Posteado por: fernando2008 | 8 abril 2012

Jueves Santo.

– Maestro, ¿no vas a escribir sobre la Semana Santa?

– No, Adso.

– ¿Por qué?.

– Pues porque me da miedo.

– ¿Te da miedo que tus lectores critiquen tus ideas respecto a esta celebración, o no encontrar en la sagrada liturgia de estos días nada que criticar, según tu costumbre?.

– Me da el mismo miedo que cuando comenzaba a corregir vuestros exámenes. La mayoría estaban bien pero, ¡había cada uno!.

– No entiendo. ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que la Semana Santa, tal como se celebra, es un completo despropósito.

– ¿La representación de la Pasión y muerte de Cristo un despropósito?

– Mira Adso: si queremos juzgar unos hechos, debemos enmarcarlos en un lugar y en un tiempo determinado.

– Pues claro. En Jerusalén en el año 33 d. C.

– Pues si lo encuadramos en ese tiempo y en ese lugar, todo es un despropósito, un disparate.

– Pues yo no veo el porqué.

– Pues te lo explico. Cristo era judío.

– Eso es incuestionable.

– No tan incuestionable a juzgar por lo que los cristianos hicieron después. Pero sigamos. Cristo era un judío, y un judío devoto que había venido a cumplir la Ley hasta la última coma. María era judía, los Apóstoles eran judíos.

– Elemental, fray Guillermo. ¿Y…?

– Pues que si partimos de esta premisa, nada cuadra.

– Pero ¿qué es lo que tiene que cuadrar?

– El segundo mandamiento de la Ley, el más importante después del de no tener más dios que Yahvé, establece que no se deben hacer estatuas ni representaciones, ni de Dios ni de ninguna criatura viviente. Siempre me pregunto qué es lo que pensará Dios cuando ve las representaciones de Su Hijo, o las Suyas, o de María.

– Bueno, pero eso está modificado.

– ¿Sí? ¿Cuándo se modificaron los Diez Mandamientos y qué autoridad, autoridad superior a Dios me imagino, lo hizo?.

– No hay que tomar la Biblia al pie de la letra.

– ¿Ni siquiera los Diez Mandamientos? Entonces, se podrán tener pensamientos y deseos impuros. Al fin y al cabo, son pensamientos, y están en el sexto lugar.

– ¡No me líes, fray Guillermo!.

– Vamos a ver, Adso. O somos o no somos. Cuando conviene, la Biblia es la eterna palabra de Dios. Y cuando nos interesa se conculca tranquilamente el segundo mandamiento del Decálogo, llenando nuestras calles de estatuas cubiertas de oro y diamantes. ¡Cristo era judío y pobre! Lo mismo que su Madre. Ninguno de los dos, puede ver con buenos ojos esa exhibición de lujo y blasfemia.

– Son pequeños desajustes entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo importante es el Nuevo. Por ejemplo, en el Jueves Santo, Cristo instauró la Eucaristía.

– No el Cristo judío. Quizás un Cristo griego o romano. Pero no un Cristo judío.

–  Pero ¿qué dices?

– Que quizás a los griegos o romanos no les chocaría la teofagia, pero a los judíos sí. El Levítico, en su capítulo 3 versículo 7 lo dice bien claro: Un mandato perpetuo y válido en todos los lugares en donde estén, prohíbe taxativamente a todos los judíos comer o beber sangre.

– Bueno, pero en realidad, no es sangre.

– ¡Cuidado, Adso, cuidado! Si niegas que el pan y el vino de la Eucaristía es verdaderamente la carne y la sangre de Cristo, te puedes meter en un buen lío.

– ¿Me amenazas con el Santo Oficio?

– Mucho peor. Te amenazo con el arma de la lógica.

– Vamos, que quieres cargarte la Última Cena. También pondrás pegas a la historia de la traición de Judas, su desesperación y su suicido.

– Historia falsa de toda falsedad.

– ¡Ten cuidado tú ahora, maestro! ¡Estás tachando de mentiroso al evangelista san Mateo! ¿Puedes encontrar a alguien con mayor autoridad en la doctrina cristiana?

– Por supuesto.

– ¿Una persona con más autoridad que un evangelista?

