Posteado por: fernando2008 | 11 julio 2015

Petros Márkaris. Pan, educación, libertad.

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—No le deis más vueltas buscando explicaciones. La fatalidad es prima hermana de todos los griegos —sentencia Adrianí—. Hemos convivido con ella desde que tengo memoria. Cuando dejó de visitarnos durante algunos años, creímos que se había olvidado de nosotros. Y, mira por dónde, ahora se ha vuelto a acordar.

Petros Márkaris. “Pan, educación, libertad”

Uno de enero de 2014. En la plaza Sintagma comienza la fiesta. Grecia ha vuelto al dracma, y dracmas falsos se lanzan al cielo. A estos confetti le seguirán después pesetas y liras. Italia y España también han abandonado el euro.

Pero no todo es júbilo. Una manifestación de ancianos se encara con los jubilosos manifestantes pidiendo la vuelta del euro. La salida de Grecia de la Unión Europea ha hecho que sus pensiones se hayan reducido a patética calderilla. Más allá, un grupo de neonazis amenazan a la policía y a los bomberos que quieren apagar un incendio. Se han quedado con sus caras, y se acordarán cuando consigan el poder, si no les dejan quemar los negocios de los emigrantes, a los que hay que expulsar de Grecia. Pero, en palabras de uno de los personajes de la novela, en realidad no quieren expulsarlos:

“–¿Qué quieres decir? ¿Que no pretenden echarles?

– Maña, esos supuestos hostigadores ganan votos y simpatías entre la población griega porque proclaman que quieren expulsar a los inmigrantes. Si lo consiguieran, ya no tendrían razón de ser y nadie les votará. ¿Por qué expulsarlos, entonces? Si realmente quisieran repatriar a los inmigrantes, les bastaría con reunir el dinero necesario para comprarles los billetes de vuelta a sus países. Insisto, son muchísimos los que se marcharían de buen grado. Sin embargo, estos radicales prefieren atacarles, destruir sus casas y sus negocios.”

El escenario de esta novela es Grecia. Una Grecia caótica, con sus tiendas cerradas, con sus estadios olímpicos rodeados de basura en la que aparece algún que otro cadáver, con familias que se reúnen para hacer al menos una comida al día, con funcionarios a los que se les anuncia que no podrán cobrar en los próximos tres meses, con okupas que se asocian en cooperativas. Un país en que, según palabras del comisario Jaritos “Aquí ya nadie da ni cumple órdenes. En este país sólo hay promesas incumplidas y buenos deseos. Y así nos va.”

Atenas es una ciudad sucia, deprimida, pobre, pero no insegura. Los matones de “Amanecer dorado” apalean a emigrantes, pero la hija del comisario Jarito, que defiende a un acusado poco recomendable y teme por su integridad, contrata a cuatro ancianos. Nadie en Atenas se atreverá a levantar la mano a un anciano griego.

Los antiguos atascos de circulación han desaparecido y sólo ocurren ya cuando las manifestaciones confluyen en la plaza Sintagma. Jaritos se plantea abandonar su flamante Seat, comprado por solidaridad con España, en el aparcamiento de la comisaría. “En estos tiempos, las personas de mi posición económica han convertido sus automóviles en bienes inmuebles. No los mueven de donde están aparcados. Yo soy de los pocos que todavía usan el coche para desplazarse. No me extrañaría que Hacienda me abriera una inspección, convencida de que dispongo de recursos ocultos para llenar el depósito.”

El argumento de la novela es simple. Un próspero empresario, un prestigioso académico y un destacado sindicalista son asesinados con la proclama de la Politécnica como música de fondo. La Politécnica fue el núcleo de la rebelión estudiantil contra la dictadura de los coroneles. Cuando ésta cayó, la Politécnica se erigió como clase dominante de Grecia. Ni más corrupta ni menos que la clase anterior, inmediatamente comenzó a tejer sus redes clientelares. Y sus políticos,culpables de la situación actual se defienden con las siguientes razones:

“Puede que los políticos hayamos cometido errores, y los cometimos, no se lo niego, sólo que también hicimos muchas cosas por este país. Ahora nos acusan de haberlo hundido. De acuerdo, pero, antes de arruinarlo, lo resucitamos. Aumentamos sueldos y pensiones, creamos puestos de trabajo. Ahora dicen que los beneficiados eran clientela nuestra, porque trabajaban en el sector público. Pero ¿es que los empleos en la Administración no son puestos de trabajo? Todo el dinero que entraba en las arcas del Estado lo repartimos entre los ciudadanos. Si ellos hicieron un mal uso del dinero, ¿también es culpa nuestra? Les dimos el dinero, no los obligamos a administrarlo de una manera determinada. Y ahora que se ha cerrado el grifo, la culpa vuelve a ser nuestra, por no poder ofrecerles más.”

Es una novela atípica. Los buenos son malos y los asesinos son buenos. O quizás, es una novela que refleja exactamente la realidad. No hay buenos ni malos en la vida. Se es bueno en un momento determinado, incluso se es héroe, pero luego, pasado el momento heroico, los músculos y las morales se aflojan y se vuelve a la gris, corrupta y sucia realidad.

Una peculiaridad. No se habla en ningún momento de SYRIZA. En realidad, no se llama por su nombre a ninguno de los partidos políticos griegos. Petros Márkaris, partidario del SÍ en el referendum, reparte la culpa nacional entre todos. O, mejor, se la achaca al Destino.

Como definiría el diccionario que con tanta asiduidad consulta Jaritos, el Destino es una fuerza ciega e irracional, superior a los propios dioses.

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Responses

  1. Se ha ido antes de que acabara de escribir: Quería decir: Habrá que comprarlo. 🙂


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