Posteado por: fernando2008 | 23 marzo 2012

Eduardo Mendoza. Riña de gatos.

Tenía abandonado a Eduardo Mendoza desde su obra “El asombroso viaje de Pomponio Flato”. Cuando cayó en mis manos “Riña de gatos” la devoré de una sentada. ¡No podía hacer una pausa en su lectura! La trama está tan bien urdida, los personajes son tan interesantes y, sobre todo, el desarrollo es tan trepidante, que no te permite descansar hasta que no terminas la obra.

El argumento, o por lo menos el trozo de dicho argumento que me creo autorizado a revelar, es el siguiente: Anthony Whitelands es el prototipo del flemático profesor inglés, especialista en la pintura barroca española. No tiene una vida especialmente divertida, y sus logros en el terreno del arte son mediocres. Es un caballero conservador, defensor de la democracia de la monarquía constitucional inglesa, de la ley y el orden, del juego limpio y del decoro. De repente recibe el encargo de ir a Madrid a tasar un cuadro y “sin saber cómo, se había convertido en el punto de colisión de todas las fuerzas de la Historia de España”, según palabras del propio Mendoza.

Pero no es solamente que se encuentre en medio del remolino de las fuerzas políticas que zarandean el Madrid de marzo de 1936. Además, Anthony se entera de todo lo que se cuece en la capital de España, porque todo el mundo le hace confidencias. Él supone que este curioso hecho se debe a que no sabe nada de España, al menos de la España de 1936, y a su porte y flema inglesa. Está seguro que dichas confidencias un español jamás se las haría a otro español.

El hecho de provocar las confidencias de todo el mundo puede ser una molestia, pero es una molestia menor. El verdadero problema es que todos, absolutamente todos los personajes con los que Anthony tiene la desgracia de encontrarse en Madrid, lo utilizan y manipulan sin el menor escrúpulo. Esto puede parecer una variante del pícaro que engaña al ingenuo turista y le roba la cartera, pero es una variante mucho más maligna. A Anthony nadie le roba nada, y cuando le roban sus pertenencias, éstas son devueltas religiosamente a la embajada británica. Sin embargo, nada más verlo, o incluso antes de verlo, todos los diversos grupos con los que el inglés se pone en contacto, conciben la idea de que se le puede engañar para conseguir fines inconfesables. Ven que las convicciones de Anthony sobre el respeto a la ley y al juego limpio son muy sólidas y se lanzan a aprovecharse de ellas. Yo diría que ésta es una postura muy española, si no fuese porque tanto la embajada británica como un misterioso espía ruso, del que sólo conocemos el nombre, Kolia, harán lo mismo.

Capítulo aparte merecen las mujeres con las que Anthony se relaciona. Dos hermanas aristócratas, la menor una niña, y una joven prostituta. Las tres obligan literalmente a Anthony a entrar en sus camas, pero las tres buscan otras cosas muy distintas de él. El pobre Anthony aguanta flemático el chaparrón de sexo y sólo manifiesta cierta contenida irritación cuando la vorágine de sus relaciones le impide lavarse y cambiase de ropa.

Aparte de la trama de la novela, que nunca te da un momento de respiro, hay que destacar los retratos de las personas o de los grupos que en ella aparecen. Con un pincel digno de Velázquez, Mendoza retrata a los militares españoles cuyos máximos exponentes, Franco, Mola y Queipo de Llano aparecen juntos en un misterioso conciliábulo en un palacete de la Castellana, conciliábulo que termina con el asesinato de un capitán que vigilaba al inglés. El autor no dice claramente, pero nos permite suponer quienes fueron los que asesinaron a este oficial.

Retrata también a la aristocracia española con su cerrilismo y su Jesús de Medinaceli. Dicha talla merecerá también la definición de Anthony: “Sin restar mérito artístico a la escultura, la actitud del personaje, su ropaje suntuoso y sobre todo su caballera de pelo natural le conferían aires de tenorio y de embaucador. Quizás era eso, había pensado entonces, lo que infundía confianza al vulgo: la divinidad encarnada en un chulo barriobajero”.

