Posteado por: fernando2008 | 6 noviembre 2013

Alfonso S. Palomares. “El evangelio de Venus.”

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“Todo lo que ataras en la tierra será atado en el cielo y todo lo que desataras en la tierra será desatado en el cielo». No puso excepciones. Por lo tanto no existe poder por encima de ese mandato, y el Papa no puede renunciar a ejercitarlo, porque supondría desobedecer a la mismísima voluntad divina.”
Alfonso S. Palomares. “El evangelio de Venus.”

 

Según una de las más antiguas reglas del periodismo, si un perro muerde a un hombre, este hecho no es noticia. Pero sí lo será, por lo insólito del caso, si un hombre muerde a un perro.

Hoy tenemos una noticia sin precedentes en toda la historia de la Iglesia católica: el papa Francisco I consulta a los fieles sobre cuestiones de moral. De la misma manera que se ha bajado del trono pontificio, sus oros y sus abanicos de plumas, Francisco se ha bajado de la cátedra de Pedro, de su infalibilidad, aunque esto todavía no está reconocido oficialmente, y se ha dignado consultar a sus hermanos en la fe. ¡Bien por Francisco!

Naturalmente, se ha producido el revuelo de aquellos que son, no ya más papistas que el papa, sino de otra religión. De aquella religión que, como decía Napoleón “es un formidable medio para tener quieta a la gente”. La religión como salvaguardia del sistema, la alianza del Trono y el Altar. De esas personas que no se preocupan de razonar; ellos creen lo que la Santa Madre Iglesia les dice que crean. Y punto. No hay que luchar por un mundo mejor. Ya vendrá el Mesías al fin de los tiempos y lo arreglará todo. Como Su reino no es de este mundo, hay que dejar el mundo en manos de aquellos que lo entienden, los mercaderes. Y éstos, travestidos en eclesiásticos, se quedarán con la tierra a cambio de la promesa del cielo.

No he sido consultado por el papa. Lógico, pues no soy de sus fieles. Pero si lo hiciese, le contestaría como historiador, que Cristo dejó bien claro que no se debía juzgar, porque quien juzga corre el peligro de ser juzgado. Cristo iba con prostitutas, pecadores, personas que no eran políticamente correctas, como los publicanos, los que hay llamaríamos colaboracionistas con los romanos. Sólo criticaba a los príncipes de los sacerdotes, a los escribas, a los fariseos, a los comerciantes del templo. A la gente de orden. No guardaba el sábado, no comía alimentos kosher, se acercaba a los muertos, a los leprosos, a los samaritanos. Es decir, estaba más cerca de los homosexuales, drogadictos, adúlteros, izquierdosos y demás gente de mal vivir. Y no los juzgaba. Los ayudaba, los bendecía, los curaba. Sin preguntar nada. No necesitaba excomuniones ni hogueras. Amaba a su prójimo, más que a Sí mismo.

Pero hoy quiero hablaros del libro que da nombre a esta entrada. Es una novela sobre “los siglos de hierro del papado”. El siglo IX fue un siglo convulso para la sede de Pedro. Los papas eran asesinados, encarcelados, vivían en permanente concubinato, urdiendo las más bajas acciones. A la muerte del papa Formoso I, subió al solio pontificio un enemigo suyo. Éste, no contento con destruir toda la obra del pontífice anterior, desenterró su cadáver, lo vistió con el atuendo papal y lo sometió a juicio. Palomares nos narra vívidamente la escena.

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“Al llegar a la tarima que iba a ser el escenario del juicio, colocaron el trono con el cadáver al lado del diácono que iba a ejercer la defensa; enfrente del papa Esteban VI. El aire comenzó a llenarse de un olor pestilente y aquellos ojos vacíos sobre el rostro en descomposición ofrecían una terrible visión de tinieblas.”

“Infame Formoso! ¿Cómo has podido, alentado por tu loca ambición y por la soberbia del más perverso de los ángeles rebeldes usurpar la sede apostólica, tú que ya eras obispo de Porto?». El diácono defensor, al que no le cabía el miedo dentro de la piel, sólo acertó a decir entre tartamudeos: «El papa Formoso aceptó el plan de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le sentó en la cátedra de Pedro». No pudo añadir más, se desmayó y cayó al suelo. Se formó un pequeño tumulto, hubo voces cruzadas y algunos aprovecharon para vomitar.”

Para los lectores no avezados en los entresijos del derecho canónico, Esteban acusa a Formoso de cambiar de sede episcopal. Ese tremendo crimen le valió al difunto Formoso ser desenterrado, juzgado y que le rompiesen con tenazas los dedos que usaba para dar la bendición. Luego, lo que quedaba de su cadáver fue arrojado al Tíber. Nadie protestó, nadie cuestionó la decisión del papa Esteban. En palabras de Palomares: “El miedo y el silencio tienen largas historias de complicidad y de tragedia. La historia es así, ha sido así y no hay duda de que lo seguirá siendo. Si no la cambió la venida de Cristo, ya nadie la podrá cambiar.”

