Posteado por: fernando2008 | 10 noviembre 2013

Robert Silverberg. La torre de cristal.

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Mirad, qu­ería de­cir Si­me­on Krug, ha­ce mil mil­lo­nes de años no ha­bía ni si­qu­i­era un homb­re, só­lo un pez. Una co­sa res­ba­la­di­za con agal­las, es­ca­mas y oj­il­los re­don­dos. Vi­vía en el océ­ano, y el océ­ano era co­mo una cár­cel, y el aire era co­mo un te­j­ado en­ci­ma de la cár­cel. Na­die po­día at­ra­ve­sar el te­j­ado. “Si lo at­ra­vi­esas, mo­ri­rás”, de­cía to­do el mun­do. Y lle­gó es­te pez, que lo at­ra­ve­só, y mu­rió. Y lu­ego lle­gó aqu­el ot­ro pez, que lo at­ra­ve­só, y mu­rió. Pe­ro hu­bo ot­ro pez, que lo at­ra­ve­só, y fue co­mo si su ce­reb­ro ar­di­era, y las agal­las le es­tal­la­ran, y el aire le aho­ga­ba, y el sol era una an­torc­ha en sus oj­os, y es­ta­ba al­lí, ten­di­do en el bar­ro, de­se­an­do mo­rir, pe­ro no mu­rió. Se ar­rast­ró pla­ya aba­jo, vol­vió al agua y di­jo: “Eh, ahí ar­ri­ba hay to­do un mun­do nu­evo”. Y vol­vió a su­bir, y se qu­edó tal vez dos dí­as, y lu­ego mu­rió. Y ot­ros pe­ces se hi­ci­eron pre­gun­tas sob­re ese mun­do. Y se ar­rast­ra­ron ha­cia la oril­la lo­do­sa. Y se qu­eda­ron. Y ap­ren­di­eron a res­pi­rar aire. Y ap­ren­di­eron a er­gu­ir­se, a ca­mi­nar, a vi­vir con la luz del sol en los oj­os. Y se con­vir­ti­eron en la­gar­tos, en di­no­sa­uri­os, en ot­ras co­sas, y ca­mi­na­ron du­ran­te mil­lo­nes de años, y em­pe­za­ron a er­gu­ir­se sob­re las pa­tas tra­se­ras, y uti­li­za­ron las ma­nos pa­ra agar­rar co­sas, y se con­vir­ti­eron en mo­nos, y los mo­nos se fu­eron ha­ci­en­do más in­te­li­gen­tes, y se con­vir­ti­eron en homb­res. En to­do mo­men­to, al­gu­nos de el­los, al me­nos unos po­cos, si­gu­i­eron bus­can­do nu­evos mun­dos. Les di­ces: “Vol­va­mos al océ­ano, se­amos pe­ces de nu­evo, así es más fá­cil”. Y qu­izá la mi­tad de el­los es­tán dis­pu­es­tos a ha­cer­lo, qu­izá más de la mi­tad, pe­ro si­emp­re hay al­gu­no que di­ce: “No se­á­is lo­cos. No po­de­mos vol­ver a ser pe­ces. So­mos homb­res”. Así que no reg­re­san al mar.

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En el prin­ci­pio era Krug, y Él di­jo: “Que ha­ya Cu­bas”, y hu­bo Cu­bas.

Y Krug mi­ró las Cu­bas y vio que eran bu­enas.

Y Krug di­jo: “Que ha­ya nuc­le­óti­dos de al­ta ener­gía en las Cu­bas”. Y fu­eron ver­ti­dos los nuc­le­óti­dos, y Krug los mezc­ló has­ta que qu­eda­ron uni­dos unos a ot­ros.

Y los nuc­le­óti­dos for­ma­ron las gran­des mo­lé­cu­las, y Krug di­jo: “Que ha­ya pad­re y mad­re en las Cu­bas, y que las cé­lu­las se di­vi­dan, y que de las Cu­bas bro­te vi­da”.

Y hubo vi­da, por­que ha­bía Rep­ro­duc­ci­ón.

Y Krug pre­si­dió la Rep­ro­duc­ci­ón, y to­có los flu­idos con Sus pro­pi­as ma­nos, y les dio for­ma y esen­cia.

Y di­jo Krug: “Que de las Cu­bas sal­gan homb­res, y que sal­gan mu­j­eres de las Cu­bas, y que vi­van ent­re no­sot­ros y se­an ro­bus­tos y úti­les, y los lla­ma­re­mos androides”

Y así fue.

Y hu­bo and­ro­ides, por­que Krug los ha­bía cre­ado a Su ima­gen, y ca­mi­na­ron sob­re la faz de la Ti­er­ra y sir­vi­eron a la hu­ma­ni­dad.

