Posteado por: fernando2008 | 23 noviembre 2014

Fernando Ónega. Puedo prometer y prometo.

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Cuando Francisco Umbral escribió que “detrás de la Transición está la pluma de Fernando Ónega”, hay que matizar: sólo un poquito; sólo detrás de la primera Transición.

Fernando Ónega. Puedo prometer y prometo.

 

La Transición está de moda. Unos la defienden, otros la atacan, y todos le echan la culpa. Es lo más cómodo, y a la vez lo más fácil. La culpa de todos los males no es nuestra. Es de los rojos, de los fascistas, de los masones, de los judíos, de los bolivarianos. De todos menos nuestra.

Pues no. Ni está el mañana en el ayer escrito, ni el infierno son los otros. Nosotros forjamos nuestro mañana y llevamos dentro nuestro propio infierno. Se nos llena la boca de alabanzas los logros que hemos conseguido en el siglo XXI, pero seguimos sentándonos a la puerta de nuestra tienda en el desierto de Sinaí esperando que venga el Mesías para que nos salve.

Me ha gustado el libro de Ónega. Bien es verdad que a las personas de mi edad no nos ha descubierto nada nuevo: nosotros vivimos en la época de Suárez y los que no tenemos anteojeras sectarias valoramos y admiramos su figura. Porque, mal que me pese, debo reconocer que Franco murió en su cama de el Pardo, y que la democracia en España la instauró en gran medida un falangista que había sido Secretario General del Movimiento. La Junta Democrática, la Plataforma Democrática, la “Platajunta”. los partidos ilegales, los sindicatos ilegales, todos colaboramos. Pero, por encima de todos, el mérito principal pertenece a Adolfo Suárez.

¿Qué hizo Adolfo Suárez para ser considerado, a su muerte o cuando ya había abandonado la vida pública, la figura más importante de la Transición? Promovió las reformas legales necesarias para convertir una dictadura en una democracia sin salirse nunca de los cauces legales. No hubo ruptura, por mucho que a algunos nos hubiese gustado. Pero además realizó una serie de reformas sociales que han quedado tapadas bajo la brillantez de la reforma política. Legalizó el juego, el cambio de nombres a idiomas del estado, se despenalizó el adulterio, el amancebamiento. Se dio el rango de ley a la realidad ordinaria de España. Quizás la idea no fuese suya. Quizás fuese de Fernández Miranda o del rey, o de la C.I.A. Quizás no tuviese suficiente capacidad intelectual, como han dicho algunos, para alumbrar dicha idea. Puede ser. Pero lo cierto es que la llevó a cabo con absoluto éxito, cuando podía haberse atrincherado en su ideología y seguir, impasible el ademán, poniendo trabas a la democratización, como hizo Arias Navarro.

Y esto no se hizo de cualquier manera. En su discurso del 6 de abril de 1978 Suárez explicó qué es lo que se le pedía, el “más difícil todavía”: Se nos pide que cambiemos las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; se nos pide que cambiemos lo conductos de la luz, el tendido eléctrico, dando luz todo los días; se nos pide que cambiemos el techo, la paredes y las ventanas del edificio, pero sin que el viento la nieve o el frío perjudiquen a los habitantes de ese edificio; pero también se nos pide a todos que ni siquiera el polvo que levantan las obras de ese edificio nos manche, y se nos pide también en buena parte, que las inquietudes que da esa construcción no produzcan tensiones” Como dice Ónega: “Así fue la Transición. Así se hizo. Y así la definió su arquitecto”.

Además de la Transición, Suárez inauguró una nueva forma de hacer política como no se había hecho antes ni como, desgraciadamente, se volvió a hacer después. Ónega relata la anécdota de la visita de Suárez a Europa. Cuando los periodistas que le acompañaban quieren viajar en el avión presidencial, Suárez contesta: “El gobierno no tiene por qué pagar los pasajes a las empresas privadas”. Ante la insistencia de Ónega, el presidente se mantiene en sus trece y replica enfadado: “A ver cuando coño aprende este país a separar lo público de lo privado”. Fernando usa su último cartucho diciendo que si los periodistas no podían viajar con facilidad de movimientos, las crónicas serían necesariamente negativas y Suárez contesta con lo que Ónega define como “uno de sus arranques más adolfistas”: Que cada cual se comporte según su ética profesional. En la España actual, de turiferarios bien pagados, la frase hubiese caído con una bomba.

Con respecto a la corrupción, el libro cuenta también la anécdota de Rosa Conde, portavoz del gobierno de Felipe González la cual contaba, con lágrimas en los ojos, que a sus hijos le decían los demás niños en el colegio: “chorizo, que tu madre es una choriza”, porque la prensa de aquella época estaba llena de casos de corrupción y de acusaciones a los miembros del gabinete. Los hijos de Adolfo Suárez jamás tuvieron que enfrentarse a nada semejante, aunque bien es verdad que tenían que leer en esos periódicos las más abyectas descalificaciones a su padre. Y no es que fuera otra época, u otra clase de políticos distintos a los actuales. Mário Soares se lo haría saber a Adolfo con esta lapidaria frase: “Desengáñese, Suárez, a política é merda, e os políticos son as moscas”.

Pero donde el libro se pone interesante, y yo me pongo triste comparando la forma de pensar de Suárez con la de los políticos actuales, es cuando se enumeran las “fórmulas de Suárez para hacer política”.

