movimiento popular, aspirando a la permanencia, en el que cada grupo no se sienta tampoco disuelto y pueda conservar sus esencias y su fisonomía propia. En un movimiento así tienen su plaza los partición políticos, organizaciones sindicales, ecológicas, feministas, sociales, juveniles, culturales y deportivas, ONGs, etc.; tiene que existir algún hilo, o si se quiere algún nudo en el que puedan relacionarse todas, sin pérdida de su personalidad.

La visión de un movimiento popular de estas características puede parecer hoy utópica porque exige un elevado nivel de conciencia ciudadana y la renuncia a los métodos de manipulación política a los que los partidos han recurrido habitualmente. Hay que generalizar y desarrollar una moral de servicio a la colectividad frente a las tendencias tan extendidas hoy al individualismo y a la búsqueda exclusiva del medro personal.¡Ojo! Esto se escribió en el año 2000.

Quizá la conciencia ciudadana está ya más elevada de lo que creemos. Pero las estructuras organizativas actuales recogen a una pequeña minoría. La mayor parte de las mujeres y hombres no es que no piensen y se hagan una opinión sobre las contingencias que se producen en torno suyo e incluso en su lejanía. Los medios de comunicación ofrecen mucha información, aunque a veces esté sesgada y manipulada. Lo que sucede es que el individuo, al tiempo que toma conocimiento, se siente solo, abrumado por su impotencia para cambiar las cosas. Si se le acercaran formas de relacionarse con otros, de muy diverso carácter, pero integradas a la vez en un amplio movimiento popular, sensible, diverso, probablemente el sentimiento de impotencia, de fatalismo, fuese más fácilmente superado.

De cualquier modo, lo que poseemos hoy como instrumento del cambio de sociedad es ya inadecuado. Tenemos que rendirnos ante la evidencia. Si no lo hacemos, las fuerzas retardatarias tendrán más poder que nosotros y aunque un día ganemos unas elecciones podemos tropezar, si no hay al lado un potente movimiento popular, ya que el poder del Gobierno no es suficiente para reducir a las viejas y nuevas feudalidades. Y continuaremos una experiencia que está debilitando a la democracia: que la izquierda en su labor de Gobierno a veces carece de fuerza para realizar su política y no se diferencia gran cosa de la derecha.

Por otra parte la izquierda frente a la globalización no puede encerrarse en las fronteras nacionales. Tiene que reivindicar y levantar muy alta la bandera del internacionalismo. La batalla política y social se libra hoy en el terreno internacional tanto como en el nacional. Hoy un grupo financiero jugando con sus capitales puede hundir en horas la economía de un país. No hay leyes que regulen los flujos financieros, no hay poder democrático alguno que controle a la minoría de individuos que capitanean el mundo de las finanzas. Hace falta un movimiento popular que relacione sus fuerzas por encima de las fronteras y luche por crear poderes democráticos mundiales capaces de enfrentarse y terminar sometiendo a las feudalidades financieras que hoy obran a su antojo con la suerte de los seres humanos. Para sintetizar lo que en pocas palabras es este mundo y aquello a lo que debemos poner fin, no es admisible que haya cientos de helicópteros para llevar la guerra a cualquier rincón del mundo y no los haya para salvar de la inundación a los habitantes de Mozambique.

Termino copiando literalmente el último párrafo del libro: “¡Claro que hay un mañana para los que hemos luchado para liberar el género humano de la opresión y la explotación! ¡Ahí está, ante nuestra vista! Miremos adelante, en vez de rezagarnos llorando por el pasado y corriendo el peligro de convertirnos en estatua de sal.

El muro de Berlín no será para nosotros el de las lamentaciones. Cayó porque era una excrecencia ajena a todo lo que habíamos pensado siempre. Pero el ideal no ha muerto.”

Contra la frase de: “La Guerra Fría ha terminado y son Estados Unidos de América los que han ganado” he copiado una frase de mi admirado John Le Carré que describe mejor que Bush el final de la Guerra Fría. Por cierto, “el emperador desnudo” del que habla, también ha escrito obras muy conocidas y muy bien valoradas.

Eso sí. Quizás no sean tan serias como las aportaciones a la ciencia política de nuestros serios políticos.

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Responses

  1. Excelente comentario. Como siempre. 👏

  2. Excelente seguidor. Como siempre el primero. Un abrazo

  3. Excelente y completa vision de un mundo por otro lado “desde mi punto de vista” utopico donde la conjuncion de esas nuevas fuerzas o movimientos de izquierda como dices no creo cedan un apice de su pequeña parcela de poder por un bien comun. De acuerdo con el fagocitismo sin medida de los grandes oligopolios que dominan nuestras vidas sin que lo percibamos.

  4. Entre pillos anda el juego Nino. El bien común es lo que menos importa pero ¡con estos bueyes son con los que tenemos que arar!


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