Posteado por: fernando2008 | 7 septiembre 2014

Javier Moro. El imperio eres tú.

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Es cierto que sólo es posible anticipar la estructura general del futuro, pero eso es todo lo que en verdad comprendemos del pasado o del presente. En consecuencia, si quieres una buena vista de su propia edad, mirarlo desde lejos. ¿De qué distancia? La respuesta es simple. Sólo lo suficiente para evitar que usted vea la nariz de Cleopatra.

Ortega y Gasset. La rebelión de las masas

Me dicen mis lectores, y sin embargo amigos, que hace tiempo que no pongo en esta bitácora la reseña de algún libro. Bromean con la sospecha de que mi nueva afición por las fuentes primarias de los archivos me ha arrebatado mi palmarés de lector. Y algo de eso hay, pero no hasta los extremos que dicen. Si la comunidad de Madrid afirma que los lectores asiduos de ella leen una media de 9’2 libros al año, debo confesar que este libro, que terminé ayer, hace el número 39 en mis lecturas. Y me quedan todavía cuatro meses para cerrar mi cómputo anual.

¿Puede un historiador serio leer novelas históricas? Por supuesto. ¿Puede un historiador serio negarse a ser un especialista? Indudablemente. Antes que ser la mayor autoridad mundial en la pata del caballo del Cid, prefiero pensar como un príncipe del Renacimiento, como por ejemplo Lorenzo de Médicis, que no expulsó a Leonardo para dedicar toda su atención a Miguel Ángel. Yo leo de todo, y disfruto de todo.

¿Se puede hacer novela histórica más o menos contemporánea? Desde luego. Ahí tenéis a Ken Follett. Incluso se puede hacer novelas sobre el futuro. Ahí tenéis a Isaac Asimov. Pero eso no es novela histórica. Efectivamente, es novela psicohistórica. La imaginación humana no tiene por qué estar encadenada ni al espacio ni al tiempo. Se puede hacer una buena novela histórica, siempre que no se aprecie en ella el tamaño de la nariz de Cleopatra.

Bueno, centrémonos ya en el libro. “El imperio eres tú” es una magnífica novela histórica, grande como el territorio de Brasil, de la cual es escenario. Comienza con la huida de la familia real portuguesa, embarcando a todo prisa en el “Terreiro do Paço” ante el temor de la llegada de las vanguardias de Bonaparte. En una escena digna de la mejor película, los lisboetas ven a sus reyes que les abandonan por un lado y por otro la llegada de las tropas francesas. Juan VI de Braganza se embarca llorando, oyendo las voces de sus súbditos que piden que no les abandone, y la voz de su madre, la reina María que se pregunta cómo se puede abandonar una corona sin luchar por ella.

Pero Juan no ha abandonado la corona; se la lleva a Brasil. Junto a su mujer Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, y sus hijos Pedro y Miguel, se instalan en el nuevo país. El cambio es brutal. De la Lisboa antigua, señorial y templada al lujuriante Río de Janeiro, su vegetación exuberante, sus costumbres distintas y el calor. El calor húmedo que cuece a los nobles portugueses bajo sus pelucas y casacones.

Visto el decorado, pasemos a los personajes. Juan VI es un pusilánime que odia sobre todo tomar alguna decisión. Se pasa el día atiborrándose de comida, rezando, rodeado de frailes y huyendo de la temible Carlota. En la novela no se dice nada, pero actualmente se sabe que Juan VI murió envenenado con arsénico, culpa que sin duda debe achacarse a su esposa.

Carlota Joaquina, a quien sus súbditos llamarán después “cariñosamente” laArpía de Queluz”, por el palacio en el que morirá, es absolutista hasta la médula, adora a su hermano Fernando VII y dedicará su vida a hacer de su hijo Miguel un rey absoluto. A Pedro lo ignora. Sierra apunta que quizás el desprecio a su hijo mayo se debiese a que Pedro es hijo del marido a quien odia, mientras que Miguel podría ser fruto de una relación ilegítima.

Miguel, el príncipe segundón, al que Pedro ganaba en todo, vive alimentando el rencor contra su hermano y buscando constantemente víctimas para descargarlo. Tiraniza a los nobles, martiriza a sus criados, e incluso se divierte cazando, con escopeta y perros, a los chinos que trabajan en una de sus fincas. Cien veces jura fidelidad primero a su padre y luego a su hermano, y cien veces rompe su palabra levantándose en armas contra ellos. Apoyado en todo momento por su madre, no le tiembla el pulso al intentar destronar a su padre, o al sitiar y bombardear salvajemente a Oporto durante diecinueve meses. Pero su destino será el de ser vencido por Pedro una y otra vez. Estas derrotas le obligarán a marchar al destierro, primero a Austria y, tras la derrota final, a Italia. En la vida del noble don Miguel de Braganza y Borbón, no se puede encontrar ni un solo hecho noble.