La primera era contar con todos en aquellos delicados momentos: Las soluciones no podían venir caídas del cielo; o las buscábamos entre todos, o no era posible encontrarlas. En la España actual, donde la política es un rifirrafe de todos contra todos, donde no hay propuestas sino ataques y la única razón que se usa en la cosa pública es la de “y tú, más”, esta idea de Suárez brilla con luz propia.

La segunda de las recetas de Suárez sería el consenso: Había que verter en el país toneladas de comprensión, de tolerancia, de entendimiento común, de solidaridad. ¿Dónde están hoy el consenso, la comprensión, la tolerancia?.

La tercera era la labor didáctica: Había que hacer entender a los españoles que la sustancia de la democracia consiste en discrepar de un adversario al que se comprende. Y esa comprensión es el primer mandamiento nacional qué teníamos que implantar en el corazón y en la voluntad de los españoles. Labor didáctica que hoy se revela fallida. El “otro” no es un adversario al que se comprende. Es un enemigo al que hay que batir. Con todas las armas a nuestro alcance.

La cuarta recoge las lecciones de la historia: El enfrentamiento de que tantos ejemplos ha dado nuestra historia moderna siempre ha conducido a empeorar los problemas, aumentar la carga que pesa sobre el pueblo español, de sangre, lágrimas y angustias. Y seguirá conduciéndonos a empeorar los problemas. No olvidamos nada, pero tampoco perdonamos nada.

La quinta: Procura estar atento a los cambios sociales, porque requieren ser encausado por la legislación para evitar, en todo caso, la tentación de la anarquía. ¿Hay alguna reflexión más actual que ésta?. Millones de españoles indignados salen a la calle. Se les tacha de “perroflautas” y se les invita a formar un partido político. Cuando forman dicho partido político se hace víctima de una campaña de acoso y derribo miserable, en el país líder de las campañas de acoso y derribo miserables.

Sexta: No te salgas nunca de los cauces legales establecidos. La tarea de gobernar se hace más respetable si se evitan atajos tanto para las reformas como para las acciones ordinarias. Salirse de su cauce, además que puede llegar a ser un delito, crea inseguridad jurídica en la sociedad y eso perjudica a las instituciones y al interés general del país. En este país de fiscales que defienden, de imputados que gobiernan desde la cárcel, de gobierno que perdonan miles de millones a las compañías eléctricas y ejecutan desahucios a ancianas enfermas que han avalado a sus hijos ante prestamistas infames, los cauces legales se pueden resumir en la famosa frase: “A los amigos el culo; a los enemigos por culo. Y a los indiferentes, la legislación vigente”. Los cauces legales, sólo en último extremo.

Séptima: Haz frente a los poderes fácticos que sólo buscan su interés parcial. Gobernar es sufrir las presiones de los más poderosos que están organizados y tienen importante mecanismos de defensa de sus intereses y de su ideología. Si estos intereses e ideologías son contrarios al bien común o al desarrollo democrático de la sociedad, conviene ponerlos en su sitio. La legitimidad del gobernante es siempre superior a la legitimidad de los grupos de influencia o de poder. Si son más fuerte que el gobernante, algo va mal en la estructura de la nación. Y tan mal. La sacrosanta Constitución del 78 se cambia, cuando interesa, en un fin de semana. Luego, es inviolable. Se rescata a la banca, a las autopistas, a las eléctricas, mientras que el hambre vuelve a extenderse por España.

Octava: Cuando observes que no cuentas con el apoyo preciso o ese apoyo se basa en la obediencia debida; cuando vea que tu figura suscita algún rechazo, cuando entiendas que provocas desasosiego y desconfianza; cuando percibas que la gente cree que no tienes solución para sus problemas, entiende tú también que has dejado de ser esa solución y te has convertido en el problema. Es mejor una retirada digna que una permanencia tediosa. Aquí ya, me faltan las palabras. Sólo diré que esos padres de la patria que se aferran a su sillón, que llevados por su amor a España y su vocación de servicio a los demás, quieren gobernar desde la cárcel, tienen un objetivo muy claro: llegar, como sea, a fin de mes. En esa fecha cobrarán su sueldo, su sobresueldo en B, su sobresueldo en C, su sobresueldo en cajas de puros y sus mordidas a las compañías corruptas. El fin de mes es su razón de ser, la razón por la cual están dispuestos a caer en los mayores esperpentos.

Termino. Detrás de la transición está la pluma de Fernando Ónega. Pero no de toda la Transición. Ónega escribió el famoso discurso que da nombre al libro y cuyo borrador inserto al final de esta entrada. Pero cuando Leopoldo Calvo Sotelo asumió la presidencia del gobierno, Ónega, si bien siguió escribiendo para el presidente, notó que el tono de Calvo Sotelo no era el mismo Y que sus discursos no sonaban igual en boca de don Leopoldo.

Porque la Transición, la auténtica Transición sonaba bien únicamente en la voz de Adolfo Suárez.

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Responses

  1. Magnífico comentario que no precisa de más explicación. Un aplauso. 🙂

  2. Da gusto contigo como lector, Jomer. Muchas gracias. Un abrazo.

  3. De la ley a la ley. Cuidemos de a quién votamos, no sea que ganen las elecciones…

  4. En las próximas elecciones, divus Antonius, no se votará. Se botará.


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