Posteado por: fernando2008 | 7 febrero 2012

Pilar Urbano. El precio del trono.

La cuestión es quién tiene el poder, eso es todo.
¿Por favor, ¿podría decirme qué camino debo seguir? Y el Gato de Cheshire le responde: “Eso depende mucho de hasta dónde quieres llegar”.
Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.
 

No. La acertadísima doble cita de Lewis Carroll no es mía. Es de la propia autora del libro. Por eso está tan bien elegida.

Pilar Urbano es una magnífica escritora. Escribe bien, se documenta mejor y hace que sus libros de biografías sean tan interesantes como las novelas de misterio. Yo, que conozco la etapa de la transición por estudios y de primera mano, he leído el libro con más emoción que la sentida al leer algunos “thriller” actuales. Sabía qué iba a ocurrir, sabía su desenlace, pero era incapaz de dejar la lectura. Me lo he leído de un tirón, a pesar de que el libro tiene 2.666 páginas.

Además, cosa que es muy de agradecer, la autora no construye personajes de cartón piedra dentro de un esquema maniqueo de buenos y malos. Construye personajes de carne y hueso, con sus grandezas y sus miserias. Tanto el etarra que está excavando el túnel por debajo de la calle Claudio Coello, como el almirante que pasa por encima, tienen un conjunto de cualidades buenas y malas. No son monstruos; tampoco son ángeles. Y, además, en el libro nadie grita, nadie insulta, nadie se pelea. Bueno, hay una pelea con gritos e insultos, pero entre personajes menores: el marqués de Villaverde y uno de los médicos que atendían a Franco. El motivo, ya os lo podéis imaginar.

 “El precio del trono” es un libro que cuenta una historia comenzando por la mitad. Comienza con el viaje que hace el conde de Barcelona a Italia para traer los restos de su padre Alfonso XIII al Panteón de los Reyes del Escorial. Durante la travesía Don Juan, ya almirante Borbón, recuerda la vida de su padre y la suya. Cuando entrega el cuerpo a su hijo el rey, la historia de don Juan Carlos aparecerá en primera persona.

La cuestión es quien tiene el poder. Eso es todo. Alfonso XIII lo pierde por no querer ejercerlo contra su pueblo y provocar un baño de sangre. Franco no tiene esos escrúpulos, y el baño se produce. Cuando termina la guerra civil, el poder de Franco no está en absoluto asentado. Hitler no era un amigo desinteresado ni mucho menos. Quería cosas de España y las quería ya. España no participará en la II Guerra Mundial en primer lugar por las condiciones catastróficas en las que se encontraba la nación; y en segundo lugar, por la labor de Franco. Quizás sus miras no fuesen el bien de España, quizás fuese el recelo ante un aliado voraz. Pero esa intervención no se produjo, excepto con la testimonial de la División Azul.

Terminada la guerra, Franco se encuentra solo. Ha apostado por el bando perdedor y ahora no encuentra amigos, excepto Salazar en Portugal. Se le considera el último resto del fascismo y deberá como pueda, capear el temporal. Además, don Juan de Borbón, “El Pretendiente” como lo llama Franco, está intentando hacer valer sus derechos dinástico. En un principio, quiso unir su suerte a la de los sublevados, intentando alistarse en el ejército nacional. Franco se lo impide arguyendo que “debe ser el rey de todos los españoles”. Pero desde el primer momento, sea por ambición personal, sea por sentido del deber, o por las dos cosas, el Generalísimo jamás pensó en ceder su poder absoluto. “Del Pardo sólo lo sacarían con los pies por delante”. Su enfrentamiento con don Juan no es aparatoso. Se ven, se cartean. Pero una carta del conde de Barcelona tardará en ser respondida seis meses. Franco quiere ganar siempre tiempo. La parsimonia mostrada en la guerra, no por prudencia, sino para limpiar de “rojos” las zonas que iba conquistando, le dará también buenos resultados en la paz. Don Juan accede a que su hijo vaya a España a estudiar. Y Franco comenzará un doble juego con el hijo y con el padre. Cuando las cosas se pongan muy tirantes sacará del “frigorífico” a otro posible sucesor: Alfonso de Borbón.