Y tenemos a Pedro de Alcántara de Braganza y Borbón, nuestro protagonista. Una verdadera fuerza de la naturaleza. Sufre epilepsia, la enfermedad de los grandes hombres, pero dicha enfermedad no le impide exigir a su cuerpo todo lo que le apetece. Y su cuerpo responde. Cabalga jornadas enteras sin descanso y sólo baja del caballo para intercambiar sus calzones con los de alguno de sus súbitos que estén más decentes que los suyos. Hace el amor con su esposa, con su amante, con la hermana de su amante y aún tiene tiempo para visitar otras alcobas, alcobas que le ha preparado su amigo el Chalafa.

Pedro I de Brasil es cúmulo de contradicciones. Ama a su familia, tanto la legítima como la ilegítima pero no piensa jamás que sus devaneos con Domitila, su amante oficial, puedan molestar a María Leopoldina de Austria, su esposa. Ama con pasión a Domitila, hasta el punto de nombrarla primera dama de la emperatriz, pero se indigna cuando Domitila le monta una escena porque se ha acostado con su hermana. Él es el emperador que está por encima del bien y del mal.

Criado en una familia absolutista, aconseja a su padre que jure la constitución que le impone el parlamento. No acepta negativas de nadie, pero escribe personalmente las constituciones de Brasil y de Portugal, las más avanzadas de su tiempo. Tacaño, se dedica a liberar esclavos y a luchar contra los grandes propietarios esclavistas. Ama a Brasil por encima de todo, pero de allí lo expulsan acusándole de portugués. Libera a Portugal del absolutismo cerril de su hermano Miguel, pero en Portugal lo llaman brasileño. Es, en resumen, una buena persona.

Este friso de urgencia no estaría completo si no incorporase al elemento femenino. Leopoldina, hija del emperador Francisco II de Austria marcha a Brasil con miedo, pero en cuanto llega se enamora locamente de su marido. Aguanta con estoicismo las infidelidades de su marido, tanto por amor como por dignidad imperial. Pero esas infidelidades serán las que la lleven a la tumba. Amélia Augusta Eugênia Napoleona de Beauharnais, será una buena esposa, pero su figura quedará un tanto deslucida entre personajes de carácter tan fuerte que le rodean.

Una novela y unos personajes que pueden gustar o no, pero os garantizo que no dejará indiferente a quien la lea, como Pedro no dejaba indiferente a nadie que lo conoció, tanto al rey Luis Felipe de Francia como a su última amante de Oporto, a sus enemigos. Quizá la necrológica más curiosa del emperador la hizo Evaristo da Veiga, el más acérrimo de sus adversarios políticos en Río, quien al recibir la noticia de su muerte, tuvo la nobleza de reconocer: «La providencia convirtió al príncipe en un poderoso instrumento de liberación. Si existimos como cuerpo de nación libre, si nuestra tierra no fue recortada en pedazos de pequeñas repúblicas enemigas, dominadas por la anarquía y el espíritu militar, se lo debemos mucho a la decisión que tomó de quedarse entre nosotros, de soltar el primer grito de nuestra independencia.»

Pedro I de Brasil y IV de Portugal

Pedro I de Brasil y IV de Portugal.

 

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Responses

  1. Gracias por la referencia. Ya lo compré. 🙂

  2. Jomer, estoy pensando cobrar comisión a las editoriales por cada libro que analice, porque tú inmediatamente los compras.Cuando lo leas fíjate al final el papel que juega Mendizábal,el ministro español en esta historia. Un abrazo

  3. Eso haré y te comento. Lo de las comisiones se arregla con un buen vino que acompañe a un buen secreto, por ejemplo. 🙂

  4. Dos vinos y dos secretos si vienes a Extremadura. Palabra de César

  5. Lo compre porque venia avalado por ser premio Planeta, y no me defraudo, incluso me incito a buscar mas información de los distintos personajes históricos, se lo recomendé a Pilar que también lo disfruto. Creo como comentas que no se debe denostar la novela histórica, porque a pesar de no seguir stricto sensu una interpretación hermeneutica de la historia, te deleita, entretiene y la hace más apetecible al no iniciado debido a los ingredientes que el autor sabiamente aunque no siempre intenta adobar.

  6. Me alegro que pienses como yo, Nino. Espero que visites a menudo mi bitácora. Abrazos para ti y Pili


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