Posteado por: fernando2008 | 9 febrero 2013

Eric Frattini. Los cuervos del Vaticano.

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Hace cientos de años, en un monasterio, un maestro Zen y sus monjes discípulos, se reunían a orar todos los días en la madrugada. 
Siempre pasaba por allí un gato que se quedaba a merodear en el cuarto de oración andando de un lado a otro. 
Como distraía a los monjes con su andar, el maestro Zen decidió poner un poste y atar el gato al poste mientras el y sus discípulos terminaban la meditación.
El maestro Zen ataba el gato a ese poste día tras día y así lo siguió haciendo durante toda su vida.
Al morir el maestro Zen, su sucesor siguió atando el gato al poste durante la meditación en las madrugadas y lo mismo paso con el sucesor de este otro.
Pasaron los años. El gato murió y los monjes sucesores compraron un nuevo gato para continuar atándolo a la hora de la meditación. Así generación tras generación.
Siglos mas tarde, eruditos descendientes de este maestro Zen y monjes superiores de una generación muy posterior escribieron serios y profundos tratados sobre la importancia de tener un gato atado al poste para la practica de la oración durante la hora de la meditación al amanecer.

No, no es casualidad. O, al menos, no todo es casualidad. No es casualidad que me haya retirado del comentario de la actualidad española. La razón es bien sencilla. Me leen en ciento veinte países del mundo y me da vergüenza que estos lectores comprendan la situación por la que está atravesando España. Así de simple.

Lo que sí es casualidad es hacer la reseña de este libro. Ya sabéis que tengo libros de escritorio y libros de sillón. Bueno, pues éste es un libro de sillón, como el anterior y, como el anterior, es lo suficientemente interesante como para aparecer en mi bitácora.

“Los cuervos del Vaticano” es un análisis no hagiográfico del pontificado de Benedicto XVI. Los simples mortales conocemos de la historia de los papas la parte más espléndida, la oficial, las vistosas ceremonias de la plaza de San Pedro, o sus triunfales viajes por el mundo. Pero hay una serie de expertos, llamados “vaticanistas” que conocen sus entresijos menos nobles, menos vistosos. Conocen como los “banqueros de Dios” del Instituto para las Obras de la Religión, el banco vaticano, blanquean dinero, engañan, estafan y a veces son asesinados. Conocen los esfuerzos de las policías de todo el mundo para evitar que la Santa Sede sea un santuario para delincuentes y mafiosos que no sólo blanquean sus mal adquiridos caudales en sus santísimas estancias, sino que planean sus delitos, compran las complicidades de los eminentísimos purpurados y encuentran píos lugares de reposo en santas criptas para sus cuerpos pecadores. Tras las murallas leoninas, bendecidas por el Vicario de Cristo y custodiadas por la Guardia Suiza con uniformes diseñados por el mismísimo Miguel Ángel, se comenten asesinatos, desaparecen niñas sin que jamás vuelva a saberse de ellas más que susurros que hablan de orgías sexuales, y se gestionan miles de cuentas bancarias opacas que transfieren y reciben millones de euros sin ningún control.

Sé que esto no es nuevo. Sé que esto no es original. Ya en un libro de 1929, Alfred Loas escribió la siguiente frase: “Jesús anunció la llegada del reino de Dios, pero quien llegó fue la Iglesia”. Todo esto es ya sabido.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención del libro de este vaticanista no son los asesinatos, los crímenes, los raptos, el blanqueo de capitales, las conexiones con familias mafiosas o logias masónicas. Lo que me ha impactado ha sido el ambiente de guardería que existe entre los cardenales más poderosos de la Iglesia. Los eminentísimos y reverendísimos señores cardenales se pelean entre ellos como si estuviesen en el patio del colegio. Forman bandas, alianzas, “ajuntan” o “desajuntan” a otros purpurados según les convenga para sus intereses, intereses frívolos, mezquinos, estúpidos. Si un cardenal quiere, por ejemplo, controlar un hospital, usará toda la fuerza que le da su capelo para conseguirlo, forzando incluso la conciencia de algún laico que, católico fervoroso, no puede ver en la orden del cardenal otra cosa que el mandato infalible de la Iglesia católica. Y en realidad, todo el montaje se hace para dar en las narices a otro miembro del colegio cardenalicio que está adquiriendo más poder o más fama que la de sus colegas. Rastrero, muy rastrero.

