Posteado por: fernando2008 | 30 junio 2013

Ildefonso Arenas. Álava en Waterloo.

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“Quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos. ¿A qué distancia? Es muy sencillo: a la distancia que no permita ya distinguir la nariz de Cleopatra”.

José Ortega y Gasset.

Sería demasiado largo y aburrido explicar los conductos por los que llegan a mis manos los libros que reseño. Pero esta vez quiero dejar bien claro que fui expresamente a mi librería favorita y encargué, no lo tenían, el libro diciendo el título y el nombre del autor. Un autor desconocido, al menos para mí, que se ha ganado por derecho propio figurar en mi corta lista de autores a los que merece la pena seguir. ¡Y sólo he leído de él esta novela!.

“Álava en Waterloo” me gustó desde el primer vistazo. ¡1211 páginas! Siempre me han gustado gorditas. Las novelas, se entiende. Y he disfrutado de todas y cada una de esas páginas. No sobra nada. En cuanto a lo que falta…

Una novela no es un libro de historia. Es un “divertimento” con el que puedes solazarte sin preocupaciones. No necesitas anotar, no necesitas comprobar. Y, en este caso concreto, la novela es exactamente lo contrario de lo que dice Ortega en la cita que abre esta reseña.

Ildefonso Arenas ha recreado la época, en realidad un año, el 1815. Como dice el propio Álava al final “Un año que valía por toda una vida”. Pero en esa recreación se ha tenido muy en cuenta la nariz de Cleopatra. Se ha tenido en cuenta la cara del rey de Prusia ante una duquesa particularmente bien dotada, cara que Talleyrand definía como la de “un gorrino anhelante”. Se han tenido en cuenta las piedras en la imperial vejiga de Napoleón, un factor que fue decisivo en el desarrollo de todas las batallas que luego la propaganda inglesa unificó bajo el nombre de Waterloo. Se han tenido en cuenta los planes inconfesados de Wellington, de dejar que los prusianos y franceses se desangrasen entre sí, para recoger él el fruto de esta sangre con sus manos limpias. Se han tenido en cuenta, en un magistral “andante” preliminar las maquinaciones de todo tipo en Viena “El Congreso se divierte”. Y se ha tenido en cuenta, y resaltado como se merecían, las felonías de Fernando VII y la estupidez de algunos de sus representantes. Felonías y estupideces que sólo pueden compararse a las felonías y estupideces cometidas por los otros Borbones, los de Francia, Luis XVIII “El Inevitable” y Carlos X, aunque éste último sólo ostenta dicho título en la “Coda” de la novela. Durante el año que nos ocupa fue el conde de Artois y de él se dijo que “No había olvidado nada, pero no había aprendido nada”.

El protagonista de la novela, Miguel de Álava, es un general que reúne en su hoja de servicios haber participado en las dos batallas claves de la historia contemporánea, dos batallas que marcaron el rumbo de España: Trafalgar y Waterloo. En la primera perdimos lo que quedaba de nuestra potencia marítima. España era como el “Santísima Trinidad”, el barco más grande del mundo, que cayó en manos de los ingleses pese a sus cuatro puentes, sus 140 cañones y al heroísmo de su tripulación entre la cual estaba el galdosiano Gabriel de Araceli. Y en Waterloo, porque, excepto Álava y debido sólo a su amistad con Wellington, no hubo en ella ningún español. Todo un símbolo.

Ildefonso Arenas hará a Miguel de Álava el mejor elogio que se puede hacer, a mi juicio a un militar español. “Era como Gutiérrez Mellado, esa clase de hombre”.

Es una novela en la que el autor demuestra una apabullante documentación. Conoce los lugares, los nombres, los regimientos, las motivaciones. Sabe qué dicen las ordenes oficiales y qué se esconde en realidad tras las explicaciones estratégicas y tácticas. Proclama como auténtico vencedor de Waterloo a Augusto Neidhardt von Gneisenau, y a su subordinado el que luego sería el famoso autor Carl-Gottlieb von Clausewitz, reservando un poco del mérito para María von Clausewitz, amante esposa de Carl que se preocupó de recopilar todos los escritos de su esposo.

