Posteado por: fernando2008 | 19 agosto 2014

Porque yo lo valgo.

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El patriotismo es el último refugio de los canallas. Samuel Johnson

 

La Historia ha sido definida muchas veces y de muchas formas. Permitidme que hoy eche mi cuarto a espadas y la defina como la lucha de unos pocos espabilados por hacer creer a los demás, no tan espabilados, que ellos son especiales.

El faraón de Egipto era dios, hijo de dios, el único propietario y hombre libre del país de los Dos Tierras. También los emperadores romanos eran dioses. Pero llegó un momento en que nadie, ni siquiera los menos espabilados, se creían esa mentira. Y hubo que buscar otras. Como nunca falta un roto para un descosido, hubo sabios tratadistas que se apresuraron a llenar este hueco con construcciones intelectuales más o menos afortunadas. El rey era un monarca absoluto porque estaba designado directamente por Dios, y esa designación se materializaba en el nacimiento. El hecho de que dicha designación estaba a veces ayudada por un puñal o un veneno no cambiaba los presupuestos teóricos. Si el designado por Dios conseguía mantenerse en el trono, a costa de lo que fuera, era rey. Si era eliminado, se convertía en usurpador.

Pero plazas de reyes había pocas y espabilados muchos. Se hizo necesario buscar una manera menos exclusivista de vivir del cuento. Y se encontró, ¡vaya que si se encontró! Los hijosdalgo basaban su pretendida superioridad en ser hijos de sus padres. Y en que esos padres fueron a su vez hijos de los suyos, remontando su árbol genealógico a alguien que alguna vez hizo algo meritorio. Curiosamente, cuanto más lejos estaba ese antepasado heroico, más rancia y poderosa era su nobleza. Cuanto más parásitos e inútiles, más nobles. Como paradoja no está mal; como justificación es patética. Pero funcionaba.

En nuestros democráticos tiempos, después de una o varias rebeliones de las masas, este cuento ya no cuela. Que un noble luchase con mejor o peor fortuna en el siglo XIII contra los musulmanes no parece ya argumento suficiente para que sus tataranietos vivan sin dar palo al agua y mirando por encima del hombro a los demás. Quedan todavía restos feudales, por supuesto. El duque “empalmado” basaba su argumentación para quitarle el dinero a los niños enfermos de cáncer, en que se había casado con una señora que era hija de su padre. Y el padre, era hijo del suyo, nieto de su abuelo y biznieto de su bisabuelo. ¡Magnífica proeza! Y no sigo remontándome en su genealogía porque no puedo. Ningún hijo de Isabel II puede considerarse concebido dentro del santo sacramento del matrimonio. Pero esa consideración afecta sólo a la gentes corriente. Para los Borbones ser bastardos no cuenta. Lo mismo que no contó para los Trastámara.

Pobres justificaciones, estúpidas justificaciones, pero al menos eran justificaciones. Ahora, en nuestro democrático siglo XXI el morro es inversamente proporcional a los artificios teóricos. Una persona, sin haber trabajado en su vida, sin haber hecho otra cosa más que medrar en un aparato de un partido, sin ser experto en nada más que en poner zancadillas a los correligionarios que destacan más que él, se hace con el poder, se coloca por encima de la ley, y sólo puede explicar dicho encumbramiento con la más horrible de las frases: “Porque yo lo valgo”.

¿Estamos volviendo a los momentos más obscuros de las teocracias? Políticos con la capacidad intelectual de un Carlos II nos venden su imagen como si fueran Carlos I. No cobran lo suficiente, no tienen un reconocimiento popular suficiente, no tienen privilegios suficientes. Con una colección de trece sueldos protestan porque no son queridos. Con un analfabetismo sonrojante para cualquier persona que no sea ella, pontifican sobre los males que recaerán sobre España si no seguimos su programa, programa que se resume en: Primero yo, después yo, y por último yo. Y si sobra algo, para mí. Y se indignan si alguien intenta tomar otro camino. Nos quieren hacer ver que los esfuerzos que hacen por enriquecerse ellos y sus familias son fruto del más acendrado patriotismo. Y que todo aquél que quiera poner coto a sus rapiñas es un enemigo del pueblo español, o catalán, o cualquier otro, pero un enemigo del pueblo al fin.

El muy honorable ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol está muy enfadado. Él es Cataluña, y atacarlo a él, es atacar a Cataluña. En justicia, debían dejarle enriquecerse a él, a su mujer, a sus hijos, porque si no lo hacen Cataluña se levantará en masa contra el estado español opresor que les roba. No son los Pujol los que roban: es España. La explicación de cómo el dinero robado por España pasa a las cuentas corrientes de los Pujol es algo que desafía la imaginación de los tratadistas más hagiógrafos. Pero es lo mismo. Yo trinco el dinero “porque yo lo valgo” Y si tú protestas eres un enemigo de Cataluña, un enemigo de la independencia catalana. ¡Con lo bien que estaría Cataluña sin España, sólo con los Pujol! ¡Cuantas veces me acuerdo de la sensata frase de Josep Pla: “El catalanismo no debería prescindir de España porque los catalanes fabrican muchos calzoncillos, pero no tienen tantos culos”.

En esta ópera bufa el papel de España siempre es el mismo: poner los culos.

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Responses

  1. Desde el Danubio, en Melk (Austria) sólo puedo decir que me ha encantado tu comentario y la traca final de Josep Pla. Un abrazo. 😀

  2. ¡Qué suerte, Jomer! Estás en la ciudad de mi querido Adso. Diviértete. Un abrazo


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