– Efectivamente, Adso. La autoridad suprema en la tierra, el Vicario de Cristo. San Pedro desmiente al evangelista y en los Hechos de los Apóstoles 1,16-19 cuenta otra historia. Judas no se arrepintió. Cogió el dinero y se compró un campo. Paseando por él, tropezó, cayó y se mató. Ni arrepentimiento, ni suicidio. Compruébalo.

– Si tú lo dices… Entonces, la profecía de las treinta monedas de plata para comprar el campo del alfarero que hizo el profeta Jeremías…

– Dos veces falso.

– ¡Ya vale, fray Guillermo! Esta vez estoy preparado y tengo el texto exacto: “Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor” (Mateo 27). ¿Es cierto o no es cierto?.

– Que ese párrafo lo escribió san Mateo es cierto. Pero que dicho párrafo es doblemente falso, también es cierto.

– ¡Hala! ¡Un evangelista doblemente mentiroso! ¿Cuál es, entonces, la verdad?

– Mira Adso, las profecías son frases sacadas fuera de su contexto que los evangelistas quieren hacer que concuerden con sus deseos aunque tengan que retorcerlas hasta extremos grotescos. Los profetas tienen que dar a conocer al pueblo la palabra de Yahvé, y para ello se valen de todos los trucos pedagógicos que encuentran. En este caso concreto, el profeta se hace pastor, se fabrica dos cayados, a los cuales pone nombres propios, y deja abandonado al rebaño. Rompe primero un cayado, abandona el rebaño y va a pedir su salario. Y a partir de aquí te copio literalmente. Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Echa al tesoro ese magnífico precio en el que me han tasado. Yo tomé las treinta piezas de plata, y las eché en el tesoro del templo del Señor. Y rompí el segundo cayado” Como ves, ni hay campo de alfarero, ni precio de sangre ni nada. Es una escenificación del profeta al que Yahvé le dice que deposite su salario mal ganado en el tesoro del templo.

– De acuerdo, el sentido de la profecía está tergiversado. Pero ¿cuál es la segunda falsedad?

– Que el texto no es de Jeremías.

– ¿Cómo?

– Sí, Adso, sí. A mí también me asombra que un judío versado en la Torá se equivoque de autor. Me malicio que el que escribió esto no era judío. Sólo un gentil podía equivocarse en una cosa así. Hay una diferencia de cien años y sobre todo, de la caída de Jerusalén y la cautividad de Babilonia. Este texto es de Zacarías.

– No sé que decir.

– Mejor. Así nos callamos.

– De todas maneras, sería una pena.

– ¿Qué es lo que sería una pena, Adso?

– Vamos fray Guillermo, tú eres aficionado al arte. ¿No te gustan esos pasos tan bonitos?

– Si te digo la verdad, la imaginería barroca no es ni escultura preferida. Pero reconozco que es una etapa importante del arte, sobre todo del arte español.

– ¿Y no te inspiran nada esas imágenes?

– Desde el punto de vista artístico sí. Pero desde el punto de vista religioso, histórico, y sobre todo lógico, la imagen que más me inspira es una que vi pintada en una pared de Zamora. Es la imagen que te pongo al final de la entrada.

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Responses

  1. Muy interesante.
    La pintada de Zamora no tiene desperdicio
    Gracias por sus informaciones
    Un cordial saludo
    j

  2. Me alegro que le guste la entrada. Saludos.

  3. Después de un largo tiempo sin pasarme por aquí, vengo y repaso las útlimas entradas. ¿Y qué me encuentro? Pues nada más y nada menos que un interesante artículo sobre el catolicismo y la falsedad del suicidio de Judas. Una magífica lectura, por eso te dejo mi saludo y mis comentarios aquí.

    En México estamos en periodo de campañas electorales, tristes e interesantes a la vez. Veo que en todos lados se cuecen habas con la clase política, y España no está libre de ello.

    Saludos, Fernando.

  4. Gracias Edgar. Nosotros estamos inmersos en una crisis permanente. En España los ricos cada vez son más ricos y cada vez son menos, mientras que los pobres cada vez somos menos pobres y más. Pero lo peor, a mi juicio, es que encima de robarnos, se ríen de nosotros.
    Saludos.


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