Posteado por: fernando2008 | 15 noviembre 2013

John Le Charré. Una verdad delicada.

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Los fines de semana disfruta de animados paseos en camello con afables oficiales del ejército y miembros de la policía secreta y de fastuosas fiestas con los superricos en sus urbanizaciones vigiladas del desierto. Y al amanecer, después de coquetear con las fascinantes hijas de sus anfitriones, vuelve a casa en coche con las ventanillas cerradas para que no entre el hedor a plástico quemado y comida podrida mientras los fantasmas andrajosos de niños y sus madres con velo buscan restos en inmundas hectáreas de basura sin clasificar en los aledaños de la ciudad.

 

No voy a deciros, una vez más, que Le Carré es uno de mis escritores favoritos, porque me preguntaríais con mucha sorna, como hacían mis alumnos, cuántos escritores favoritos tengo. Muchos. Tengo muchos. Pero creo haber leído todas las novelas de Le Carré. Y eso significa algo.

He seguido, pues, toda la trayectoria de este autor, desde cuando hablaba en “El espía que surgió del frío” de pérdidas asumibles. Posteriormente en “El peregrino secreto”, modificó, muy razonablemente, su forma de pensar. Veámoslo.

 “Ni siquiera fue el hombre occidental sino nuestro implacable enemigo del Este el que se tiró a la calle e hizo frente a las balas y a las porras diciendo: ya basta. Fue el emperador de ellos, no el nuestro quien tuvo el valor de subir a la tribuna y declarar que estaba desnudo.(…)

Podemos fiarnos plenamente del Oso. El Oso nunca ha sido tan digno de confianza como ahora. El Oso está suplicando ser de los nuestros, traernos sus problemas, hacernos sus banqueros, comprar en nuestros supermercados y ser aceptado como digno miembro de nuestro bosque y del suyo tanto más cuanto que su sociedad y su economía están hechas trizas, sus recursos naturales están saqueados y sus administradores son increíblemente incompetentes. El Oso nos necesita tan desesperadamente que podemos confiar ciegamente en que nos necesita. El Oso ansía dar marcha atrás a su horrenda historia y emerger de la oscuridad de sus setenta o sus setecientos últimos años. Nosotros somos su luz.

  El problema reside en que nosotros, los occidentales, no somos dados a fiarnos del Oso, tanto si es un Oso Blanco como si es un Oso Rojo a los dos a la vez, como ahora. Tal vez sin nosotros el Oso esté perdido, pero muchos de nosotros pensamos que eso es exactamente lo que se merece. Lo mismo que en 1945 había personas que mantenían que la Alemania vencida debía seguir siendo un desierto de ruinas durante el resto de la historia de la Humanidad. (…) El Oso del futuro será lo que nosotros hagamos de él, y las razones para hacer algo de él son varias. Cuando has ayudado a un hombre a escapar de un encarcelamiento injusto, lo menos que puedes hacer es darle un tazón de sopa y proporcionarle los medios para ocupar su lugar en un mundo libre. Esto último es tan evidente que me irrita tener que mencionarlo siquiera. Rusia, incluso Rusia sola, sin todas sus conquistas y posesiones, es un país grande, con una población grande, situado en una parte crucial del Globo. ¡Dejamos al Oso que se pudra! ¡Lo empujamos a que sea un resentido y un atrasado, una nación superarmada fuera de nuestro campo? O hacemos de él un socio en un mundo que cambia de forma cada día!

La cita es larga, pero jugosa. Efectivamente, la Guerra Fría acabó porque Occidente venció. Y el Oso ha dejado de ser Rojo para ser Blanco una vez más.

Pero ese capítulo de nuestra historia está ya cerrado, para bien o para mal. Y no se cerró siendo felices y comiendo perdices. Se necesitan enemigos, se necesitan guerras porque gastamos un millón de dólares cada minuto en comprar armas y, desde la II Guerra Mundial, el 40% de la investigación mundial es sobre armamento. Si no existiese Al Qaeda, habría que inventarla rápidamente.

Pero existe Al Qaeda y existe el Eje del Mal. Podemos seguir comprando armas tranquilamente. Y, mucho mejor todavía, podemos seguir vendiéndolas. Y para ello, debemos seguir montando pequeñas guerras. Nada muy llamativo. Una pequeña incursión en Gibraltar, con el ejército regular inglés en tierra y unos desconocidos mercenarios en el mar, fuera de las aguas jurisdiccionales del Peñón. Para dar un mayor tinte de respetabilidad, un funcionario del Foreign Office, de mediana categoría, supervisará la operación “Fauna”. Dicho funcionario no ve nada del desarrollo de la operación, pero le dicen que todo ha salido bien, vuelve alegremente a Inglaterra y, como recompensa, le dan el título de “Sir” y un mandato en un país del Caribe. Todos contentos.

Pero habrá un problema. Siempre hay algún problema, pues las personas felices no tienen historia, o no dan para una historia. La operación salió mal. Murieron una mujer y su niña, posiblemente emigrantes ilegales que estaban en la playa. Y el funcionario, ya jubilado, y un amigo, un hijo espiritual posiblemente futuro hijo político de dicho funcionario, se ponen a investigar. No les para el hecho de enfrentarse a una siniestra organización norteamericana, ni al propio gobierno inglés. Tienen un deber, y deben cumplirlo. La novela se desarrollará en esa lucha contra amenazas más o menos veladas, intentos de soborno o apelaciones al patriotismo, hasta el estruendoso final en el que la historia se termina en medio de un coro de sirenas, sin que la duda del espectador quede satisfecha.

Algunos lectores me reprochan que siempre llevo el ascua a mi sardina, y la reseña del libro a los problemas actuales que me preocupan. Esta vez el acierto o el error no es mío sólo. Debéis achacarlo a la maestría de Le Carré, un magnífico escritor cuyos temas van evolucionando al compás de nuestros problemas. No se ha quedado estancado en las persecuciones por la nieve, ni en el Checkpoint Charlie de la Puerta de Brandemburgo. Las batallas se libran ahora dentro de nuestras propias fronteras. Tenemos que librar la batalla de la inmigración ilegal, antes de que el Mediterráneo se convierta en una enorme fosa común, tenemos que preocuparnos por defender los derechos de los desposeídos y, sobre todo, tenemos que cortar de una vez las alas a los políticos que se consideran investidos de un poder omnímodo, y ponen sus deseos espurios y egoístas por encima de todo control democrático. No debemos permitirles que saqueen los estados a su libre capricho, multiplicando día a día el número de pobres, amparándose en una mayoría democrática conseguida presentando un programa que tiraron a la papelera en el mismo momento en que consiguieron su victoria. No se puede basar el estado democrático en un engaño. Hasta los espías de Le Carré se están dando cuenta, por primera vez en su vida, de que fuera de los palacios, las fiestas y las recepciones hay otra vida, una vida de miseria, de inmundas hectáreas de basura, por la que tienen que circular con las ventanillas cerradas para no olerla.

Y cuanto antes todos nos demos cuenta, tanto mejor nos irá. A los espías y a nosotros.

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Responses

  1. Añadido a mi lista de libros comprados. 🙂

  2. ¡Qué barbaridad, Jommer! ¿Vas a comprar todos los libros que recomiendo’ ¡Estás podrido de dinero!

  3. Ya sabes, un jubilado como yo sabe administrarse bien y más si se trata de internet. 😉

  4. Te entiendo.Pero antes de comprar un libro consúltame. A lo mejor puedo dejártelo.


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