El Caudillo lo había planeado todo con mucha anticipación. El almirante Carrero Blanco iba a ser el lazo de unión entre la España de Franco y la España de don Juan Carlos. Pero Carrero es asesinado, y es en este capitulo donde Pilar Urbano demuestra tanto su buen hacer de escritora como su magnífica preparación documental. No fue E.T.A. la que mató al almirante. O, al menos, no fue sólo E.T.A. La C.I.A. tuvo un papel importante en el magnicidio, siguiendo las órdenes de Henry Kissinger, el diplomático todo-terreno,  que tenía metidos sus dedos en todas las tartas, desde Tel Aviv a Rabat y desde Suecia a América Latina. El túnel bajo la calle Claudio Coello es rellenado no con la dinamita caducada de E.T.A., sino con un explosivo mucho más potente. Además, su forma primitiva en “T” es modificada para quedarlo convertido en una “L”. Kissinger, de visita esos días en Madrid, adelantará bruscamente su partida y el día que se produce el atentado está ya en Francia, aunque ese día no tuviese en su agenda absolutamente nada. Y todo esto, lo narra Pilar Urbano apoyándose en testimonios documentales.

Faltando Carrero, la mitad de los planes de Franco fallan. Queda la otra mitad, la del Príncipe de España, ya que no podía ser Príncipe de Asturias por haber quebrado la línea dinástica. Y el Príncipe de España pregunta a todos cuál es el camino. Y, como diría el gato de Cheshire, el camino dependía de a dónde quisiera llegar.

No sé si el entonces príncipe, ahora rey, quería que España fuese una democracia formal como todas las que formaban parte de la O.T.A.N., por convencimiento o por necesidad. Lo que sí es cierto que eligió a los hombres adecuados para conseguir ese fin. Y España, gracias a ese deseo, dejó de ser la última dictadura fascista de Europa y se convirtió en una democracia de pleno derecho, como las que forman parte de la O.T.A.N. primero y de la Unión Europea después. Para esto, don Juan Carlos tuvo que tragar desplantes, humillaciones, intrigas de la familia de Franco y desprecios de los demás líderes europeos, cuando lo veían acompañando a Franco en el balcón de la Plaza de Oriente. François Mitterrand le dijo en cierta ocasión, refiriéndose a las fotos de la Plaza de Oriente en las que don Juan Carlos aparece en el balcón junto a Franco, en la última aparición de éste con vida: “¡Qué cara de tonto se te pone mientras espera! ¿Verdad?”

No es un libro de historia. Como decía Ortega y Gasset: “”Quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos. ¿A qué distancia? Es muy sencillo: a la distancia que no permite ya distinguir la nariz de Cleopatra.” Y esta historia está todavía delante de nuestras narices. Hay muchos intereses en juego y muchos documentos por desclasificar. No sé si todo lo que dice este libro es verdad; pero si no es verdadero, está muy bien contado.

Una de las cosas que más me ha gustado de esta obra, es que la autora no se ha atribuido el papel de narradora omnisciente que trasciende al tiempo, contándonos la historia como algo abocado a un fin inexorable y dando pistas sobre el final. Que aunque conozcamos el argumento del relato y su fin, se nos llene el alma de congoja ante las peripecias de los protagonistas y nos mantenga en vilo hasta que llegamos a su conclusión. Que vivimos las peripecias primero de don Juan y luego de don Juan Carlos como si temiésemos en cualquier momento un desenlace que se salga de guión y quisiéramos ayudarles, echarles una mano.

Pero, como dice Napoleón, “ donde con toda seguridad encontrarás una mano que te ayude, será únicamente en el extremo de tu propio brazo”.

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Responses

  1. ¡Qué casualidad, oh vir clarissimus!. Acabé este libro la semana pasada y aún estoy reflexionando sobre él y todo cuanto nos cuenta la autora. Desde luego que tu resumen lo firmo de principio a fin; no resulta un libro apto para sectarios de ninguna clase, a menos que deseen ir dejando de serlo…

    Fíjate que la autora se guarda mucho de hacer afirmaciones tajantes y explícitas sobre la ayuda de la C.I.A. en el atentado de E.T.A., consigue que todos entendamos que lo afirma cuando, en sentido estricto, se limita a sugerirlo poderosamente con una muy buena prosa y una estupenda documentación, como ya indicas.

    Yo también recomiendo su lectura, desde luego.

  2. En la red codo a codo, somos mucho más que dos, divus Antonius


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