Posteado por: fernando2008 | 28 abril 2015

Rocío Periañez y Aurelia Martín (eds.) Mujeres esclavas y abolicionistas en la España de los siglos XVI al XIX.

¿Quién hay aquí tan abyecto que quiera ser esclavo?
¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!

Julio César. Discurso de Bruto.

¡Oh!, ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos ellas arrastran pacientemente su cadena y baja la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo eligen un dueño para toda la vida. El esclavo, al menos, puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad: pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: “en la tumba”.

SCHULMAN, Ivan. The portrait of the slave: Ideology and aesthetics en the cuban antislavery novel.

Sólo hay algo más digno de compasión que un esclavo: una esclava. Por eso supongo que se debe a la sagacidad de las editoras el hecho de unir la esclavitud y la condición femenina en esta obra pues, aunque legalmente hemos suprimido la esclavitud, todavía sonroja a las mentes civilizadas la discriminación de la mujer.

Este libro reúne diversos trabajos en los que se aborda el tema de la esclavitud femenina y la lucha de las abolicionistas, desde muchos puntos de vista. En el del arte tenemos análisis muy precisos del cuadro “La mulata” de Velázquez, aunque, a mi parecer, sería más interesante el de “Tres muchachos” de Murillo que cierra esta entrada. Los gestos de las manos de estos muchachos reflejan mucho mejor el problema que la pasividad de la mulata en la escena velazqueña.

Aurelia Martín nos hace un exhaustivo informe de los trabajos de las esclavas. Lavar, almidonar, planchar la ropa, coser, cocinar. Las esclavas se venden con la afirmación de que “saben todo lo necesario para el cuidado de la casa”. Se emplean también en el cuidado de los enfermos y como nodrizas. Después de servir como ganado sexual para los hombres, se ven en la tesitura de abandonar o descuidar a sus propios hijos para amamantar a los ajenos. A veces, este sacrificio, durísimo para una madre, se ve agravado por la idea, bastante extendida en la Edad Moderna, de que se podía “mamar la mala doctrina”. Por lo visto, la leche de las nodrizas trasmitía la forma de pensar de musulmanes o judíos ya “aún le sabe la sangre a la pega de las creencias de sus antepasados”. También es verdad que en la realidad se formaron fuertes vínculos de cariño entre los lactantes y sus amas de cría, hasta el punto que un clérigo de Almendral pide ser enterrado en la sepultura de su nodriza.

Fuera de la casa las esclavas son empleadas como espigadoras, trabajadoras de los huertos, hilanderas, criadas de monjas (Santa Teresa, en una manifestación del espíritu cristiano poco frecuente para con este grupo social, presumirá de que su padre jamás tuvo esclavos),coraleras, vendedoras de alimentos al por menor e incluso en Cádiz aguadoras, como las que iban al antiquísimo “Pozo de la Jara”, pozo citado ya por Estrabón y Plinio. Por supuesto también habrá taberneras, que tenían que hacer frente a las obligaciones confesables e inconfesables de esta profesión, yerbateras y hechiceras.

Convertidas al cristianismo, de una u otra forma, surgirán la devociones a los santos negros, Elesbán e Ifigenia cuyas estatuas encontramos también en Cádiz, algo lógico al ser la ciudad española con mayor población negra en el siglo XVIII.

Rocío Periañez abordará el tema más interesante de la primera parte de la obra: si el acceso a la libertad era realmente una liberación u otra forma distinta de sometimiento. Es una pregunta que también se planteó en la sociedad esclavista por excelencia: el imperio romano. De la época en la que en Delos se subastaban 10.000 esclavos diarios, la época en la que decenas de miles de esclavos eran propiedad de Craso, se pasa a la época del colonato. Se decide que es más rentable dar cierta libertad al individuo, para que su manutención y cuidado no gravite como un peso muerto sobre el amo. Lo mismo ocurrirá en la España de la Edad Moderna. Así vemos como los propietarios de esclavos establecen la libertad de éstos tras su muerte, o tras un determinado número de años de servidumbre o mediante el pago de un rescate u otras condiciones dependientes de la arbitrariedad de los amos. Esta libertad no era pues una muestra de amor o una recompensa a la fidelidad, como expresaban muchas cartas de ahorría, sino un frío cálculo monetario.

