Posteado por: fernando2008 | 27 septiembre 2014

Arturo Pérez-Reverte. El francotirador paciente.

1

Si es legal no es grafiti.

Sniper.

Vayamos por parte, como decía Jack el Destripador, del cual ahora se ha sabido que no era Alberto Víctor duque de Clarence, sino un emigrante polaco. Cada vez hay menos poesía en la tierra.

Me gustan los libros de Arturo Pérez-Reverte, si bien no me gusta en absoluto ni la forma de ser ni la forma de pensar de su autor. Pero escribe bien, te hace vivir sus novelas, aunque a veces, como en “El asedio” no sea capaz de terminarlas de una forma medianamente aceptable.

En “El francotirador paciente” Pérez-Reverte resuelve bien la situación, creando un final magistral, mucho mejor que el de cualquier otra novela suya. Y las descripciones de las ciudades en las que ocurre la trama pasan delante de nuestros ojos como un calidoscopio lleno de luz, un calidoscopio que nos lleva a Lisboa, Roma, Verona y Nápoles en donde termina con, permitidme la petulancia, la apoteosis y la sorpresa final. Sorpresa que, por supuesto, no voy a desvelar.

La trama es simple. Una estudiosa del arte urbano (léase grafiti) es comisionada por un editor para que busque, encuentre y reclute para su “cuadra” de artistas a un grafitero llamado Sniper, grafitero que había conseguido bastante fama en este submundo. Pero el tal Sniper era poco más que una sombra y una firma en la pared. Nadie lo había visto, nadie lo conocía, pero su poder de convocatoria era tal que podía hacer el milagro de que en una noche Lisboa o Verona apareciesen llenas de pintadas. La estudiosa del arte sigue su pista por toda Europa hasta que lo encuentra en Nápoles. Pero también ha tenido un encuentro menos grato en Verona con los sicarios de un millonario español que están a la caza de Sniper para vengar la muerte de su hijo, un grafitero que se mató haciendo una de las actuaciones que Sniper convocaba cada cierto tiempo. Y hasta aquí es cuanto puedo contar.

Hecha la reseña, pasemos a las reflexiones que me ha provocado el libro.

¿Cuántas ciudades hay en una sola ciudad? Pérez-Reverte ha actuado aquí como “Diablo Cojuelo” levantando las capas de una serie de ciudades emblemáticas de Europa. Están los monumentos, la vida cosmopolita, y el submundo. Y son compartimentos estancos. No se mezclan nunca.

Hace tiempo, leí la historia de una chica que cayó en la droga. Cuando todavía podía disimular su adicción, sus padres la llevaron un día de paseo por un barrio que ella identificó inmediatamente con el barrio de la droga. Pues bien, todos los indicios que se revelaban a los ojos de la chica, pasaban totalmente inadvertidos a los ojos de los padres. La chica veía a los camellos trapichear, el mono rugía dentro de ella y lo único que se presentaba a los ojos no avisados de los padres era una plácida tarde de domingo.

Hasta que leí el libro, el panorama de los grafitis en mi ciudad sólo me provocaba indignación. Siempre comentaba que sería mejor que esos artistas del aereosol fuesen a decorar los cuartos de baño de su santa madre, y dejasen las calles en paz y limpias. ¿No tenía Francisco I a la Gioconda en su cuarto de baño? Pues que hagan arte en sus retretes.

Después de leer la novela conozco y comprendo un poco más ese submundo, o mejor debía decir inframundo, pero mi impresión original no ha cambiado. Simplemente entiendo que aparte de la heroína, cocaína, crack y demás drogas, hay en las calles una substancia estupefaciente más, substancia que no conocía: la adrenalina. La adrenalina que nos suministra la naturaleza para hacer frente a situaciones límites, ha sido convertida en una droga por ciertos jóvenes que necesitan sentirla en sus venas cuando pintan los vagones de tren o los depósitos de agua situados a gran altura. Crean sus reglas, sus mitos, sus leyes, sus líderes. Pero todo eso que crean es tan artificial, tan vacío y tan, permitidme la palabra, estúpido, como los juegos de rol. El resultado final, tangible, son paredes ensuciadas y algún que otro accidente mortal. No es arte, es aburrimiento.

