Posteado por: fernando2008 | 13 abril 2012

El totalitarismo que nos invade.

– Maestro ¿puedes contestarme a una pregunta?

– Adso ¡no tienes temor de Dios ni respeto a las más sagradas ocupaciones de los hombres!.

– ¿Sagradas? ¡Te estás tomando un café!.

– No.

– ¿Cómo que no? Estás en un bar, con una taza en la mano llena de un líquido color café. Como dices tú, es elemental. ¿Dónde está lo falso de mi afirmación?

– Que no es un café. Es el Café. El Café de las Once.

– ¡Funcionarios! ¡Como si tú necesitases la pausa del café!. Pues sábete que esa costumbre se va a acabar.

– Como no sólo tomo café sino que además, para mayor ignominia, leo el periódico, he leído esa patochada. El señor Secretario de Estado de Administraciones Públicas, don Antonio Beteta no ha estado muy fino.

– ¿Por qué? A mí me parece bien.

– Te pondré un problema: un robot hace un kilo de churros a la hora ¿cuántos churros hará al día?

– Veinticuatro kilos. Me escama que el problema sea tan fácil.

– Tiene una segunda parte Y un hombre que hace también un kilo de churros a la hora ¿cuántos hará al día?.

– No lo sé. Esta vez no me vas a pillar.

– Efectivamente, Adso. Un hombre toma café, descansa, va al baño. No podrá hacer veinticuatro kilos de churros al día. Pero podrá hacer otras cosas.

– A saber.

– Podrá hacer robots que hagan churros todos los días del año sin interrupción. El trabajo humano no se mide en horas sino en motivación. El error del señor Beteta ha provocado la caída de muchos imperios.

– ¡De los churros a la caída de los imperios! ¡Buena remontada!. ¿Y qué imperios han caído por falta de motivación?

– ¿Lo ves? Cualquier comentario en la charla del café de media mañana puede provocar una catarata de conocimientos. El primer imperio que cayó por falta de motivación fue el romano. El esclavo no tenía ninguna motivación para realizar su trabajo y, en el momento que no le miraban, se tumbaba. Había que tener capataces para que los azotasen o crucificasen. Y luego, capataces de los capataces. Al final, fue más rentable hacer a los esclavos siervos de la gleba y darles una parte de la cosecha. Así se conseguía motivarles, y se ahorraban costes.

– Supongo que el imperio romano caería además por otras causas. Pero aceptémoslo. A ver, más imperios caídos.

– Pues el imperio soviético, por la misma razón. Al no tener incentivos, los trabajadores faltaban al trabajo, se emborrachaba, falseaban las estadísticas de los planes quinquenales, hacían chapuzas. En fin, un horror.

– Y todo esto demuestra…

– Que aumentar las horas de trabajo jamás ha aumentado la productividad. Sobre todo cuando los trabajadores ven a los Secretarios de Estado perdiendo el tiempo en sus horas de trabajo haciendo estas declaraciones.

– Pero en España se trabaja poco.

– Error. Los trabajadores españoles trabajan una media de 1.775 horas al año. Es el país de la Unión Europea donde más horas se trabajan. Los franceses trabajan 1.620 horas, los alemanes 1.432, en los Países Bajos se trabajan 1.413 horas, en el Reino Unido 1.607, en Suecia 1.601 y en Italia 1.566.

– Entonces ¿dónde está la explicación?

– En la productividad. Esas mismas estadísticas dicen que lo que un español hace en 1.775 horas, un alemán lo hace, en 343.

– Vamos que para arreglar la crisis española habría que trabajar menos.

– Habría que trabajar mejor, habría que cobrar mejores sueldos, habría que hacer guarderías, habría que implantar horarios flexibles. Y habría que invertir más en educación e investigación. Pero hacer eso es muy difícil. Lo fácil es suprimir el café.

– Y la jubilación.

– Sí. También he leído mientras tomaba mi café de media mañana algo sobre eso.

– Expertos del Fondo Monetario Internacional aseguran que “la longevidad inesperada más allá de lo que recogen las previsiones constituye un riesgo financiero”. ¿Qué opinas tú, fray Guillermo?

– En primer lugar, y a bote pronto, que se mueran ellos. Y en segundo lugar, que es un aspecto más del totalitarismo, cada vez más preocupante que nos está invadiendo.

