Posteado por: fernando2008 | 3 noviembre 2012

Juventud: Drama con tres prólogos y un epílogo.

Primer prólogo.

Para mis lectores de fuera de España, que los hay, ya que me enorgullezco que esta bitácora sea leída en ciento veinte países, tengo que aclarar que en una fiesta de Halloween en Madrid, se ha producido una avalancha en la que han resultado muertas tres chicas. La avalancha se inició porque alguien lanzó una bengala. Para complicar las cosas, parece ser que había más gente de la que admitía el aforo del recinto.

Segundo prólogo.

No será a mí a quien tiemble el pulso pidiendo que se caiga todo el peso de la ley sobre aquellos que hayan podido cometer algún delito, sea el Ayuntamiento de Madrid, la empresa concesionaria del evento, la empresa de seguridad o quien sea. El capitalismo lleva en su razón de ser la explotación exhaustiva de los recursos, sin tener jamás en cuenta ninguna consideración moral. Si se han vendido quince mil entradas para un recinto de nueve mil personas, que este hecho se castigue. Faltaría más.

Tercer prólogo.

“Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón.
Los jóvenes son malhechores y ociosos.
Ellos jamás serán como la juventud de antes.
La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura.”
 

Pocas personas mayores dejarían de firmar esta frase. Para ellos, la juventud actual es vaga, cuando no maleante. No se parece en nada a la juventud de los tiempos pasados y no será capaz de mantener el progreso técnico actual, progreso técnico que sus mayores han elevado hasta las cotas que disfrutamos hoy.

Todos estaríamos de acuerdo, si no fuese por un pequeñísimo detalle: esta frase fue pronunciada hace cuatro mil años. Es una inscripción encontrada en Babilonia. Poco podría imaginar el anónimo autor de la frase que esa misma juventud, ociosa y maleante sería la autora del desarrollo tecnológico actual y que ha conseguido mantener y acrecentar la cultura.

Pasemos al drama. Todos los periódicos de España especulan si se registraron o no las mochilas de las personas que asistieron al concierto, si se les incautaron o no alcohol y bengalas, si se impidió o no la entrada a menores, si había o no suficiente seguridad para evitar que los jóvenes se colasen en el concierto y que, una vez dentro, se peleasen. En resumen: la responsabilidad del comportamiento de los jóvenes debía ser asumida por todos. Por todos, menos por los jóvenes.

Hace unos años, una universidad española sufrió un apagón. Cuando se restableció el servicio eléctrico, los alumnos de esa universidad la habían destrozado. Se tomaron rigurosas medidas: se despidió al conserje.

No quisiera ponerme como referente ético, pero no me queda más remedio. Proclamo que nunca he ido a un concierto con una bengala en el bolsillo, porque pienso, estúpido de mí, que si lanzo una bengala en un lugar cerrado lleno de gente puedo quemar a alguien. Tampoco he ido nunca con una botella de licor a un concierto; he calculado que podía estar algunas horas sin emborracharme. Nunca he usado la navaja más que en las barbacoas del campo. Nunca me he metido en un espectáculo para mayores siendo menor. No recuerdo haberme peleado con nadie en los últimos cincuenta años. Y estoy seguro que el noventa y nueve por ciento de las personas de mi edad pueden decir lo mismo.

No lo entiendo. Se da por sentado que la juventud es tan estúpida que cuando va a un espectáculo de masas siempre lleva bengalas para lanzarlas y provocar el pánico. También se da por descontado que llevarán bebidas, o cosas peores, se emborracharán y se pelearán. Además, intentarán entrar gratis en ese espectáculo, por lo que se tienen que cerrar las puertas que hubiesen podido evitar la catástrofe. Y, por supuesto, si ven que un recinto está lleno, seguirán llenándolo hasta que mueran asfixiados.

¿Qué clase de juventud es la nuestra? Leyendo el párrafo anterior, podemos llegar a la conclusión que nuestra juventud es una mezcla de psicópatas asesinos y tontos del haba. Que nuestros jóvenes han conseguido superar el principio de Peter. No es ya que “todo lo que pueda salir mal saldrá”. Es que harán todo lo posible para que cualquier cosa, por inocente que sea, termine convertida en una tragedia. No son capaces de cuidar su integridad ni de respetar la integridad física de los demás. Son bestias estúpidas.

Durante treinta y ocho años he trabajado con esos jóvenes, y puedo aseguraros que nuestros jóvenes no son peores ni mejores que los jóvenes del pasado. Son iguales. La sociedad, nunca me cansaré de recalcarlo, ha estado y está siempre gobernada por los mayores. Y son esos mayores los que hacen que la juventud sea de una manera u otra. Porque los jóvenes no tienen, nunca han tenido, el poder de decidir.

En cierta ocasión, una madre atribulada me decía que su hijo de diecinueve años era demasiado joven para enfrentarse con los problemas de la vida. Yo le hice notar que a esa misma edad Octavio se estaba enfrentando a los problemas producidos por el asesinato de su tío Julio César, o que, con un año menos, Fernando III se enfrentaba a los problemas de Castilla, León y los musulmanes. La buena señora rechazó mis argumentos con una frase lapidaria: “Eran otros tiempos”.

