Posteado por: fernando2008 | 11 junio 2013

“Que se den prisa y se mueran”.

1

Santa María, ruega por nosotros.

– Ahora y en la hora de nuestra muerte.

– Por favor, fray Guillermo, deja a la muerte en paz.

– Al revés Adso, al revés. Es la muerte la que nos deja en paz a nosotros.

– Vale, pero yo quiero guerra. Quiero vivir, aun en recesión.

– Estás pidiendo por encima de tus posibilidades. ¿Tú sabes cuáles son las dos únicas cosas ciertas de nuestra vida?

– Me suena a herejía o a una de tus famosas cabriolas mentales. ¿Sólo son dos las únicas cosas ciertas?. Pocas me parecen.

– Pues sólo son dos: la muerte y los impuestos.

– Cierto es, te lo admito. Pero no hablemos de esos dos males absolutos, sino del fruto de la unión de los dos.

– De la unión de la muerte y los impuestos sólo puede nacer una cosa: las pensiones.

– Efectivamente. ¿Y que opinas tú de la situación en la que nos está poniendo el P.P.?

– Pues lo que opina el primer ministro japonés: “Que se den prisa y se mueran”.

– ¿Pero dónde está tu sensibilidad de hombre de izquierda, maestro?

– En el déficit de nuestra balanza de pagos, Adso.

– Ya sólo te falta pronunciar la frase más retrógrada de los últimos tiempos.

– Pues si te hace feliz, la pronunciaré: “Vivimos por encima de nuestras posibilidades”.

– Ni en mis horas más bajas llegué a imaginar que te pasaras a la caverna mediática. ¿Es que no hay otra solución, no hay otra salida económica distinta?

– Así es, Adso. Me han convencido. Pero la economía no es una ciencia exacta. La demografía sí.

– Vamos, que la culpable de esta situación es la demografía.

– ¿Qué otra cosa podía ser?

– Pues la injusta distribución de la riqueza, la ausencia de una política fiscal racional, la ausencia de incentivos para la natalidad, la falta de guarderías.

– ¡Por favor, deja en paz a la natalidad! Están bien comidos, bien bebidos, bien descansados, tienen muchísimo tiempo libre, su Dios les prohíbe el uso de anticonceptivos y, como consecuencia, se reproducen como conejos.

– ¿Qué?

– Lo que oyes. Ya hay más de trescientos. ¡Imagínate dentro de diez años!

– Me he perdido. No sé de qué estamos hablando.

– Pues de las pensiones, del relevo generacional.

– Pero ¿en África? ¿En Iberoamérica?

– No te hagas el tonto, Adso. ¡En España!

– Natalidad galopante, exceso de riqueza, trescientos. ¿Eso es España?

– Sí.

– ¿La España actual?

– No seas pesado. Claro que es la España actual.

– En la España actual no existen ni por asomo las cosas que estás describiendo. Y no me convencerás de lo contrario te pongas como te pongas.

– Ya caigo. Ahora te comprendo. Mira Adso, para que te calmes, te voy a contar un chiste.

– ¡No, maestro, que tus chistes son muy malos!

– Son malos como chistes, lo reconozco, pero buenos para sacar enseñanzas. Después de que Aznar pronunciase la famosa frase: “España va bien”, reunió a sus ministros para recopilar razones que avalasen dicha frase. Preguntado, el ministro de Vivienda informó que si se dejaba de construir en España, tendríamos viviendas para mil años. Aplauso de los ministros. El ministro de Industria dice que si se parasen todas las industrias españolas, el excedente nos alcanzaría para cubrir las necesidades de los próximos quinientos años. Nueva ronda de aplausos. Miguel Arias Cañete te levanta y, sacando pecho, dice que si en ese mismo momento se dejase de cultivar en España, tendríamos comida para cien años. Aznar se asombra; las cosas están mejor de lo que pensaba. ¡Qué barbaridad! ¡Cien años! ¡Con todos los españoles que somos! Confusión en la expresión de Arias Cañete. Con la cara colorada debajo de la nívea barba aclara: “¿Para todos los españoles? ¡Yo creía que estábamos hablando sólo de nosotros, de los de la panda!”

– Muy malo.