 2

Y ya ha aparecido la palabra clave: “Arte”. La mayor parte de las conversaciones de la protagonista de la novela con sus diferentes interlocutores intentarán definir el arte. No lo consigue, claro. Si el arte se define, se acota, deja de ser arte, lo mismo que una nube deja de ser nube si se la mete en un cajón. Desde las pinturas de Altamira hasta la “Mierda de artista” de Piero Manzoni, el arte ha tenido muchas definiciones. En ese saco cabe la definición de Pérez-Reverte: “Y para Sniper, todo arte consistía en no ser capturado. Pintar donde no debes. Huir de los guardias y que no te cojan. Llegar a casa y pensar «lo hice» es lo mejor. Más que el sexo, o las drogas. Pero todo arte debe tener un emisor y un receptor. Correr delante de un vigilante, con la adrenalina bombeándote el corazón, ni emite, ni recibe. Y lo mismo da que corras por haber pintado una tapia que por haber robado un bolso.

“Por eso el único arte que concibo, repetía, es joder todo eso. Acabar con los filisteos… El grafiti de Sansón y los filisteos, lo llamaba bromeando: todos a tomar por saco”.

¡Magnífico programa! Todos a tomar por saco y luego ¿qué?. Si Sniper muere como Sansón, entre los escombros del templo ¿quién construiría sus aerosoles para pintar, o las paredes para ser pintadas? ¿Qué ingeniero tendría suficiente formación para diseñar vagones de metro? ¿Quiénes serían los vigilantes que le permitiese liberar la adrenalina? Si no hay sociedad, no se puede luchar contra ella. Y si no se lucha ¿cómo conseguir el subidón que parece ser la meta de todo? Para un buen enfrentamiento se necesitan, al menos, dos contendientes.

Como no quiero inclinarme excesivamente al lado de los filisteos contrapondré mis ideas sobre los grafitis con las ideas, no menos personales que tengo sobre Verona.

Llegué a esta ciudad a mediados de marzo, comandando una expedición de estudiantes de Segundo de Bachillerato con las hormonas a flor de piel y enamorados todos del amor. En el momento que pasamos bajo sus murallas gibelinas, comenzaron a impacientarse. Me siguieron a regañadientes en la visita a la Arena, aguantaron mis explicaciones pacientemente, pero se veía a la legua que estaban ansiosos por degustar al plato fuerte de la ciudad: la casa de Julieta.

3

La casa de Julieta es dulce y pegajosa como los algodones de azúcar. Su único mérito es un balcón, como seguramente hay muchos en Verona, una estatua de bronce y la imaginación de los visitantes. Sólo en algunos lugares de La Mancha he sentido la misma sensación de que los personajes de ficción, de repente, tomaban carne mortal. En Verona, esa sensación era muy fuerte, al menos para los alumnos.

El pasadizo que lleva al jardín de Julieta estaba totalmente lleno de mensajes para la Capuleto. Cuando no había sitio, se dejaban papeles pegados con chicle. Mis intentos por acotar personajes reales y de ficción fueron olímpicamente rechazados:

 4

­– ¡Lo dice Shakespeare!

– Ya. También dice Shakespeare que Verona tiene mar y ¿tú has visto alguna playa?

– No es lo mismo. La historia de Romeo y Julieta es demasiado bonita para ser mentira.

– ¿Y por qué es bonita?

– ¿Estás de broma? Es la maravillosa historia de un amor eterno.

– En realidad es una historia que dura seis días, en los cuales Romeo y Julieta se ven tres veces. Además, hay cinco muertos.

– ¡Qué viejo estás, Fernando!

Y abrazándose al primer compañero que pasó, mi mejor alumna me dio la espalda.

“Nada en demasía”, dice el precepto de Delfos. Ni la lucha estúpida del francotirador paciente, intoxicado de adrenalina, ni el algodón, dulce, pegajoso y sin substancia de la casa de Julieta.

¿Y cuál es, preguntaréis, el justo medio?

Yo lo he encontrado. No está lejos. Está en una calle de Cáceres por la que paso todos los días. Es mi grafiti favorito.

5

 

 

 

 

 

 

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Responses

  1. Leí este libro hace algún tiempo y comparto todo lo que dices, tanto sobre el autor como su contenido. 🙂

  2. ¡Magnífico Jomer! ¡Ya somos dos!


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