Posteado por: fernando2008 | 22 junio 2013

Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta. Urdangarín. Un conseguidor en la corte del rey Juan Carlos.

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Acabo de leer dos libros sobre la familia real. El primero, el del primo, infumable. Nunca había visto tanta mala baba en letra impresa. Sólo sería comparable al que escribió el sobrino de Escribá de Balaguer cuando su tío le negó dinero. Ni Escribá ni Leticia son santo o princesa de mi devoción, pero quien quiera dinero, que trabaje. Ya hay demasiadas sanguijuelas en España.

El de Inda y Urreiztieta es un trabajo ameno y bien documentado. Quizás abuse un poco del artificio literario del “narrador omnisciente”. Es evidente que los dos periodistas publican cosas que no pueden saber, o al menos no pueden probar. Pero también es cierto que hay cosas que se quedan en el tintero. Sin embargo, si es verdad la mitad de las cosas que se cuentan en este libro, sólo la mitad, la monarquía en España debía pasar al desván de la Historia.

He visto algunas críticas del libro y he realizado la “collatio” de dichas críticas. El resultado siempre es el mismo: un audaz lector lee el libro, escribe la opinión que tiene sobre él y cincuenta buitres copian casi literalmente esa opinión. En el caso que nos ocupa, el primer lector destaca tres anécdotas y las analiza. Todos sus “seguidores” hacen lo mismo.

Como yo sí he leído el libro, no me voy a ceñir a esas anécdotas. Inda y Urreiztieta han hecho un buen trabajo y merecen que cada lector interesado en el tema compre su libro. Me limitaré a caracterizar en unas pocas pinceladas al protagonista y luego a filosofar sobre las consecuencias de esas pinceladas.

Iñaki Urdangarín me recuerda mucho a una figura literaria de la novela negra: el Mr. Ripley de Patricia Highsmith. Ambos adolecen de una absoluta falta de moralidad. Iñaki vive con una chica, a la que consigue traer a Barcelona, hasta que se le pone una infanta a tiro. La chica se entera por el telediario que su novio va a casarse con Cristina de Borbón. Cuando llega a la casa que ha compartido con Urdangarín, se da cuenta de que su hasta hoy pareja se ha llevado, no sólo sus cosas, sino también todo el dinero de la cuenta corriente común. Y eso es sólo el principio. Pepote Ballester, Jaume Matas, Francisco Camps, Rita Barberá, son una serie de pañuelos de papel en la vida del duque de Palma: se usan y se tiran. Sin problemas, sin remordimientos. Sólo cuando intentó prescindir por el mismo procedimiento de Diego Torres, su socio y antaño amigo del alma, pinchó en hueso. Desgraciadamente en la España actual los escándalos se destapan por el deseo de venganza, no por el de justicia. La justicia hoy no importa a nadie.

El libro sigue contando las hazañas de nuestro protagonista el cual, como los tiburones, cuando prueba la sangre de la corrupción no puede ya dejarlo. Y tampoco puede poner freno a su ambición. Organizador de los Juegos Europeos, organizador del trasvase del mar Rojo al mar Muerto, presidente del Comité Olímpico Internacional. Todo eso y más. Porque yo lo valgo. Lo que jamás se preguntó y es el quid de la cuestión es ¿Por qué tú lo vales?

Hay una deliciosa novela de ciencia ficción en la que un personaje de comienzos del XIX va a dar una vuelta a los caballos de su carruaje y se ve transportado a un universo paralelo. En ese universo reina en Francia Luis XVII, Napoleón Bonaparte es coronel de artillería y un sorprendido Sir Arthur Wellesley pregunta: “Pero ¿quién demonios es el Duque de Wellington?”.

En un universo normal, Iñaki Urdangarín sería un deportista retirado que llevaría una vida mediocre porque su inteligencia es también mediocre. Sus acciones y, sobre todo, sus correos electrónicos que Diego Torres administra con una extraña impunidad, no lo señalan como un lumbreras. Y, sin embargo, actúa como si fuese una mezcla de Einstein y Carlos V. Cuando el rey Juan Carlos dio el famoso mensaje de Navidad, Urdangarín llegó a grabar su propio mensaje navideño, agradeciendo al pueblo español su apoyo. Afortunadamente, el mensaje no se difundió, porque, si se hubiese hecho, las carcajadas hubiesen derribado los Pirineos.

El derecho divino de los reyes es una interesada estupidez que puede rastrearse hasta la mismísima figura del Gilgamesh. Según esta teoría, Dios señala de forma incuestionable quién debe gobernar. Y lo señala mediante el nacimiento. Pero a Dios se le olvidó explicar el porqué señala como rey a un Carlos II, o a un Fernando VII. O qué ocurre cuando un rey señalado por Dios, como Pedro I, es asesinado por su hermano Enrique, el cual se encarama al trono con toda la cara del mundo y recibe todas las legitimaciones de la Iglesia.

Pero, supongamos por un momento que aceptamos ese carisma real. ¿Hasta qué grado de consanguinidad debe llegar? ¿Es suficiente ser yerno de un rey para que se te abran todas las puertas y puedas cobrar millones de euros por informes de cinco páginas copiados de Internet? ¿Volvemos a cometer el error de la reina María Cristina del Borbón que se casó morganáticamente con Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, un sargento de la Guardia que le dio a la reina ocho hijos, sí, también él era empalmado, pero que con sus negocios sucios provocó el exilio de los dos?.

Isabel II decía enfadada que su madre estaba llenando el reino de “Muñoces”. Juan Carlos I y, sobre todo, Felipe de Borbón, no creo que estén muy contentos con lo que los empleados del Instituto Noos llaman “las Urdangarinadas”. Y el pueblo, el pueblo soberano y sobre todo pagano, se pregunta: ¿Realmente estas Reales Personas merecen el dinero que cobran o el que nos saquean?. ¿Qué es lo importante? ¿Las princesas, duques, infantas o el currito que trabaja y paga impuestos? Un Estado puede pasarse sin reyes, pero no puede serlo sin pueblo.

Símbolo de unidad y permanencia, árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones, la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales. Palabras altisonantes pero huecas. Tan huecas como los informes que vendía Urdangarín. Y tan caras para el resto de los contribuyentes españoles, aunque aquí la palabra “cara” no signifique “cariño”.

Sabemos que el rey no tiene “potestas”, es decir no tiene “capacidad legal para hacer cumplir una decisión. Tiene “auctoritas”. La “auctoritas” se define como la capacidad moral que tiene una persona para emitir una opinión cualificada sobre una decisión por su saber y por su moralidad”.

Sinceramente ¿tiene el rey Juan Carlos I “auctoritas”? ¿Y su yerno?

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Responses

  1. No hay ni “auctoritas” ni nada que se le parezca. hay mucho canalla suelto y, por desgracia, porque nosotros lo consentimos.
    Por otra parte, tu resumen, como siempre, cabal y lleno de sabiduría. 🙂

  2. Me importa un bledo Urdangarin como personaje, lo que me parece delicioso es el enriquecedor comentario del libro que nos muestras. Me interesan más tus reseñas a casos de literatura, regentes, amores y desamores, ciencia ficción…… Eres un pozo de sabiduría. Siempre que puedo te leo y siempre me emociona.

  3. Muchas gracias, Robespierre

  4. Ahora me has emocionado tú, Elisa.


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