Posteado por: fernando2008 | 18 enero 2015

Ken Follet. El invierno del mundo.

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En “la Caída de los gigantes” pequé de excesivo academicismo. Después de leer ” El invierno del mundo” me he dado cuenta que lo que menos importa de esta “novela-río” son las historias particulares de las cinco familias. Si queréis, sufridos lectores, seguir mi consejo olvidaos de la trama argumental. Que nos distraiga el recordar si tal personaje es nieto o no de Maud. Al fin y al cabo, todos esos personajes son ficticios, meros hilos conductores para poner nuestra atención en un determinado lugar o momento: el momento histórico que interesa y que está narrado con una increíble habilidad.

 Alguien dijo que es completamente distinto narrar una batalla desde el punto de vista de un aviador, o desde el punto de vista del zapador. En esta segunda novela, me centraré en los acontecimientos históricos, dejando fuera las peripecias de las cinco familias.

 Comenzamos en Alemania. Los nazis actúan con la más indignantes de las impunidades. Pueden destrozar la redacción de una revista contraria y apalear impunemente a los periodistas ante la mirada benevolente de la policía. Pueden obligar, bajo la amenaza de una camisa parda, al dueño de un restaurante floreciente a venderlo por una suma irrisoria. Asistimos al incendio de Reischtag y a la furia fingida de Hitler por esa acción, en primera fila. El lector siente como él mismo abre la puerta a Hitler para que el canciller compruebe los daños. Nos horrorizamos, también en primera persona, cuando comprobamos como niños deficientes desaparecen en Alemania tras la puerta de asépticos hospitales, hospitales de los que sólo se puede salir por un sitio: la chimenea del horno crematorio. Asistimos a la euforia de un jovencito cuando estrena su primera camisa de las juventudes hitlerianas y a la decepción cuando sus épicos sueños chocan con la realidad cotidiana. Vemos la rabia de una mujer perfectamente preparada, rechazada de un puesto al que tiene derecho, con el argumento de que en la nueva Alemania su trabajo es ser esposa y madre. Por último, asistimos a la escena, cómica si no terminase en tragedia, de una respetable madre de familia seduciendo a un joven teniente para averiguar los pormenores de la operación Barbarroja.

En los Estados Unidos hay menos intensidad dramática en el relato en general, pero la misma desde el punto de vista particular. Las grandes familias de Búffalo, exhiben su importancia social, mostrándose muy puntillosas en las diversas manifestaciones de su superioridad, superioridad de la que “las damas de Búffalo” son las sacerdotisas. Se puede, y es bien visto, tener una esposa y una amante oficial. Se puede usar a una chica negra para hacer chantaje a un competidor. Incluso, se puede regalar dicha chica al hijo para que pase unas noches agradables. Pero cuando el hijo comienza a interesarse más de la cuenta por la chica, se le mandan matones para aterrorizarla y obligarla a dejar la ciudad. Cuando un joven fotógrafo de buena familia se indigna ante la brutalidad policial y toma fotos en una manifestación, las fotos son manipuladas y terminan significando todo lo contrario a la realidad. Incluso la tragedia de Pearl Harbor se mirará desde el punto de vista de unos invitados a un pacífico desayuno dominguero.

El lado ruso no queda mejor parado. El problema fundamental es que la conciencia del pueblo ruso es el partido comunista, y la conciencia del partido comunista es el camarada Stalin. Como el proletariado no puede equivocarse, Stalin tampoco. No importa que las tropas alemanas estén a poco kilómetros de Moscú. No importa que en la guerra civil española los asesores rusos cometan una equivocación tras otra. Stalin siempre tiene razón. Los demás sólo tienen que poner la sangre, el sudor y cargar con la derrota. De los que quieren reflexionar y sacar conclusiones, se encargará el camarada Beria.

A Inglaterra lleva Daisy Peshkov, desde Búffalo, furiosa por el rechazo de la alta sociedad de las damas de Búffalo y con un único propósito: bailar con el rey. Daisy consigue sus propósitos: se casa con Boy Fitzherbert vizconde de Aberowen y en su boda baila con el rey. Además, se enrola en la Unión Británica de Fascistas. La influencia de Lloyd Williams y la estupidez y frivolidad de su marido hará que termine conduciendo una ambulancia y prestando toda la ayuda que pueda a las víctimas de los bombardeos de Londres.

Soy consciente de que ésta no es la mejor reseña de libro que he escrito, pero no me importa. Cumple sobradamente su función que es la de recomendaros la lectura de este libro. Es una digna continuación del primero, aunque no tenga la belleza épica de éste.

Comienzo “El umbral de la eternidad”. Ya os contaré.

 

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Responses

  1. Magnífica síntesis. Me lo voy a comprar. 🙂

  2. Como sigas leyendo mi bitácora te vas a arruinar Jomer. Pero sí, es un buen libro.


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