Posteado por: fernando2008 | 28 marzo 2015

Gregorio Morán. El cura y los mandarines.

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Cuando Winston escribió “Vida de Lord Randolph Churchill”, su padre, un crítico comentó: “Winston ha escrito la historia de su familia, disfrazándola de historia del mundo”.

El 12 de enero de 1980 Gregorio Morán me dedicó su libro “Adolfo Suárez. Historia de una ambición”, con las siguientes palabras: “A Fernando Claros. Que este libro le sirva para distinguir a los malos políticos de las buenas personas. Los pasillos del poder están adornados con las limitaciones de todos los políticos de la historia”. En 1980 era un lugar común, para tirios y troyanos, considerar a Adolfo Suárez como un ignorante y un mal político. Después vinieron los que bueno le hicieron. Hoy se considera, con bastante acierto, que fue el político más importante de la transición. Al final se ha revelado como buen político, pues buena persona nadie duda que lo fue.

“El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados”, que éste es su título completo, trata oficialmente de Jesús Aguirre Ortíz de Zárate, duque de Alba. En realidad, Gregorio Morán sólo habla del “cura Aguirre” en los capítulos 32 y 34, antepenúltimo y último del libro. Lo engañoso de esta atribución no debe sorprendernos. Se ha hecho otras veces. Al fin y al cabo “Los tres mosqueteros” es el título del libro que narra la historia del cuarto.

Gregorio Morán ha disfrazado la historia del bosque de las letras españolas, de la historia del cura Aguirre, historia ni siquiera alcanza la categoría de pretexto o leitmotiv. El verdadero protagonista es El Bosque de los Letrados durante la última parte de la dictadura de Franco y durante la Transición. Los mandarines de esta etapa serán los verdaderos protagonistas y, por lo tanto, había que disfrazar esa intención para que la censura, vigilante desde 1936 hasta la actualidad, fuese engañada. Se consiguió sólo a medias; Planeta se negó a publicar doce páginas cuando el libro estaba ya escrito y aprobado, lo que obligó a Morán a buscar otra editorial.

Comencemos con la época de Franco. Morán la describe con pinceladas muy significativas. Como las primeras oposiciones a una cátedra de Lógica “en la que el único que sabía Lógica era el opositor que iba a suspender”, Manuel Sacristán, una de las pocas personas que se salvan de la degollina intelectual que Morán hace en este libro. A los indignados por esta arbitrariedad sólo les quedó el consuelo de salir dando un portazo.

También se describe magistralmente el “contubernio de Munich” donde, según palabras de Salvador de Madariaga, terminó la Guerra Civil. La prensa del régimen se hace eco de este acontecimiento estableciendo la inequívoca postura de que “El futuro político de España no se puede plantear más que desde la victoria”, idea en la que abundará Dionisio Ridruejo: “Para Franco el mayor peligro es el debilitamiento del recuerdo de la Guerra Civil”. A la postre, gobierno y oposición van a coincidir en lo esencial de este evento en el que la C.I.A. corrió con todos los gastos.

Morán nos hace reflexionar sobre la acepción de la palabra “significarse” en este momento concreto. “Palabra vulgar en un mundo de ciudadanos libres, pero de consecuencias en una dictadura, pues lleva aparejado el aislamiento social”. Este aislamiento social no regirá para la galería de personajes señeros en esta época, los mandarines de la dictadura: Florentino Pérez Embid, Cacho Víu y, sobre todo, Camilo José Cela, del que dirá que su mejor novela es su vida. Lo define como un escritor dotado y ambicioso que, cosa insólita en la historia, consigue lo que se propone. Lo de menos, sobre todo para él, son los procedimientos. Los venezolanos captarán magistralmente a Cela cuando éste vaya a ese país a escribir “La catira” por encargo del dictador Marcos Pérez Jiménez. Cela “hizo las Américas” y se trajo a España tres millones de pesetas, una amante catira (rubia) y el mote de Camilo José Pela.

Pasemos ahora a la Transición, época que hoy se está cuestionando mucho. Y con razón. Para Morán, este período tendrá un huella marcadamente conservadora, huella que proviene de los hijos brillantes del franquismo que consideraban que “bien está lo que bien acaba”.