Pero sigamos con la novela. A el piadoso Esteban le seguirá Cristóbal, que se hace con la sede apostólica con muy malas artes. Y, pese al ser el Vicediós en la tierra, no se sentía muy católico. Vamos que no las tenía todas consigo.

De la corte papal de Cristóbal empezaron a llegar noticias alarmantes. Veía enemigos por todas partes y según testimonios fiables de los custodios que le vigilaban padecía alucinaciones, e incluso algunas noches lo encontraron corriendo de una parte a otra por las galerías palaciegas, presa del pánico y dando gritos incoherentes como los de: «¡Soy el Papa! ¡Soy el Papa! ¡Al infierno León, al infierno!».

Ese León al que se refiere Cristóbal era el legítimo papa León V, que tuvo un pontificado de treinta días y fue apresado y encarcelado por Cristóbal. Éste no se atrevió a ejecutarlo, pero cuando Cristóbal fue a su vez depuesto por Sergio III y encerrado, se produjo una escena insólita en los anales del papado: dos papas arañándose, peleándose y excomulgándose.

“Buscando diversión y entretenimiento, los carceleros de León V y Cristóbal decidieron juntarlos todos los días al anochecer en un patio sin techo alumbrado por dos candiles, de manera que pudieran verse sin ser vistos desde una balconada más alta que mantenían en la oscuridad. Los dos primeros días se miraron y se hicieron gestos de odio, de desprecio y de amenazas, pero sin pronunciar una sola palabra. Hacían ademanes de vomitar en el suelo, simulaban arañar el propio rostro como si arañaran el del otro, daban patadas al aire como si patearan al otro, apretaban los dientes y las manos mirándose fijamente. Repetían los mismos gestos de los cómicos provenzales y fingían pelearse para recreo de quienes acudían a verles. Al tercer día, León pronunció con toda la seriedad que pudo y una rabia infinita la fórmula de la excomunión contra Cristóbal. Se amenazaban con las eternas llamas del infierno. Las escenas se repetían a diario con todo tipo de variaciones.

El papa Sergio recibía informaciones de sus peleas cotidianas. Consideraba que tantos padecimientos les servirían como expiación de los gravísimos pecados, pero cuando le contaron que habían llegado a pelearse a puñetazos y a mordiscos, sintió piedades y ordeno que los estrangularan sin dolor”

Su Santidad Sergio III, aparte de asesinar a sus dos predecesores, de volver a juzgar el cadáver de Formoso y de volver a arrojarlo al Tíber, tuvo relaciones con Teodora, senadora de Roma y con Marozia, hija de Teodora y del propio Sergio. De su relación incestuosa nació Juan, que luego sería el papa Juan XI, elevado a la sede de Pedro a los veinte años. No es de extrañar. Tanto Teodora como Marozia ejercieron la “pornocracia” o “Gobierno de las prostitutas”, poniendo y quitando hasta seis papas. Leyendo estas historias, uno añora a los Borgia.

Estos sumos pontífices están enterrados en las grutas vaticanas al lado de la tumba de San Pedro. Lo mismo que Pablo II, Pietro Bembo, que murió en su cama de un infarto mientras era sodomizado por uno de sus pajes. ¡Descansen en la paz del Señor!

¿Alguien se escandalizaba? No. Corrían a besar la sandalia papal, aunque luego, si se les presentaba la más mínima oportunidad, lo estrangulasen. Pero mientras era papa lo obedecían, dijese lo que dijese, hiciese lo que hiciese. El papa, como dice la entrada de este artículo, estaba por encima de todos.

¿Qué eran otros tiempos?. Sí, pero Dios era el mismo. También lo era el Espíritu Santo que inspira tanto a los papas de la “Pornocracia” como al actual. Si es que inspira, porque tengo mis dudas.

¿Consultó el padre del hijo pródigo el Derecho Canónico antes de perdonar a su hijo? ¿Hizo una encuesta el Buen Pastor antes de poner sobre sus hombros a la oveja descarriada?

O se es, o no se es.

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Responses

  1. Me gustaría leerlo.

  2. Muy buena exposición y resumen. ¡A leerlo! Gracias, amigo. 🙂

  3. Pues ¡adelante! Es una novela muy interesante, pero pone los pelos de punta.

  4. Pues adelante, Jomer.

  5. Muchas gracias por la reseña del libro. Habrá que leerlo. No queda más remedio.
    ¡Que diferente esta historia de la Iglesia de aquella que estudiaba en el colegio de curas en 5º de Bachillerato!
    A la mayoría silenciosa, esa que tanto fascina a Rajoy, no le gusta hacerse preguntas. Es mucho más cómodo creer, (hasta lo más increíble) y perseguir a los que dudan.
    Siempre he pensado que si Jesús volviese, sería de nuevo juzgado y condenado, precisamente por los que dicen ser sus seguidores
    Un cordial saludo
    j

  6. Absolutamente de acuerdo. Si Jesús volviese con los que primero tendría problemas sería con el Vaticano. ¡Menudo enfado se cogería al ver cómo han falsificado sus enseñanzas!


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