La Iglesia se verá retratada en la persona de un clérigo, capellán de un duque, altivo con las pecadoras y servil ante José Antonio Primo de Rivera, al cual llama respetuosamente “señor marqués” y al que saluda brazo en alto.

La Falange no sale mejor librada. Jóvenes que no saben muy bien por qué luchan, borrachos de la retórica imperial de Primo de Rivera, dirigidos por una Junta Nacional de señoritos ociosos que corren por Madrid en sus coches deportivos, y beben en “La ballena alegre”. Cuando el padre de uno de estos aristócratas falangistas encuentra a su hijo herido y pide explicaciones al comisario, diciendo que ha oído que son dos los responsables del crimen, el teniente coronel Gumersindo Marranón (¡Ah los nombres de Mendoza!) responde muy justamente: “Así es, excelencia: el que entregó una pistola a un chico de dieciocho años y el que puso el dinero para comprarla”.

El propio José Antonio aparece como un aristócrata vividor y simpático, pero completamente desorientado. Tan inconsecuente es, que Anthony, haciendo un magnífico ejercicio de lógica, lo acusa de ser un agente provocador bolchevique. José Antonio contestará diciendo que le han llamado muchas cosas en su vida, pero que es la primera vez que lo llaman bolchevique. Sin embargo, pese a la insistencia de Anthony, se niega a desmentir la acusación.

El otro lado, queda también magistralmente retratado. Niceto Alcalá Zamora, presidente de la república recibe a una duquesa vieja amiga suya y la piropea, aunque debido a su mala vista sólo ve un bulto informe. Dicha duquesa consigue arrancarle la promesa de que detendrá a Primo de Rivera y el Presidente de la República da la orden de detenerlo y luego buscar un motivo para la detención. Manuel Azaña recibe a nuestro protagonista y cuando Anthony le explica con todo detalle la conspiración militar, el Presidente del Consejo de Ministros se pone a divagar sobre el arte y la literatura. Los miembros del partido comunista que intentan asesinar a Anthony son tan patéticos como los bufones de Velázquez.

Nuestro infortunado protagonista anda dando tumbos por el Madrid invernal, desde los palacetes de La Castellana a los prostíbulos del Madrid de los Austrias, desde la calle Serrano a los desmontes de la Puerta de Toledo. Sólo encontrará paz dentro de su querido museo del Prado. Pero incluso allí le perseguirá el infortunio: un colega suyo, venido expresamente de Londres para martirizarlo. Y éste colega soltará una magnifica definición de cómo se debe apreciar una obra de arte, aumentando la zozobra de Anthony que cree haber descubierto un Velázquez inédito. “Desengáñese, Whitelands, en la apreciación de una obra de arte, el 50 % se corresponde con la realidad; el otro 50 % lo integran nuestros gustos, nuestros prejuicios, nuestra educación y, sobre todo, las circunstancias. Y si no estamos en presencia de la obra e interviene la memoria, el peso de la realidad se reduce a un mero 10%.”

Al final, cansado y vencido, Anthony va a tomar el tren que le llevará fuera de España. Un miembro de la embajada inglesa lo acompaña a la estación de Atocha, pero antes le deja visitar el Prado una vez más. Delante de “Las Meninas” Anthony Whitelands nos dejará su última reflexión, la reflexión que resume toda la novela.

“Después de un largo silencio, Velázquez pintó este cuadro al final de su vida. La obra cumbre de Velázquez y también su testamento. Es un retrato de corte al revés: representa a un grupo de personajes triviales: niñas, sirvientas, enanos, un perro, un par de funcionarios y el propio pintor. En el espejo se refleja borrosa la figura de los Reyes, los representantes del poder. Están fuera del cuadro y, por consiguiente, de nuestras vidas, pero lo ven todo, lo controlan todo, y son ellos los que dan al cuadro su razón de ser”. El funcionario de la embajada asiente distraído. A él lo único que le interesa es que se hace tarde y Anthony no puede perder el tren por nada en el mundo.

Curiosa novela sobre Velázquez en la que no se habla en ningún momento de ninguna riña de gatos. Porque en la realidad, quien pintó la riña de gatos fue Goya.

Goya. Riña de gatos.

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