– ¿Vuelven los nazis?

– Vuelve, Adso, una concepción de la vida pública muy nazi. Vuelve la idea de que el individuo debe sacrificarse por el Estado. De ahí a que por el bien del Estado una persona debe morir, no hay más que un paso. Los incurables, los locos, los gitanos, los judíos, los viejos ¡a la cámara de gas! Y así el Estado sale fortalecido. Pero entonces ¿quién es el Estado?.

– Los jóvenes.

– No. Los jóvenes deben  morir en la guerra. Los viejos deben sacrificarse muriendo a una edad en la que las jubilaciones sean rentables. Los extranjeros deben volver a sus países. Las minorías deben ser erradicadas.

– Entonces ¿quién sale beneficiado del Estado totalitario?.

– La casta de los políticos. Ellos no van a la guerra, ni a los campos de concentración, ni pasan penalidades. Controlan a todo el mundo, pero a ellos nadie les pide cuentas. Nadie le dice a doña Christine Lagarde nada de su pelo.

– ¿Y qué le pasa a su pelo?

– ¡Que es blanco! Si los viejos somos el problema, lo mejor que podía hacer es morirse y dar así ejemplo. No exigir a los demás que nos muramos antes para poder seguir ella disfrutando de su cargo. Y encima, pone la excusa del patriotismo.

– ¿Y qué opinas tú del patriotismo?

– Opino, como Samuel Johnson, que en estos casos “el patriotismo es el último refugio de los canallas.”

– Vamos maestro ¿no amas a tu país?

– Es un buen país, y me siento contento de ser español. Pero estoy seguro de que si hubiese nacido unos kilómetros más al oeste, a estas alturas estaría muy contento de ser portugués. Y, entiéndelo bien, es el Estado el que tiene que estar al servicio de los ciudadanos, no los ciudadanos del Estado.

– Pero, gracias a los patriotas, los Estados han alcanzado poder, fama y riquezas.

– ¿Qué Estado y qué patriotas?

– Pues no sé. Esos grandes imperios de los que hablabas antes.

– Repasemos. ¿Cuál es la gran etapa de Grecia?

– El imperio de Alejandro Magno, por supuesto.

– Creado por una persona a la que no consideraban griego, hijo de Filipo el Bárbaro. ¿Y en Roma?

– Su máxima expansión fue con Trajano, que llevó el “limes” a Mesopotamia.

– Y era de Itálica, una colonia romana pero en Hispania. Y así podíamos seguir. El apogeo de Francia se produjo bajo Napoleón, cuyo padre había luchado contra esa misma Francia. El de Alemania bajo Hitler, austríaco prófugo del ejército de su país. Y el de la Unión Soviética bajo Stalin, georgiano, que no tuvo ningún escrúpulo en reprimir a sus paisanos. Esos son los grandes patriotas, los que han hecho grandes a los imperios. Pero ¿era sincero su patriotismo? Y, sobre todo ¿a cambio de cuanto dolor, cuanta muerte y cuanta miseria?.

– No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti. Pregúntate qué es lo que tú puedes hacer por tu país.

– Magnífica frase, pero no es tuya. Ni el que la pronunció, ni su padre, ni sus hermanos, ni sus hijos se sacrificaron jamás por su país. Se beneficiaron de todos los privilegios que les dio su posición y, de paso, se beneficiaron a Marilyn Monroe, que no es moco de pavo.

– Veo que hoy no estás de humor para frases rotundas.

– Hoy no estoy de humor para frases patrióticas, pero te voy a contar una historia. Había una vez un chico llamado Quinto Horacio Flaco. Este chico era poeta pero, llevado por su patriotismo, se alistó en el ejército de Bruto y Casio recibiendo el grado de tribuno. Se pavoneó, lleno de orgullo hasta que vio al enemigo acercándose. Entonces, tiró el escudo, el acto más deshonroso que podía hacer un militar de la antigüedad, y echó a correr. No paró de huir hasta que llegó a Atenas y allí ¿sabes lo que hizo?

– Suicidarse, lleno de vergüenza y remordimiento.

– No. Escribir una frase rotunda: “Dulce y decoroso es morir por la patria”.

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