Posteado por: fernando2008 | 3 diciembre 2014

Un viaje de alto riesgo.

Madrid Río. 19/10/14

Madrid Río. 19/10/14

En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Antonio Machado.

Ya se habrán dado cuenta mis avispados y avisados lectores que he hecho un viaje a Madrid. Un viaje de alto riesgo sobre el cual las autoridades del ministerio del Interior ni han estado avisadas, ni han estado avispadas.

Empezaré a desgranar el cúmulo de errores que han cometido esas autoridades. Debo confesar avergonzado, que notifiqué dicho viaje y organicé la quedada con mi familia con un teléfono normal, fijo. No me molesté en usar uno de esos smartphones de última generación con criptografía asimétrica. Por no usar, ni siquiera usé el washarp, tan difícil de detectar por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Tampoco me molesté en viajar con nombre falso. Para acceder a los ultramodernos trenes extremeños, no hace falta inventarse alias o falsificar documentos de identidad. Llegas a la taquilla, pagas y ¡listo!. ¡Que poca seguridad!. Tampoco disimulé sacando el billete en otra estación. Reconozco que en Extremadura los viajes son igualmente sospechosos tanto si los inicias desde Cáceres como desde Plasencia.

Presumo que la subdelegación del gobierno en Extremadura no avisó a la señora Cifuentes de mi inminente llegada a Madrid. Yo esperaba que cien kilómetros antes de llegar sería detenido y cacheado, como exigen los protocolos normales de seguridad, máxime teniendo en cuenta que portaba un arma peligrosísima la cual no me recataba en exhibir públicamente: un libro de casi 500 páginas.

Llegué a Madrid y no podía salir de mi asombro ¡no había el más mínimo dispositivo de seguridad esperándome! Pude salir tranquilamente de la estación y encaminar mi pasos a cualquier punto que se me antojase de la capital. Ni policías a caballo, ni lugares habilitados expresamente para mí. Nada de nada.

Esta dejación de funciones fue haciéndose más patente a medida que pasaban los días. En la fundación Abelló, en pleno Palacio de Comunicaciones, ahora Ayuntamiento de Madrid, pude entrar simplemente pagando. Ningún miembro de seguridad se fijó en mí a pesar de que llevaba en mi mano el sospechosísimo catálogo de la exposición. En la Fundación Mapfre me temía que las cosas no estuviesen tan tranquilas. De todos es sabido que los hinchas de José Gutiérrez Solana han jurado matar a todos los partidarios de Sorolla. ¡Otra decepción! En Mapfre sólo encontré gente mirando cuadros. ¡Como se han perdido los viriles valores de la raza!.

Pero donde mi indignación llegó al límite fue en el Museo Arqueológico Nacional. No sólo tuve que pagar la entrada, sino que además no me dieron ni un mísero cuarto para dejar mis pancartas, mis bengalas y mis tambores. Tampoco me dejaron dar los canónicos gritos de admiración y apoyo incondicional a la Dama de Elche. Y cuando grité: ¡Con Recesvinto hasta la muerte! me miraron mal. ¿Para qué ir a un museo si no se puede armar bronca?.

Pero todo eso ya lo he contado en entradas anteriores. Lo que no he contado ha sido mi visita al Madrid Río. Dediqué una tarde a pasear a orillas del Manzanares para admirar la obra faraónica de Gallardón.  En mi lejana juventud había paseado muchas veces por este paraje entre el ruido de coches y el mal olor que emanaba del río de aguas grises coronadas de espuma. El cambio no puede ser ni más espectacular ni más positivo. Los coches se han hundido en las entrañas de la tierra, las limpias aguas del río albergan colonias de patos y los jardines de ambas orillas acogen familias que pasean con sus mascotas o juegan a la petanca. Quizás haya sido un poco caro, pero el resultado es magnífico.