En la segunda parte del libro tenemos el estudio sobre la novela “Sab” de Gertrudis Gómez de Avellaneda, novela que la propia autora tuvo retenida varios años en un cajón y que, al final de su vida, prefiere que no figure en el compendio de sus obras, por el potencial subversivo de la historia. Aunque no faltan descripciones de la dura vida de los esclavos, la autora destaca más los tormentos psicológicos  que suponen la privación de la libertad, tanto para el esclavo como para la mujer casada. Gertrudis tomará de Rousseau la idea de la igualdad de la naturaleza, que no se corresponde con la desigualdad de la esclavitud, desigualdad antinatural, fruto de una construcción humana. Coincidirá con las abolicionistas norteamericanas en ligar “la moral religiosa al abolicionismo y la inmoralidad a la esclavitud”, adelantándose así a la doctrina de la iglesia católica. Otras novelas como “Zinda” alentarán también las ideas abolicionistas, ideas que no suscitaban mucho interés en la España del siglo XVIII.

La segunda parte de la obra se centra en el movimiento abolicionista español, que tiene, hay que resaltarlo para nuestra vergüenza, un origen extranjero, protestante y masón. Sus primeros protagonistas serán Julio Vizcarrondo, portorriqueño casado con Harriet Brewster, y Horatio J. Perry, norteamericano, casado con Carolina Coronado. Perry, furibundo abolicionista, fue cesado de su cargo de secretario de la legación estadounidense en Madrid y sólo fue repuesto bajo la presidencia de Lincoln. Los dos matrimonios organizarán la Sociedad Abolicionista Española, que pronto contará con miembros tan destacados como Castelar, Moret y Olózaga. Dicha sociedad tendrá una “Sección de señoras”, sección que controlaba la revista “La Violeta”, en la que se publicaban narraciones por entrega, consejos morales para mujeres, (se supone que los hombres no necesitaban dichos consejos), figurines, informaciones de los mítines abolicionistas y poemas antiesclavistas. Uno de esos poemas fue “La esclavitud de los negros” de Concepción Arenal.

La sublevación de los artilleros del cuartel de san Gil en 1866 y su inmediata represión, hace que se prohíba la Sociedad, aunque ésta siga funcionando en la clandestinidad. La caída de Isabel II permitirá su reorganización, reorganización que adoptará un cariz claramente feminista. Para Concepción Arenal y la condesa de Espoz y Mina, las asociaciones abolicionistas se aproximaban peligrosamente al espacio de la política, espacio en en cual ellas consideraban que no debían estar, pues pensaban que el enfoque de los problemas sociales era distinto para los varones y para las mujeres. Así, la tragedia de la esclavitud evoca los valores considerados como femeninos, valores que debían llenar el espacio existente entre el individuo y el estado. El propio Olózaga reconocerá que : “La sensibilidad, la compasibilidad de las señoras ha puesto en práctica lo que la ciencia no había llegado a formular entre nosotros”. Con la proclamación de la I República y la asunción por parte del Partido Republicano del programa abolicionista, éste se convirtió en un debate político, algo vedado para el activismo femenino.

Es un gran libro, cuya lectura os recomiendo. No sólo porque aborda temas ignorados o poco tratados por la historiografía tradicional, sino, sobre todo, por abordarlos con un enfoque que nos sirve para examinar  y dar solución a los problemas que tenemos en la actualidad. Porque, en frase de Max Aub, “un intelectual es aquella persona para la cual los problemas políticos son, ante todo, problemas morales”.

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Responses

  1. Una exposición que me anima a comprar este libro. Gracias. 🙂

  2. Pues anímate Jomer. Es un gran libro.


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