Pero el segundo protagonista, que no cede en importancia ni a Álava ni a Wellington es el “Diablo Cojuelo”, Charles Maurice de Talleyrand, obispo de Autun y príncipe de Benevento. Una personalidad fascinante en un siglo lleno de personalidades fascinantes. Y allí donde esté Talleyrand, está el humor, el sarcasmo, el comentario acerado pero muy pertinente. Porque en esta novela también hay humor. Mucho humor. Un humor que participa a partes iguales de la flema inglesa, la sutil ironía de Talleyrand, y el descarnado sarcasmo de las “maravillosas” las musas de la Revolución francesa.

En esta calurosa mañana de domingo, cuando espero el contraataque de Bárcenas, contraataque que es tan inevitable como la llegada de los ulanos negros o de los cosacos a los Campos Elíseos en 1815, echo de menos la política como arte. Que era tan corrupta y sangrienta como la actual, pero al menos tenía clase. Mucha más clase.

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Responses

  1. Lo compraré. Gracias. 🙂

  2. Cómpralo. No te arrepentirás.

  3. Ya está comprado en iTunes. 😀

  4. Mira, ahí dada mis “características” no lo había buscado.

  5. Hola Fernando:

    Cuando te dejé un comentario sobre la serie de Vikingos de Bernard Cornwell te comentaste que estabas con este libro. llevo aproximadamente unas 100 paginas y la verdad es que me esta encantando.

    Gracias por el consejo.

    Saludos JJ

  6. Siguiento tu apreciado consejo, he leido esta novela, con la que he disfrutado muchisimo y como tu, recomiendo a todo amante de la novela historica.

    En esta novela he encontrado la mas hermosa definición de nuestra enseña nacional, que a la gente de mar como yo (nacido en el ¨rebalaje¨) siempre estamos buscando.

    Saludos y una vez mas gracias por tu blog.: JJ

  7. De nada. Es un placer tener lectores como tú

  8. ¿Puedo ponerme un poco cenizo ante tan encendidos entusiasmos?.

    ¿Vale, o tiene que valer todo en “novela histórica”?

    Independientemente del divertimento que suponga la lectura de “Álava en Waterloo”, no os recomiendo que os la toméis muy en serio.

    Sí es cierto que recupera la figura de Álava y lo que le ocurre en ese año 1815 que vale por toda una vida.

    Sin embargo, esa novela y su autor caen en una serie de errores garrafales, ignorando los últimos trabajos que se han hecho sobre aquellos sucesos decisivos y endosando así, una vez más, la falsa versión de los mismos dictada por los británicos desde entonces. Una destinada a hacernos creer que España no pinta nada en el tema, salvo el amigacho de Wellington, el general Álava, y gracias.

    Creo que España ya tiene suficiente renta per capita como para aspirar a una mejor novela histórica, ¿no?.

    En fin, más material para este debate en la reseña de “Álava en Waterloo” publicada en http://www.lanovelaantihistorica.wordpress.com, que, por supuesto, os recomiendo, tanto en su versión en abierto como en la exclusiva para suscriptores.

  9. Puedes ponerte todo lo cenizo que quieras. Faltaría más. Esta es un bitácora que admite todos los comentarios. Pero una novela histórica no tiene que ser un libro de historia.Recuerdo a éste efecto, las primeras palabras de “Las nubes”.
    “Calisto y Melibea se casaron -como sabrá el lector si ha leído La Celestina- a pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín.”

  10. Hola Fernando, apuntaré el libro en la lista de los que tengo que leer. Lo que tienes que hacer es animarte a ir a Waterloo para el 2015.

  11. Honras mi bitàcora con tu presencia Angélica de Alquézcar. El libro te lo prestarë el próximo día que nos veamos. En cuanto a Waterloo…prefiero Trafalgar. ¡Cae más cerca de Las Flores!


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