Efectivamente. Todo tiempo que no sea éste, es otro. Y como este tiempo sólo transcurre ahora, los otros serán, por definición, distintos. ¿Y qué significa esto? Nada.

Los verdaderos culpables de los males de la juventud actual somos nosotros, los mayores. Porque la juventud de hoy es como nosotros los mayores la hemos hecho. Así de claro.

Siempre ha existido cierta incomprensión entre jóvenes y mayores, como hemos visto por la frase babilónica y por otras miles que podría citar. Pero nunca se han producido, o no se han producido de forma tan acusada, las dos características que definen a los mayores actuales en su relación con los jóvenes: la despreocupación y la superprotección, paradójicas dos caras de la misma moneda.

Hemos leído historias espeluznantes de crímenes de jovencitas menores de edad, crímenes de los cuales los padres eran los últimos en enterarse. Padres que se acuestan tranquilamente y no ven a sus hijos e hijas en todo el fin de semana. Padres que no se asombran o inquietan porque sus hijos pasen fuera de casa días enteros. Padres que no son capaces de impedir que sus hijos compren bengalas o hagan botellones. Padres que dejan la educación de sus hijos a los profesores en el mejor de los casos, o a la policía y los guardias de seguridad en el peor.

Esa despreocupación cede el paso a la superprotección más absurda cuando ocurre algo. Cuando esos jóvenes, que no tiene el más mínimo referente moral de la familia, a los que se les ha hecho creer que pueden hacer todo lo que les venga en gana, cometen o sufren un delito, allí están los padres como furias vengadoras acusando a todo el que se ponga a tiro. Si sus hijos han cometido un delito, el resto del mundo deberá callar y aguantarse. Si lo han sufrido, el resto del mundo deberá ser castigado con toda la dureza de esas leyes que rigen para todos menos para sus vástagos.

Epílogo.

Todas las consideraciones, que debimos hacernos los mayores antes de la fiesta de Halloween, están apareciendo ahora en los medios de comunicación. Pero ya es tarde. Ninguna consideración, ninguna investigación, ninguna denuncia, devolverá la vida a las chicas muertas.

Solamente podría servir de algo la reflexión sobre la tragedia y las acciones encaminadas a que no vuelva a repetirse. Pero dicha reflexión no se producirá. Volverán a organizarse conciertos, volverán a introducirse en ellos bengalas y alcohol, volverá a producirse una estampida y volveremos a lamentar muertos. Los padres a los que menos le importe dónde pasan sus hijos los fines de semana, serán los que más chillarán después. Los hijos seguirán estúpidamente cometiendo los mismos errores, sabiendo que tendrán siempre detrás a sus padres para disculparlos, defenderlos e impedir que les castigue. Sólo los que mueran saldrán perjudicados.

Cúlpese al Ayuntamiento, a la empresa, a los guardias de seguridad, si es que han actuado mal. Pero cúlpese también a los propios jóvenes, que son los máximos responsables de estas muertes, y a los padres, por su despreocupación y cobardía. Y recordemos, una vez más, que para educar a un niño hace falta el esfuerzo de toda la tribu.

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Responses

  1. ¡Cuán cierto es lo que contáis, oh maese Ferdinandvs, vir clarissimvs!. Por ilustrar más lo que tan bien has narrado, vos dire que en cierta ocasión, hallándome defendiendo a la Patria con la gracia y el salero que me caracterizan, ví pasar a un crío de 6 o 7 años cuya madre le estaba riñendo.

    En cierto momento, al pasar a mi lado, le dice la madre al niño: “¡si te sigues portando mal se lo voy a decir al guardia!”.
    Me miraron ambos y me sentí en la obligación de informar a la preocupada madre:
    “Señora, ocúpese usted ahora de su hijo, que nosotros ya lo haremos a partir de los dieciocho años”.

    Y se marcharon.

  2. No eres Antonivs; eres Platón.

  3. Bien narrado y sin casi nada más que añadir.
    Lo de la tribu, estoy de acuerdo, pero si no eres familiar y cometes el craso error de reprender/educar a un niño/a cuando está haciendo el cafre y molestando a todo ser humano que esté al lado, se te puede venir encima un alud de “todo” por parte de la familia que está consintiendo esas barbaridades. O sea que no tengo muy claro el papel de la llamada “tribu”.
    No sé si te refieres a la sociedad en general o a la familia en particular porque como ya te he explicado, te juegas el tipo si reprendes a un chaval cuando hace el cafre.

  4. Efectivamente, Jomer, esa es la tribu. Es un proverbio africano.Todos debemos ponernos de acuerdo en qué es lo que se le debe decir a los chicos. Yo recuerdo, y tú también, que cuando nos reñían de pequeños, nuestros padres daban la razón a quienes nos reñían. Ahora no. La tribu stá fallando.

  5. Pues sí y esto es lo triste y penoso. Años ha, cuando comentabas en casa que un “profe” te había puesto las cosas “claras” no había excusa que valiera. Te ganabas otro rapapolvo aunque creyeras que el profe era un H de P. El “profe” siempre tenía la razón. Ahora sabemos que no era así, pero… funcionaba la cosa. Y te lo cuenta uno que ha ido a colegio de Jesuitas, para más recochineo. 🙂

  6. Y yo a los salesianos.El que no se consuela es porque no quiere.


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