Posteado por: fernando2008 | 22 octubre 2014

Lorenzo Silva. Los cuerpos extraños.

1

 

«Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino. ¡Y el hombre que lleva el espejo en el cuévano será acusado por ustedes de ser inmoral! Más justo sería acusar al largo camino donde está el barrizal y, más aún, al inspector de caminos que deja el agua estancada y que se formen los barrizales».

Stendhal.

 No voy a caer nuevamente en el tópico de decir que Lorenzo Silva es uno de mis escritores favoritos. Lo es, en efecto, pero el número de mis favoritos es tal que difícilmente se puede usar como elemento diferenciador. Lorenzo Silva me gusta y “Los cuerpos extraños” me ha gustado tanto como la mejor de sus novelas.

 La trama de la novela es simple: Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro son enviados por su comandante a resolver el asesinato de una alcaldesa de un pueblo de Valencia. Dicha alcaldesa, bastante incómoda para los miembros de su partido, ha aparecido muerta y semidesnuda en una playa.

Tras la figura del comandante está la del coronel, que no quiere inmiscuirse en la investigación, pero quiere estar informado de forma extraoficial y recomienda prudencia una y otra vez. Cuando nuestros protagonistas llegan al pueblo donde se ha cometido el crimen se presentarán a la comandante que manda la demarcación, comandante que ha sustituido a otro comandante, éste masculino, caído en desgracia por haber provocado las iras de las fuerzas vivas de Valencia con sus investigaciones. Bevilacqua lo toma como un aviso para navegantes y aplica con más rigor la consuetudinaria máxima de la Guardia Civil: “Paso corto, vista larga y mala leche”.

 La investigación comienza haciendo un friso de los personajes que se movían alrededor de la muerta: el concejal de urbanismo, la jefa de prensa, el diputado de dicho partido, el marido de la víctima, sus suegros, sus padres y su amante. Incluso hay lugar en el friso para un proxeneta, atrabiliario y fanfarrón, al que la alcaldesa ha cerrado un local de alterne. Continúa por las diversas líneas de investigación que llevarán a lugares tan distantes como Nápoles. (En los dos últimos libros reseñados he tenido que ir dos veces a Nápoles. Será casualidad, pero todo el mundo sabe que las casualidades no existen). Y terminarán, no podía ser de otra manera, con la resolución del caso. Y si bien Rubén no fue feliz, ni comió perdiz, e incluso se quedó sin la cruz como él mismo había pronosticado, al menos termina la novela luciendo la estrella de subteniente.

 A estas alturas de la entrada os estaréis preguntando dónde está el espejo que refleja el barro y cuáles son los cuerpos extraños. Para contestar estas preguntas, cedo la pluma al propio Lorenzo Silva:

 Pasamos junto al perfil irreal de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que iluminada en plena noche parecía aún más fantasmagórica. Su imagen, la de esos cuerpos extraños emplazados en la médula de aquella vieja ciudad, se me antojó simbólica, de un tiempo y un lugar que eran los de la historia que nos había tocado reconstruir. Una historia en la que algunos, desoyendo las advertencias de ese grillo abatido por la ciega codicia, habían dejado que elementos extraños, tan tóxicos como perturbadores, entraran en el reducto al que no pertenecían y donde nunca habrían debido ser admitidos, el de los intereses y los asuntos públicos, con trágicos resultados. No dejaba de ser una paradoja que el obstáculo con el que habían tropezado hubiera sido alguien como Karen, que era a su vez un cuerpo extraño entre los suyos, una persona capaz de anteponer sus principios a las componendas, alguien que, como decía Pereira, ni encajaba ni debía estar allí.

—Cuerpos extraños —dije, poniendo en voz alta mi pensamiento.

—¿Qué? —preguntó Chamorro.

—Me ha venido la idea viendo esos edificios. Se supone que el organismo los rechaza y por eso suele delatar su presencia con molestias, o expulsarlos, pero a veces se instalan, el cuerpo se acostumbra, y no es posible librarse de ellos a menos que alguien los extraiga.

—¿Y a qué viene eso, ahora?

—A lo que nos trajo aquí. Unos cuerpos extraños que se esconden entre nosotros, que a veces dan señales, los detectamos y los extraemos, pero otras veces no, se acomodan, se rodean de una cápsula de tejido y ahí se quedan, minándonos poco a poco. Nuestra pobre alcaldesa no tuvo tanta suerte. También era, a su modo, una intrusa en el organismo al que había ido a parar. Pero a ella sí que la expulsaron.

—Entre extraños anda el juego —dijo—. Te falta uno, aún.

—¿Cuál?

Chamorro sonrió. —Nosotros.