Éste es el Madrid que yo vi a mediados de octubre. En mes y medio las cosas han cambiado radicalmente, o es posible que la cosas no cambien, sino que sea la percepción de los distintos espectadores la que las haga cambiar. Me niego a aceptar que Madrid, mi Madrid, el de los museos y los tranquilos jardines sea el mismo que el que sale ahora en los telediarios.

Personas (sí, es difícil aplicarles esta palabra) que tienen que viajar a Madrid con nombres falsos, desde lugares distintos al de su origen, que tiene que ser cacheados, concentrados en lugares específicos, que tiene entradas gratis en estadios, que tiene locales dentro del mismo estadio donde pueden dejar sus pancarta rezumantes de odio y sus palos, que tiene lugares específicos en esos estadios, a modo de  vergonzantes palcos de autoridades, y que planean reunirse en los jardines del Madrid Río para matarse.

Todos nos reímos con suficiencia cuando leemos en los viajes de Gulliver la reprobación que suscitaba el hecho de cascar un huevo por el lado estrecho y no por el ancho. Yo me pregunto qué pensarían los liliputienses si supiesen que en España está bien visto matar por los colores de una bufanda. Si el vecino lleva una bufanda con unos colores que no son los de tu equipo, es presa legítima. Que un adulto muera por defender a un niño, es loable. Pero que ese adulto muera apuñalado por defender a un niño cuya única culpa era llevar una bufanda con los colores del equipo de Santiago de Compostela, es alucinante. Pero, lo más alucinante, es que a nadie parece extrañarle. Y, una vez más, se comienza la ceremonia de la confusión a que tan aficionados somos en España: la culpa es de los otros, no mía.

Pues no, señores míos. Yo no pago impuestos para que la policía tenga que escoltar a un grupo de psicópatas desde La Coruña hasta Madrid, cachearlos, concentrarlos en unos lugares, vigilarlos, impedirles que se emborrachen, que acuchillen al contrario y lo tiren al río, que lancen bengalas contra el público, que destrocen todo lo que caiga en sus manos, y los devuelvan a sus casitas sanos y salvos, todo ello sin atentar contra sus derechos constitucionales. Eso no es función de la policía. Es más bien el trabajo de John Wayne, llevando su manada de reses a Tombstone.

Me diréis que eso no es el deporte. Efectivamente. Eso es violencia, sadismo, enfermedades mentales. Los psicópatas asesinos no deben estar en los estadios. Ni en los estadios ni libres en la calle. Sólo pueden estar en las clínica mentales o en las cárceles. Y en las cárceles debían estar acompañados por sus cómplices, aquellos que los jalean, les dan entradas gratis, les asignan lugares específicos en los estadios, les permiten usar las dependencias de esos estadios como almacenes para sus pancartas y armas, e incluso les permiten gestionar bares dentro del propio estadio. Y si a pesar de todo no se consigue acabar con esa violencia criminal, pues habrá que prohibir esos deportes. Ir a vociferar a un estadio para enseñar y aprender violencia es lo más opuesto que existe a la máxima de “mens sana in corpore sano”. Aunque también es verdad que una persona que mata por un gol en fuera de juego, también puede matar sin despeinarse por una jugada del parchís.

Y ahora, pasado ya los hechos, la mayoría de las posturas que adoptan los medios de comunicación y los afectados son tan risibles, si no fuese por la tragedia, como la trama de la película “Resacón en Las Vegas”. Nadie sabe nada, nadie se acuerda de nada, nadie se explica nada”. Así, hasta la próxima tragedia.

Porque esto no ha acabado. Permitidme que os recuerde la “esquela” que ensucia hoy el hermoso paraje de Madrid Río. Esto no ha hecho más que empezar. ¡Que siga la fiesta! ¡Pan y circo!. ¡Gol!.

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Responses

  1. Perfecto. No precisa ningún comentario.👏

  2. ¡Es el presidente de mi club de fans! Gracias Jomer.


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