Cuando le preguntan a Aguirre por su papel en la Transición dirá que para contarlo debía escribir un libro que se titulase “Albardas ilustradas o la tinta del calamar”. Durante la Transición hubo albardas, muy ilustradas, o por lo menos con mucha fama de ilustradas, pero albardas al fin. Y litros y litros de tinta de calamar para disimular la verdad. Cuando los sistemas carecen de recursos para corregir sus propias iniquidades, no les queda otra opción que un salto hacia aquello que está en otra esfera. Es lo único que puede aportar algo al callejón sin salida de la mentira. De todas formas, a Jesús Aguirre siempre se le dio muy bien poner títulos a libros que nunca llegó a escribir. Le ocurrirá como a Carlos III, el más obtuso de los reyes obtusos de España, cuya única preocupación fue la caza (se dice que no hubo ni un solo día de su reinado en que no saliese a cazar) y que pasó a la historia como paradigma de monarca ilustrado.

La Transición fue definida por Javier Pradera con estas palabras: “El régimen se ha sucedido a sí mismo, los que gobernaban antes siguen gobernando ahora, se han quedado con el poder, se han quedado con el dinero. La inteligencia española no se asentó en la Transición; se montó en ella”. Desde Pedro Laín Entralgo con su “Descargo de conciencia” hasta el último plumilla del régimen se pasaron con armas y bagajes al nuevo régimen sin despeinarse. Y todavía les sobró suficiente cinismo como para comenzar a repartir carnet de demócratas de toda la vida.

Además tendremos al periódico “El País” como intelectual colectivo de la Transición. Morán lo calificará de “El ABC sin mácula” y reconoce que es “el periódico mejor hecho de España. Nada menos. ¡Pero resulta tan poco!”. “El País” jugará el papel de la conciencia colectiva del mandarinato. Mandarinato continuista, que no cambiante ni emergente, ni mucho menos revolucionario. Este periódico servirá lo mismo para una crítica a Adorno que para dilucidar el candente problema de si el chocolate se puede tomar en Cuaresma (José Luis Jiménez Lozano. “Sobre la Cuaresma y la gran cuestión del chocolate” El País, 19 de marzo de 1977)

Repasemos brevemente la vida de Jesús Aguirre. Hijo de madre soltera sin posibles, seminarista, capellán del Colegio Mayor Cesar Carlos y encargado de la capilla de la Ciudad Universitaria, se significará, nunca mejor dicho, oficiando una misa de funeral por Julián Grimau. Pero pronto se dará cuenta que su ambición no lo lleva por la cura de las almas. Mezcla de radical y moderado, será como el rábano, rojo por fuera y blanco por dentro, paradigma de la Transición. Director de la editorial Taurus dirá, con su inefable modestia “Yo llevé a la editorial Taurus de Tomelloso a Frankfurt” (Por García Pavón que había sido el anterior director de esa editorial). Consigue que Pío Cabanillas lo nombre Director General de Música y Danza, aspectos para los cuales no estaba dotado en absoluto. Claro que en esta Dirección General también entraba el Circo. A lo mejor esa fue la razón. Él mismo aclararía que: “Se me ofreció ese cargo concreto porque los otros estaban ya ocupados, o a punto de serlo”.

El cargo le hace entrar en el mandarinato, algo que sólo se puede conseguir por la fuerza de las armas y, cuando no es así, por la de las letras. Tuvo sus ratos malos, como cuando un funcionario del Ministerio de Cultura le dice sobre una antología de la generación del 27 que “Debe rehacerse, porque he contado los poetas y no salen 27”. Al menos, ese funcionario jamás supo que el nombre de la “Generación del 27” fue un invento para tapar el nombre más certero de “Generación de la República”. Pero su cargo le permitirá nombrar a Antonio Gades director del Ballet Nacional de España y conocer a la presidenta de honor de la Asociación de Amigos de la Ópera: Cayetana Alba.

La casa de Alba ya no era como durante la monarquía. Cuenta Morán que el duque de Alba, padre de Cayetana, cuando volvió de Inglaterra, donde estuvo apoyando a los rebeldes, fue recibido por Franco y se encontró con que la mesa del despacho del Caudillo era la suya, embargada primero por los milicianos de la República y luego por Franco. Pero quien tuvo, retuvo. Y cuando el todo Madrid se enteró de que un hijo ilegítimo, cura y homosexual se iba a casar con la duquesa de Alba, todas las lenguas se desataron. ¡Ni las plumas más imaginativas habían llegado jamás tan lejos!. Se llegó a decir que era una alianza entre el poder y la cultura. Pero ni Cayetana tenía el poder, ni Jesús la cultura.