Aquí tenemos el espejo que refleja la realidad, nuestra realidad, identificada magistralmente con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, monumento a la corrupción española, sumidero en donde han desaparecido los millones que se han sacado de los recortes, emblema de las élites insolidarias, que diría José María Tortosa. Unas élites que no dudan en llegar hasta el asesinato para asegurar sus criminales ganancias. Pero ésta es una entrada de literatura, no de política. Volvamos a nuestra novela.

El espejo de la novela no puede por menos que reflejar el barro del camino. El hombre que lleva el espejo no puede ser acusado de nada por reflejar la realidad de esos cuerpos extraños que invaden nuestro tejido social. Son los cuerpos extraños los culpables, no quienes los denuncian. O quienes los persiguen, los otros cuerpos extraños que son la Guardia Civil.

Como persona criada en un pueblo siendo un profundo respeto y admiración por la Guardia Civil. Son muchas las vivencias que tengo y que me reafirman en esa admiración y respeto. Pero también debo pasar el espejo por el Benemérito Instituto y reflejar que algo va cambiando y para peor. 447 suicidios desde 1982, uno cada 26 días. El guardia civil se mantiene, como siempre, heroicamente en su puesto y, cuando las adversidades le sobrepasan, muere en él. Y esas adversidades provienen no de la sociedad a la que protege, sino de algunos mandos, a los que los “huevos fritos” se le han subido a la cabeza y piensan que tienen ya el poder absolutos. Las paellas de celebraciones golpistas en los acuartelamientos, y algunas siniestras historias de Pamplona, van en esa dirección. Pero las paellas golpistas terminan en ascensos y las historias de Navarra terminan en silencio. Algo va mal. Y, como a infinidad de cosas de esta nuestra carcomida España, hay que ponerle remedio inmediatamente. Porque si la fragante injusticia sólo tiene como respuesta el silencio y el desprecio, alguien puede tener tarde o temprano la tentación de arreglar las cosas como indica el propio Silva en una anécdota tan genial como clarividente. Leámosla.

Una comandancia que regía con mano de hierro un cacique con estrellas de teniente coronel. El hecho ocurrió durante una inspección rutinaria, aunque con aquel tipo, autoritario y despótico a más no poder, hablar de rutina venía a ser una licencia poética. La víctima de aquella inspección era un sargento, comandante de un humilde puesto rural. El teniente coronel exigió ver todos los expedientes y el sargento los puso a su disposición.

(…) —El cabrón lo tuvo allí, al sargento, firme, durante las dos horas que tardó en revisar los expedientes. Por llamarlo de alguna manera. A lo que básicamente se dedicó fue a abrir carpetas, encontrar faltas reales o imaginarias en casi todas y arrojar con desprecio los papeles, que revolotearon uno detrás de otro y se fueron amontonando en el suelo. Mientras hacía aquello, se despachaba a gusto. Esto es una mierda, esto es impresentable, etcétera. Cuando lo hubo visto todo, el suelo del despacho del comandante de puesto estaba literalmente alfombrado de papeles. Dejó caer la última carpeta, dando un golpe sobre la pila que había formado con las anteriores, le echó una bronca suplementaria al sargento y le dijo que esperaba que para la próxima vez hubiera tomado nota y no tuviera que ver tanta porquería junta. El hombre aguantando el chorreo, hasta que el tío aquel suelta toda la bilis, y entonces va el sargento y le pregunta: «Con su permiso, mi teniente coronel, ¿manda algo más, mi teniente coronel?». El otro le suelta un no como un bufido y entonces el sargento abandona la posición de firmes, cruza el despacho, cierra la ventana, que estaba abierta, le echa a la puerta el pestillo, se planta delante del teniente coronel, desenfunda la pistola, la monta y le apunta a la frente. Y sin temblarle un músculo de la cara, le dice: «Y ahora, mi teniente coronel, va usted a levantarse, va a recoger todos los papeles que me ha dejado tirados por el suelo y va a volver a ponerlos en sus carpetas, tan mal como yo los tenía.» El teniente coronel, blanco como la pared, le sostiene la mirada durante unos segundos, y me contaba mi jefe, testigo de ese incidente memorable, que ahí creyó que cualquier cosa podía pasar. Lo mismo terminó creyendo el teniente coronel. De modo y manera que aquel energúmeno se levantó, se agachó y recogió uno por uno todos los papeles que había tirado antes, mientras el sargento, impasible, no dejaba de apuntarle con la pistola. Cuando terminó, el sargento se guardó el arma, le saludó haciendo chocar los tacones y salió de su despacho. Nunca le pasó nada”.

Regenerar la Guardia Civil, regenerar el ejército. No hace falta ideas ultramodernas, maquinarias de última generación. Los militares españoles dominaron el mundo porque tenían bien claro algunas ideas. En primer lugar que “la milicia no es más que una religión de hombres honrados”. Y en segundo, pero no menos importante, una frase del mismo autor, que encaja perfectamente como solución para el problema que estamos tratando:

“Todo lo sufren en cualquier asalto.

Sólo no sufren que les hablen alto”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: