Posteado por: fernando2008 | 1 octubre 2012

Cartas del pueblo soberano 4. La soberanía.

Hoy vamos a hablar, señorías de la soberanía, concepto absolutamente tergiversado en este país de conceptos erróneos, medias verdades y engaños manifiestos. Como el tema es bastante abstracto, iremos paso a paso.

¿Qué es la soberanía? Según Bodino es el poder absoluto y perpetuo de una República y soberano es quien tiene el poder de decisión, de dar leyes sin recibirlas de otro, es decir, aquel que no está sujeto a leyes escritas, pero sí a la ley divina o natural. Aclaremos que para Bodino la “República” tiene su primitiva acepción: la cosa pública.

Vemos pues que la soberanía es el poder absoluto y perpetuo que ejerce el soberano. ¿Y de quién recibe el soberano este poder? De Dios. Al principio no había que justificar este don divino: el soberano era Dios. Esto que quizás se podía aceptar cuando gobernaba Ramsés II o Sesostris III, comenzó a ser algo incómodo con dioses como Calígula o Claudio. Algunos soberanos más modestos, o más listos, decidieron ser únicamente Hijo de Dios. Por ejemplo Augusto, que puso de moda esta advocación. Claro que Augusto también puso de moda el haberse salvado milagrosamente de ser muerto como todos los inocentes que nacieron el mismo año que él, al haberse profetizado que en ese año nacería un rey. Pero nos desviamos del asunto.

Cuando ya ni la propia familia real creía que sus miembros fueran hijos de dioses, se acuñó un nuevo concepto: el soberano lo era por un designio expreso de Dios. ¿Cómo se manifestaba ese designio? Pues haciéndolo hijo de su padre. A algún antisistema malpensado se le podía ocurrir la idea de que todos somos hijos de nuestros padres. Vale, de acuerdo. Pero cuando Dios quiere que una persona sea el soberano, lo hace hijo de un soberano. Y si el antisistema vuelve a la carga preguntando si a veces Dios se equivocaba poniendo en el trono a personas absolutamente incompetentes, le contestaremos que los designios de Dios son inescrutables. Y se insiste preguntando cuál era el papel de Dios cuando el hijo primogénito, el elegido por el Altísimo para reinar, era asesinado por su hermano menor que evidentemente no era el elegido, lo mandaremos callar. Y si el malvado antisistema afirma que, por ejemplo, los hijos de Isabel II eran hijos de la reina pero de padre desconocido, entonces es el momento de llamar a los antidisturbios.

Para complicar más las cosas, el rey no sólo era designado por Dios, sino el propietario del reino. Como propietario podía donar su reino a la Iglesia, a una orden militar, o repartirlo entre sus hijos. Naciones que habían costado reunir muchos siglos y mucha sangre se podían dividir a la muerte del soberano. Entonces, el hijo más fuerte, o el más bestia, comenzaba de nuevo la lucha para reconstruir el reino de su padre. Gracias a esta idea, las crónicas de los reinados eran de lo más emocionante.

Entretenidos con estas diversiones llegamos a la Edad Contemporánea y la cosa cambia. La Revolución Francesa hace que la soberanía no sea ya del soberano. El rey representa a la nación, es el primer funcionario de la nación, pero la soberanía pertenece a la nación.

La definición de nación y la diferencia entre nación y estado daría para una entrada entera. Quizás algún día escriba esa entrada. Centrémonos en soberanía nacional,  la soberanía que reside en la nación. Ahora bien, la nación es un concepto mayor que la suma de los individuos. La nación es superior al individuo, lo trasciende, porque la nación es eterna. Y como es eterna debe reunir no sólo a los que viven ahora, sino a los que han vivido y vivirán. Por lo tanto, los representantes de la nación no pueden ser simplemente elegidos. El voto no es un derecho del individuo, porque la voluntad de la nación está por encima de la voluntad de sus ciudadanos. Sólo podrán votar aquellos que reúnan en su persona la dignidad suficiente. Y como estamos en una época burguesa, ya sabemos qué es lo que entiende la burguesía por dignidad. Sólo podrán votar los que tengan dinero.

Este artificio teórico es muy ingenioso y funcionó durante bastante tiempo. Pero, afortunadamente, también ha pasado al desván de la historia. La Constitución de 1978 establece claramente que la soberanía reside en el pueblo español “del que emanan los poderes del Estado”. No hay poder superior al del pueblo español. Bueno, sí. El de Ángela Merkel. Pero eso es otra historia.

El pueblo español no puede reunirse en Madrid para gobernar, porque no cabe. Tiene que delegar esa labor en unos mandados, en unos asalariados, en unos representantes. Dichos representantes, diputados y senadores, son los sirvientes del pueblo español.

Estos sirvientes, consiguen su empleo precario proponiendo en sus programas políticos una serie de cosas. El programa político que esté más de acuerdo con la mayoría del pueblo es el que debe gobernar. Los otros programas, que han quedado en minoría, intentarán que alguna de sus ideas entren en las leyes, mediante negociaciones y consensos.

Resumiendo: la soberanía reside en el pueblo español, el cual elige a aquellos sirvientes que presenten el programa más de acuerdo con sus ideas. Y si esos sirvientes presentan un programa, sacan mayoría absoluta y, a pesar esa mayoría absoluta no cumplen dicho programa cometen un delito de quebrantamiento de fidelidad debida. Ese delito se llama “Traición”. Es una palaba redonda, terrible. Efectivamente. Pero con todo lo terrible que es, reconoceréis que suena mejor que “Tocomocho”.

No soy tan ingenuo como para creer que los manifestantes de la plaza de Neptuno son el pueblo español al completo. Había manifestantes, había policías y también había “que soy compañero, coño”. Digo que la soberanía popular ha sido traicionada con programas electorales falsos. Y eso hay que castigarlo.

La soberanía está en el pueblo, no en el Palacio del Congreso, por muchos leones que tenga a las puertas.  Y, puestos a hablar de edificios, el Senado romano, ese del S.P.Q.R. era una institución, no un edificio. Se reunían donde buenamente les parecía. La silla curul de los senadores era plegable para transportarla cómodamente a cualquier edificio. En Roma, nunca se confundió al Senado con la Curia Hostilia. Eran dos cosas distintas. En España se confunde la soberanía con un edificio, idea que, llevada a sus últimas consecuencias, nos haría afirmar que puesto que en Lugo el verdadero centro del poder era el “Queen’s”, ese burdel debía ser catalogado como “inviolable”.

No se intentó asaltar el Congreso. El único intento de asaltar parlamentos protagonizado por civiles, fue en el Parlamento gallego.

 http://elpais.com/diario/2005/11/24/espana/1132786807_850215.html

Fijaos en el furibundo perro-flauta antisistema de la corbata roja que está en el primer lugar tras la pancarta. Efectivamente. Es don Alberto Núñez Feijoo, actualmente presidente de la Xunta de Galicia, jefe del único asalto civil que se ha producido en España a una sede de soberanía.

 ¡Hemeroteca, tienes nombre de mujer fatal!

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Responses

  1. Como siempre… Claro como el agua. 🙂

  2. ¿Y demasiado descafeinado,viejo jacobino?

  3. No… lo que ocurre es que con el trancazo que llevo encima no tengo fuerzas para mover la palanca de la guillotina. 😉

  4. ¡Ah jodío! ¿Resaca?

  5. Pos va a ser que no… trancazo a la antigua y lleno de virtud y de mucosidades. 😀

  6. ¡Qué aburrido!


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