Posteado por: fernando2008 | 17 abril 2012

El Trono y el Altar.

– Ni se te ocurra, Adso.

– Pero…

– ¡Silencio he dicho! Esto es una persecución intolerable.

– Es que…

– Ya lo sé, ya lo sé. La situación actual de España no te permite esperar a nuestro despacho semanal. Y por eso sales a cazarme.

– Yo…

– ¡A cazarme como si fuese un elefante! Como ves, sin que hayas tenido que decir una sola palabra he comprendido tu pregunta.

– Pero…

– ¡No tienes excusa! Si me he refugiado en este bar para mi sacrosanto Café de las Once, era para huir de ti.

– ¿Puedo dar los buenos días?

– Dalos.

– Muy buenos días a todos. Lamento tener que irme tan pronto, por la falta de caridad de mi maestro.

– Está bien, está bien. De acuerdo. Me he pasado. Discúlpame.

– ¿Puedo entonces preguntarte?

– No. Tendrás que aguantar el sermón a palo seco. Hoy, para variar, te voy a hablar sin preguntas.

– Pero…

– Dije sin preguntas. Lo tomas a lo dejas.

– Lo tomo.

– Hay dos instituciones en nuestra vida que no pueden ser explicadas por la razón, por mucho que el Doctor Angélico se haya esforzado: el Trono y el Altar.

– Maestro, yo sólo quería preguntar sobre el Trono.

– Pues te aguantas. Tanto la Iglesia como la monarquía reciben en principio su poder de Dios. Dado que Dios jamás ha bajado a la tierra para deponer a un rey, podemos deducir que está de acuerdo con lo que hacen los reyes.

– ¡Un momento, maestro! No pregunto, discrepo. El Soberano Pontífice, como representante de Dios en la tierra ha depuesto a los reyes que no cumplían con los mandatos de Dios.

– ¿Y de quién ha recibido su poder el Soberano Pontífice?

– De San Pedro, el primer papa.

– ¡Santa ingenuidad!

– Entonces ¿de quién?

– De Constantino, Adso, de Constantino. Todos los signos exteriores de la corte pontificia, San Juan de Letrán, los anillos, la púrpura, el dominio sobre la ciudad de Roma y el Occidente, todo lo recibió el papa del emperador Constantino. Con recochineo, además.

– ¿Con recochineo?

– Efectivamente. Constantino jamás valoró al papa más que a los demás obispos. Ni siquiera le invitó al concilio de Nicea. Por eso, la Donación de Constantino es un documento falsificado por la corte papal en el siglo IX.

– Pero hoy no quiero hablar de la Iglesia.

– Sí. Quieres hablar del Trono. No tenemos que cambiar mucho de tema. Tan irracional es una cosa como la otra. Resulta que Dios designa a una persona para que gobierne sobre las demás, sin tener ningún mérito acreditado.

– ¿Y cómo puede hacernos ver Dios su designio?

– Mediante el nacimiento.

– No lo entiendo. ¿Por qué Dios hace, por ejemplo, que muera el heredero y suba al trono el segundo en la línea sucesoria?.

– Misterios. También es un misterio el porqué después de poner en el trono a un Carlos I, Dios pone en ese lugar a un Carlos II.

– O a un Fernando VII.

– El mayor de los misterios de la monarquía es que una persona alcance ese puesto por un único mérito: ser hijo de su padre. O, más exactamente, por ser considerado hijo de su padre. No creo que ninguno de los hijos de Isabel II fueran de su marido Francisco de Asís.

– ¡Te estás volviendo cotilla, maestro!

– No. Sencillamente digo que si una de las señas de la monarquía es la legitimidad dinástica, esa seña en España deja mucho que desear.

– ¿Y que otras señas hay?

– La segunda es la de la ejemplaridad. el rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia. Como símbolo del Estado debe dar ejemplo a todos los españoles.

– Eso me parece una tontería, fray Guillermo. Yo soy lo suficientemente mayorcito para no necesitar recibir ejemplos de nadie.

