Posteado por: fernando2008 | 13 julio 2014

Diuturni silentii.

Rampa

Ya estoy aquí otra vez. Ha sido un largo silencio, Patres conscripti, pero al fin se ha roto. Mi “Enterprise 5” cayó luchando heroicamente junto a la Puerta de Tannhäuser. Hoy escribo a bordo del “Enterprise 6”, la nueva generación. Es un Air, veloz como el rayo, ya que alcanza warp 11.

Hablando de velocidad ¡hay que ver cómo ha cambiado España desde diciembre de 2013!. La España de julio del 2014, ya no la reconoce ni el mismísimo Alfonso Guerra. Un nuevo rey, una nueva princesa de Asturias, un inminente nuevo Secretario General del PSOE y del PSC, un nuevo fenómeno mediático, Podemos. Pero la misma corrupción, la misma desvergüenza en la gestión de lo público, entre el derroche más indignante, con los amiguetes, y la tacañería también más indignante, con los que realmente necesitan las ayudas. Había que cambiar todo para que nada cambiase.

Tengo muchas cosas que contar pero, al mismo tiempo, tengo bien claro con donde comenzar a contarlas. Es algo que he sufrido directamente en mis carnes. Comencemos. Mis hijos son de acelerador fácil, lo reconozco. Por eso, puntual e inevitable como la muerte, recibí el aviso de una multa. Mis hijos confirmaron que, efectivamente, habían pasado por el lugar descrito por la multa, aunque no recordaban bien a qué velocidad de crucero. Hirviendo de indignación, ordeno que se pague la multa. Se me confirma el pago.

Todo esto era ya un lejano mal recuerdo cuando recibo una carta de Hacienda. Junto a la ventana transparente en la cual se leía mi nombre, aparece una siniestra franja negra. Abro la carta y me entero que tengo embargada mi cuenta corriente. ¿Razón? Una ristra de números y letras. Con el ánimo encogido inicio mi peregrinación a Hacienda. Cuando subía por la ominosa rampa veía la sonrisa de Montoro, sus colmillos tintos en sangre y su capa negra. De repente me di cuenta que estaba sufriendo la tan cacareada “pena de rampa”. Subía por una rampa parecida a la que el duque de Palma se ve obligado a recorrer cada cierto tiempo, tránsito por el que los defensores áulicos ponen el grito en el cielo. No hubo nadie que protestase por mi subida al Calvario. Tampoco había cámaras ni micrófonos esperando recoger mi imagen ni mis protestas de inocencia.

Cuando crucé la puerta, de repente me sentí transportado a la franja de Gaza. Guardias de seguridad, cacheos, cintas transportadoras, arcos de detección de metales. Por un momento pensé descargar de trabajo a la sanidad pública y decir que era de Al Qaeda. Así, la rectoscopia me la hubiesen hecho gratis y en el acto. Al final, pensando que la experiencia no sería muy agradable, no lo hice. Sintiéndome Amán al-Zawahirí, pasé los controles bajo la suspicaz mirada de los guardias. Tengo una apariencia de los más pacífica, pero ante los ojos de los cancerberos debía aparecer con turbante negro y kalashnikov al hombro.

Por fin encuentro la sala donde se iba a jugar el futuro de mis escasos ahorros. En ella, veinte funcionarios ante veinte ordenadores. Ni un solo reo en toda la sala. No obstante, me indican que tengo que volver a salir, coger el número de orden correspondiente en la máquina expendedora del pasillo y esperar a que mi número salga en la pantalla. Obedezco disciplinadamente. Nadie en la antesala del infierno. Sólo una cámara de vigilancia, con la que intercambio malévolas miradas. Parece que la cámara se aburrió pronto del juego, pues se dedicó a mirar a otras partes de la sala, totalmente vacía como ya he dicho.

Al cabo del rato necesario para que reflexionase bien sobre mi insignificancia en comparación al poder omnímodo con el que estaba enfrentándome, se ilumina una pantalla. No es un ataque klingon. Es el número que tengo en las manos, mi número. Ha llegado la hora.

La amable funcionaria me indica que, efectivamente, mis hijos habían pagado la multa. Pero, siempre hay un pero, no lo suficientemente rápido. Por lo cual, se me había impuesto una pena de diez euros. Para asegurar el cobro de esa pena, me habían embargado la cuenta.

Sollozando de alivio y a punto de arrodillarme y besarles los pies, pregunté que era lo que tenía que hacer yo. Cómo podía colaborar con tan noble causa. Qué era lo que podía aportar al Bien Común, aparte de mi dinero. Una mirada gélida llegó desde lo alto. Yo no tenía que hacer absolutamente nada. La Hacienda Pública contaba con recursos más que suficientes para saquear mi cuenta por sí sola. Yo sólo tenía que pagar y callar.

Cuando salí por la rampa, con el corazón mucho más ligero que cuando entré, me di cuenta que tampoco había periodistas para recoger mis impresiones, ahora mucho más optimistas. Mi pena de rampa parece que no importa a nadie.