No voy a dar nombres porque no puedo demostrar nada. Pero si es cierto la décima parte de lo que se cuenta en este libro, las bandas de los hunos que asolaban Europa y Asia, o las bandas vikingas eran menos peligrosas, más justas y más decentes que las bandas de “bertonianos” “diplomáticos” y “ambrosianos” en las que se divide el Sacro Colegio. Al menos hunos y vikingos eran predecibles: robaban y mataban para enriquecerse. En los Palacios Apostólicos se intriga, se calumnia y se hunden reputaciones simplemente por envidia, por venganza, por aburrimiento. Al final yo creo que es fundamentalmente por aburrimiento.

Se ha dicho del estado de la Ciudad del Vaticano que es una teocracia medieval, pero no es así. La Santa Sede no es tan moderna. El estado vaticano está todavía en la época imperial romana, en la peor época del imperio. Cuando el emperador era a la vez Dominus et Deus. Y no ha evolucionado ni siquiera en el “attrezzo”. Púrpuras, anillos de oro con sellos ¿les suena a alguien? Ceremonias fastuosas, prosternaciones propias de las cortes de los tiranos orientales.

Y en la cúspide Joseph Ratzinger. De Gran Inquisidor, de Pastor Alemán a “Deus caritas est.” No es ninguna mentira, no es ninguna pose. Benedicto XVI se ve solo y viejo en medio de la tempestad de la curia, de la lucha de todos contra todos. Su deseo más ferviente es no abandonar el pequeño círculo de las pocas personas que le son fieles y olvidarse de todo lo demás. Pero no le van a dejar. Los ataques y las traiciones llegan hasta ese círculo íntimo, hasta Paolo Gabriele, su “Paoletto”, su mayordomo. Ratzinger ve que no puede confiar ya en nadie y le llegan noticias de que sus hermanos cardenales están ya preparando el próximo cónclave, sacando a subasta la silla de Pedro. Le llegan rumores de que va a morir en el plazo de un año, no sabemos si de muerte natural o muerte inducida. Es un rumor que el padre Federico Lombardi, el portavoz del Vaticano ha calificado como “locura”. Yo sería más cauto y más crédulo cuando un siciliano hace una afirmación así. Y más si es el arzobispo de Palermo.

Y a todo esto ¿dónde queda la misión de la Iglesia, el mensaje del Evangelio, la roca de Pedro? ¡Por favor! La verdad, la auténtica verdad es la que el papa León X reveló en una carta al Cardenal Pietro Bembo «¡Desde tiempos inmemoriales es sabido cuán rentable nos ha resultado esta fábula de Jesucristo!»

Todo lo demás es “Flatus vocis”.

 

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Responses

  1. me da pena que hablen de la Iglesia Católica así, como pueden tener pruebas en este mundo todos somos corruptos hasta ustedes, EL QUE ESTE LIBRE DE PECADO QUE LANCE LA PRIMERA PIEDRA.

  2. Me parece muy mal que usted sea corrupta. Yo no lo soy. Pero si tiene pruebas de mi corrupción, estas páginas están abiertas para que usted las publique.

  3. Sra. Ana María:
    visite usted el Vaticano. Si no le viene bien la visita, bucee en Internet y admire las riquezas materiales de las que dispone la Iglesia en ese pequeño país. Busque también riqueza espiritual. Si acumular bienes proporciona este tipo de riqueza tan promocionada por la Santa Madre Iglesia, enhorabuena!, ahí tiene su riqueza espiritual.
    Por otro lado, mucho me temo que encontrará muchos elementos incorruptos allí, en eso tiene razón. Aunque probablemente se trate de reliquias (nunca lo entenderé) de santos beatificados por corruptos.
    Mejor pensado, si es usted creyente y tiene fe, siga disfrutando de ella y no indague.

  4. O, mejor indague. Indague hasta el fondo. Ana María reconoce que es corrupta. Bueno, pues yo no lo soy.


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