Y por es­tas co­sas, ala­ba­do sea Krug.

Robert Silverberg. La torre de cristal.

 

Érase una vez, una mesita. La mesita era buena y devota. Lo primero que hacía todas las mañanas era juntar sus patas y rezar a Dios. La mesita imaginaba a Dios como una Mesa infinitamente grande, con infinito número de patas, y de un blanco nacarado. La mesita vivía feliz, confiando en su Dios.

Un día aciago, la paz espiritual de la mesita se vio turbada por un fuerte golpe. Un golpe en el sentido literal del término. La mesita se encogió sobre sí misma. No acertaba a comprender por qué su Dios le había golpeado. Rebuscó en su interior y encontró ¡cómo no! alguna pequeña falta. La mesita no se planteó el hecho de que la Mesa tuviese tiempo y humor para contabilizar y castigar todas y cada una de las faltas de un ser tan insignificante: se humilló, pidió perdón e hizo penitencia.  Pero el golpe se repitió.

La mesita no sabía qué pensar. Redobló sus mortificaciones, pero el tercer golpe llegó tan doloroso o más que los dos anteriores. La resignación de la mesita, su confianza en Dios, flaqueó. Un cuarto golpe la llenó de ira. Dios es injusto, no nos hace caso, o no existe. La mesita cayó en el pecado de Lucifer, el pecado de la soberbia. Se rebeló contra Dios. El quinto golpe la sumió definitivamente en la desesperación.

Sé que no es una parábola tan poética como las que aparecen en los Evangelios, pero es la que yo he podido imaginar. Y como soy su creador, me alejo ahora del universo de la mesa y, como narrador omnisciente, explico que el Creador de la mesita no era una Mesa con infinito número de patas, sino un hombre con mono y boina, que lleva un lápiz en la oreja. Un carpintero, vamos. Y que ese carpintero está jugando al dominó sobre la mesa que ha construido.

El libro que os traigo hoy es de ciencia ficción. Ésta, y las novelas históricas son mis lecturas favoritas. La ciencia ficción tiene la ventaja sobre la novela histórica que es libre. Por muchas vueltas que le demos, Napoleón será vencido en Waterloo y morirá en Santa Elena. Mientras que un autor de ciencia ficción no tiene esos condicionantes. Puede crear un mundo a su antojo, poblarlo, modificarlo, destruirlo. Ni siquiera la velocidad de la luz es un límite para él. En Star Trek, el “empuje warp” permite a la Enterprise alcanzar diez veces esa velocidad.

Robert Silverberg nos muestra en esta novela un mundo poblado por humanos, robots y androides. Los androides son semejantes en todo a los humanos, excepto que no son “nacidos del vientre” sino “nacidos de las cubas”. Por eso no tienen los mismos derechos que los humanos. Si­me­on Krug, el protagonista de la novela, ha creado a los androides. Para él son animales, sin ningún derecho. Pero los androides a su vez, han creado una religión en la que Krug es el Creador, Dios. Y recurren a él para que el Congreso apruebe la igualdad jurídica de los androides con los humanos. Como Krug se niega indignado, intentan que Manuel, el hijo de Krug, interceda por ellos, lo que provocará el sarcástico comentario de Samuel: “Krug se ec­hó a re­ír-. No es fá­cil ser el hi­jo de Krug. El Hi­jo de Di­os, ¿eh? Án­da­te con cu­ida­do. Ya sa­bes lo que hi­ci­eron con el úl­ti­mo”.

La historia termina como era previsible que terminase. Los androides comenten el pecado de soberbia, el pecado luciferino, matan a Manuel y destruyen la torre de cristal de Simeón Krug. Éste escapa en una nave hacia una galaxia lejana de donde viene un extraño mensaje intergaláctico.

La novela tiene muchísimas más cosas, desde luego. Pero lo que yo quiero en esta entrada es comparar las dos ideas reflejadas en las dos entradillas. La primera es la explicación que Simeon Krug da de el Génesis. La evolución es una largo camino, jalonado de muertes, pero también de victorias, por el que la vida se abre paso. La segunda es la explicación de la religión de los androides, de todas las religiones. Todo nos ha sido dado, aunque nosotros no tengamos derecho a ello. Seamos sumisos y podremos ser indolentes. Al universo no le hace falta que aportemos más que nuestra sumisión, nuestra adoración y nuestra indolencia, y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Cada uno que elija la explicación que más le satisfaga. En cuanto a mí, me quedo con la frase de Carl Sagan: “El universo no tiene que estar en perfecta armonía con la ambición humana”.

 

 

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Responses

  1. Buen resumen. Ya he comprado el libro y espero coincidir con tu opinión. 😉

  2. Eso espero. Sería un chas para mí que después de darte tanta prisa no te gustase. Cuéntame tu opinión


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