– ¡Ahí te quería yo ver, Adso!

– ¿Por qué?.

– Porque la conclusión lógica es que si no necesitas recibir ejemplos de nadie, no necesitas tener rey.

– No quería llegar yo a tanto. Simplemente quería decir que me parece una tontería eso de los ejemplos.

– No es eso sólo. Hay más. Un señor, por el mero hecho de ser hijo de su padre tiene derecho al cargo más importante del Estado, valga física e intelectualmente o no para desempeñar dicho cargo. Ese señor es inviolable; las consecuencias de sus actos no la pagará él, sino el ministro que refrende dichos actos. Ese señor tiene derecho a unos honores y protocolo que los demás no tenemos. ¿Te vas haciendo una idea de la irracionalidad que supone todo esto?

– Vale. Pero como cualquier persona, tiene derecho a una vida privada.

– Ahí está el error. Podemos entender que la Corona se base en un cúmulo de irracionalidades, pero dichas irracionalidades son su razón de ser. Es irracional que un hijo bastardo no pueda suceder al padre, pero si lo es, no puede ser rey. Es irracional que un príncipe no pueda casarse con quien le de la gana sin permiso de su padre, pero si lo hace, no puede ser rey. Es irracional que una princesa esté detrás de su hermano pequeño en la línea sucesoria, pero así es. Es irracional que un rey deba dar ejemplo a los súbditos, pero así es.

– No me has contestado.

– Sí te he contestado. Si aceptamos una institución tan irracional como la monarquía, tendremos, el rey y los súbditos, que aceptar todas la condiciones. El rey y su familia tendrán una serie de privilegios, desorbitados según algunos, e irracionales, según mi recto saber y entender, pero deberán cumplir con sus deberes. Uno de esos deberes y no el menor, aunque no sea útil, es el de la ejemplaridad. A cambio de esos privilegios serán mirados con lupa todos y cada uno de sus actos. Si ellos aceptan los privilegios, pero eluden los deberes, están rompiendo su parte del contrato social y el acuerdo debe ser rescindido. Es lo que hay. O jugamos todos, o se rompe la baraja.

– De acuerdo, maestro pero, ¿tú que opinas?

– Me lo temía. No puedes pensar por ti mismo.

– ¡Por favor!

– Ahora tú eres el cotilla. En fin. Opino que todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales. Opino que los cargos se deben conseguir por los merecimientos propios. Opino que no necesito el ejemplo de los demás para saber qué es lo que tengo que hacer.

– No te conseguiré arrancar una declaración rotunda.

– Ahí va. Tanto el Trono como el Altar dicen tener una sagrada misión, un carisma especial. Si no la cumplen, si uno no tienen una conducta ejemplar o si el otro se dedica a atesorar riqueza y poder y no hacen nada para que venga el Reino de Dios a la tierra, deben ser arrumbados al desván de la Historia.

– ¿Y con respecto a los elefantes? Tendrás que cerrar esta entrada con una frase lapidaria.

– Sí, pero esta vez no va a ser mía. “La conmiseración con los animales está íntimamente ligada con la bondad de carácter, de tal suerte que se puede afirmar seguro que quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona. Una compasión por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la conducta moral.” Arthur Schopenhauer. ¿Satisfecho?

– A medias. Quería arrancarte una declaración más inequívoca. Pero te has ganado el café. Por cierto ¿qué opinas de lo de Argentina?

– Adso, el hecho de que me pagues el café no te da derecho a expropiarme. Para saber mi opinión sobre Argentina tendrás además que pagar las tostadas y el zumo.

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Responses

  1. Como siempre, acertado y comedido, Maestro. 🙂

  2. No sé, no sé, Jomer. ¿Te parece demasiado comedido?

  3. Absolutamente. Eres un maestro de la mesura aunque digas cosas realmente ácidas y duras -para algunos, claro- . 😀

  4. Me alegro que te guste. Y, sobre todo, me alegro que te guste mi mesura.


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