Simone de Beauvoir dijo que “Hay personas que explican cómo se hacen los libros y hay otras que los hacen. Nunca son los mismos”. Aguirre tenía conocimientos de primera mano sobre la labor editorial, pero sus libros no pasan de ser una recopilación, primero de sermones y luego de artículos. Nunca escribió un libro digno de ese nombre. Ni siquiera cuando fue nombrado académico de la RAE.

En 1982, los socialistas ganan las elecciones, dando por terminada la Transición. La socialdemocracia hispana, desnortada en todo menos en ambición y oportunismo refuerza, en frase de Adorno, el poder de lo existente que pretendía quebrar. Algunos autores contemporáneos comparan a a cultura socialista con el banquete de Trimalción. Otros, más castizos, la llaman “la bien pagá”. Manuel Sacristán dirá que: “Las tesis “cum fraude” de hace cuatro o cinco años, hoy son investigación altísima”. Es el momento en el que Pujol sale de la cárcel, tras un obscuro incidente, pero no para fundar un partido político, sino para crear un banco.

Aguirre despertará recelos entre los socialistas. Éstos querían gentes mediocres, no aspirantes a vedettes. Cuando el duque de Alba consorte se lanza a escalar peldaños culturales, Alfonso Guerra dirá: “Este tipo quié serlo tó”.

Quiso serlo “tó” y casi lo consigue. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ocupará el sillón “f” de la Real Academia Española, comisario de la Exposición Universal de 1992, celebrada en Sevilla, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y un sinnúmero de títulos más, hasta el punto que, viéndole bajar por las escaleras de la Real Academia Española García Hortelano le dirá a Carmen Rigalt: “Mírale. Es la primera vez que lo vemos bajar”. Cuando ingresa en la Academia de Bellas Artes de san Fernando dirá que “no se siente indigno, sino dignificado”. ¡Faltaría más!. Pero él, que firma “El duque de Alba. De la Real Academia Española” no se olvidará de especificar que quiere que sus conferencias se las paguen en metálico, nada de diplomas ni “bibelots”. Tampoco se olvidará de entrar en la mismísima Trilateral. Sus últimos artículos en los periódicos, único género que realmente domina, se van haciendo cada vez más ininteligibles. “El graznido de los cisnes” se compone más que de ideas, de alucinaciones. Hay un penúltimo dedicado a Sabino Fernández Campos, y el último será un elogio extravagante a Eugenia de Montijo en su calidad de pariente de los Alba.

Es un buen libro. Un libro que a partir de hoy ocupará un lugar de honor entre mis libros de historia de España. Una crónica incisiva pero muy ajustada a la realidad de la cultura española de los siglos XX y XXI.

Para terminar, no puedo resistirme a la tentación de explicar el motivo de la censura de la editorial Planeta. Esta editorial no puso la más mínima pega a los dardos que Morán lanzaba contra los mandarines de la cultura española… excepto a los lanzados contra Víctor García de la Concha. La explicación es simple y, como todo en la cultura española de este período, tiene que ver con el dinero. Planeta iba a publicar la nueva edición del diccionario de la RAE, publicación que siempre reporta jugosas ganancias, y Víctor de la Concha era director de la RAE y al fin y al cabo la pela es la pela. Por encima de mandarines y libertades de expresión.

Como decía Óscar Wilde, la mejor manera de vencer una tentación es caer en ella.

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Responses

  1. Una referencia excelente. 🙂

  2. Gracias Jomer. Sí, es un gran libro.

  3. Me recuerda un artículo de Jorge Ibargüengoitia:

    “Este hombre es tan bruto y tan estorboso, que nadie lo quiere de subordinado. Pero como nadie se atreve a correrlo por las bendiciones que trae, se ha resuelto el problema ascendiéndolo, y nombrándolo jefe de nuevos departamentos, que no tienen más función que la de recibirlo en su seno y tenerlo ocupado. La última vez que lo vi ya estaba llegando a ministro.

    “Su esposa, al comentar su carrera, dice:
    —Ha subido como la espuma”.

  4. Aquí decimos que los libros más inútiles los subimos a la parte de arriba de la estantería.


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