– Pero muy ilustrativo. Tú hablabas de España y yo del P.P. y por extensión de la casta política. Tenemos una casta política por encima de nuestras posibilidades. Si hiciésemos la relación calidad-precio, nuestra casta política superaría a los marajás hindúes. Al menos los marajás hicieron una guerra contra Inglaterra. La perdieron, por supuesto, pero la hicieron. Nuestros políticos las únicas guerras que libran son contra las señoritas de las saunas y eso sólo cuando les quieren cobrar.

– Vaya, me tranquilizas. Yo pensé…

– Error, Adso. Pensar en España es llorar. Si piensas, no puedes decir que los que están defendiendo su vivienda son de E.T.A., que las mujeres no se enteran de lo que hacen sus maridos, que los fiscales están para defender a los acusados, que los señores que se pongan una cruz en el pecho pueden inscribir a nombre de su empresa los inmuebles que les de la gana, que los partidos no se enteran de lo que hacen sus tesoreros. Sobre todo, eso de los tesoreros. Me preocupa, me preocupa mucho.

– ¿Y por qué te preocupan los tesoreros concretamente?

– Hecha cuentas, Adso. Ahora tenemos tres ex-tesoreros del P.P. Dentro de cien años serán diez. ¿De dónde va a sacar España dinero para fincas en Argentina de miles de hectáreas de limones, cuadros del Museo del Prado, excursiones a Alaska, cuentas en Suiza. No podemos. Realmente no podemos. Tendríamos que renunciar a los presupuestos de Sanidad y Educación enteros y no llegaría. Vivimos por encima de nuestras posibilidades.

– ¡Menos mal! Ya veo el sentido que tú le das a esa frase.

– ¿Y qué otro sentido se le puede dar? ¿Realmente crees que España está arruinada por pagar una miseria a los parados o para invertir otra miseria en Educación y Sanidad? En verdad, en verdad te digo que eso sí que es el chocolate del loro.

– Vale, pero ¿qué solución propones tú?

– Pues una solución marxista. “Si exiliáramos a todos nuestros políticos a Mongolia Interior, nuestra economía florecería”.

– ¿Marx dijo eso?

– Por supuesto. Pero no Carlos. Groucho.

– ¿No temes que digan que estás haciendo demagogia?

– Como si me dicen que estoy haciendo magdalenas. Querido discípulo, recuerda bien esta lección: la demagogia se basa en la mentira. Cuando se dice una cosa que es verdad, da lo mismo que te acusen de hacer demagogia que de hacer una paella. Es un truco más para desviar la atención.

– Pero tus cuentas no cuadran.

– Porque no sabemos, Adso. Porque no conocemos los números. Mira, por ejemplo, los números que conocemos de la Casa Real. Ocho millones de euros y otros quinientos más, camuflados en otros ministerios. Mira a nuestro Presidente del Gobierno. Cobra en A, en B, en C, en sobres marrones, le cobra a su sustituto en el registro de la propiedad de Santa Pola en E, y recibe dietas para vivir en La Moncloa, donde todo le sale gratis. Pero no tiene bastante: ¡Quiere que le subvencionen sus copas en el bar del Congreso!.

– Hombre, fray Guillermo, ¡que esa subvención se ha rechazado!

– Porque se descubrió. Lo mismo que se van descubriendo los alquileres del P.P. a sus altos cargos. Lo mismo que se van descubriendo lo de los EREs en Andalucía o los chanchullos de la familia Pujol. Como ves, quiero ser justo, y repartir la culpa entre todos.

– En resumen…

– Que si acabásemos con la corrupción, no tendríamos ningún problema. Con la corrupción y con los políticos, que son los que impiden con uñas y dientes que se arreglen nuestros problemas. No podemos capitalizar los bancos porque son sus directivos los que los están descapitalizando, no podemos mejorar la Sanidad ni la Educación porque son los ministros del ramo los que las están saqueando. No podemos reformar las pensiones si dejamos esa reforma en manos de expertos pagados por la aseguradoras privadas. Y, sobre todo, no podemos acabar con la corrupción si dejamos esa tarea en manos de los políticos, cuya única ilusión es que pase el mes y recibir sus tres o cuatro sueldos.

– Entonces ¿qué podemos hacer?

– Te repito la frase del primer ministro japonés, la frase genial que arreglará todos nuestros problemas: “Que se den prisa y se mueran”.

– Pero no querrán.

– Pues entonces, el pueblo soberano deberá ayudarlos un poco.

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