Podéis imaginar mi horror y desesperación cuando al mes siguiente recibo una carta con idéntica franja negra y con la noticia de que habían vuelto a embargarme la cuenta. Esta vez subí la rampa completamente vencido, sin un átomo de resistencia. Es decir, sin móvil, sin llaves, sin nada metálico. Tras los humillantes preliminares de rigor el funcionario me aclara que sólo me han embargado la cuenta una vez. Que pregunte en mi banco. Con un hilo de voz me atrevo a preguntar que ellos, los embargadores, deberían saber el motivo de las dos cartas. Un resoplido, en la mejor tradición de los orcos, fue la respuesta.

Tras varias tazas de tila, en mi banco me aclaran que efectivamente hacía dos meses Hacienda embargó mi cuenta, pero no sacaron de ella ni un céntimo. Al siguiente mes, supongo que espoleada por la troika, Hacienda por fin se decidió a expropiarme los diez euros. Cuando pregunté si no podía reclamar, dejar constancia de mi malestar por las dos cartas y las dos visitas, mi bancario me miró con lástima y se limitó a acercarme la cajita donde tiene los caramelos con el logo de la entidad. Yo quiero un fiscal como Pedro Horrach que vele por mis derechos. Quiero que amables funcionarios de la Agencia Tributaria se desplacen a Cáceres para darme caramelos de su propia mano y con el logotipo de Hacienda. Quiero que amables periodistas me esperen en la rampa para hacerse eco de mis impresiones. Quiero que en las tertulias del famoseo televisivo se discuta mi caso. Quiero poner en mis declaraciones de renta facturas falsas y que Hacienda me las descuente de lo que tenga que pagar, aun sabiendo que son falsas. Quiero igualdad ante la ley y ante Hacienda. Y lo quiero ahora.

Diréis que yo no soy famoso y ellos sí. Falaz argumento. Ellos han trincado seis millones de euros y están protegidos, defendidos, arropados. Yo he pagado diez euros y estoy inerme, despreciado y humillado. Creo que hay 6.000.010 de argumentos a mi favor.

Anuncios

Responses

  1. Toda una lección de cómo trata la administración (con minúsculas) a los que no somos de la “cuerda”. Que la fuerza te acompañe, amigo. 😉

  2. Igualmente Jomer.

  3. ¿Ya no recuerdas, ¡Oh Ferdinandux, vir clarissimvs!, las lecciones de administración de nuestro amado Balbo, cuyo recuerdo sé que te acompaña en cada visita a Gades?

    “Cuando uno le debe diez denarios al templo de Hércules, uno tiene un problema. Cuando uno le debe diez millones de denarios al templo de Hércules, quien tiene el problema es el templo”.

    Que lo sepas y que te sirva de escarmiento.

    P.D.- No vuelvas a dejar el coche a tus hijos. Yo no lo hago.

  4. Divus Antonius: Cuando vaya este verano al templo de Hércules Melkart le pediré 20 millones prestados.
    No dejo MI coche a mis hijos. Resulta que tengo coches puestos a mi nombre que no sabía que poseía. Sólo lo sé cuando me llegan las multas.

  5. 😦

    Los hijos están llenos de sorpresas…

    Estoy pensando muy seriamente el emanciparme yo de ellos, a ver si así…

  6. Bien pensado Antonio. Pero el problema es que ellos no te dejarán emanciparte. ¡Menudos son!

  7. ¡Qué alegría leerte de nuevo Fernando!
    Leyéndote concluyo que en Cáceres Hacienda se ha propuesto sacar dinero de cualquier sitio… Tres meses, muchos paseos a la oficina de la Agencia Tributaria y un embargo de cuenta y sueldo le han costado a mi mujer recuperar 800 leuritos que nunca debieron embargarle. El embargo lo hicieron por no declarar irpf en Cáceres y lleva ocho años presentando la declaración en el País Vasco… Vaya panda… Por no mencionar la mala imagen ante su último jefe (que casualmente decidió prescindir de sus servicios al poco tiempo…).
    El dinero se lo han devuelto, sí, porque no había por donde cogerlo, pero ¿quién y cómo pagará el perjucio causado? Dan ganas de empezar a defraudar… Pero nunca obtendría toda la repercusión mediática que se merece…
    Eso sí, eternamente agradecidas a las funcionarias que nos atendieron en San Sebastián, muy amables y competentes que movieron cielo y tierra para ayudarnos, rellenando un millón de formularios y reclamaciones. Lo único bueno de esta desgracia, comprobar que sigue habiendo personas dispuestas a ayudar y facilitar la vida a los demás.
    Un abrazo muy grande desde Donostia

  8. Muchas gracias Raquel. A mi también me alegra mucho volver a leerte. En este país, o somos infantas o somos pagafantas. Los simples mortales no tenemos fiscales que nos defiendan ni Hacienda nos permite descontar por facturas falsas. Y digo yo: Si a las mujeres de los traficantes se les imputa y van a la cárcel aunque no sepan de donde sale el dinero de sus maridos ¿por qué no se aplica aquí ese precedente judicial? La justicia no es igual para todos. Besos para Fati y para ti.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: