Posteado por: fernando2008 | 28 enero 2012

Geraldine Brooks. Los guardianes del libro.

No hay nada tan polivalente como un libro. Estás con él en tu rincón y te invade la paz. Pero al mismo tiempo, el libro es el caballo alado, a cuyos lomos puedes conocer lugares alejados tanto en el tiempo como en el espacio porque, con él, el tiempo y el espacio desaparecen. Puedes visitar ciudades que ya han desaparecido, o que todavía no han nacido, y hablar con personas que murieron hace muchos siglos o que tardarán el mismo número de siglos en nacer.

Esto es algo que yo sabía ya. Hoy he aprendido una cosa nueva. Que las historias que cuentan los libros pueden ser menos interesantes que las que le han ocurrido al libro en sí. Y éste es el argumento de la novela de Geraldine Brooks.

Hanna, una restauradora de libros australiana, llega a la capital de Bosnia para restaurar un libro mítico de la bibliografía judía: La Haggadah, o libro de las bendiciones de Sarajevo. Allí su vida cambiará al conocer a Ozren Karamen, el bibliotecario que arriesgó su vida para salvar el libro.

Entonces, la novela se divide en varias tramas sabiamente desordenadas. Estas tramas, como si fuesen un mosaico, se van juntando para revelarnos parte de la historia del libro. Comienza con una muchacha, raptada y violada en el norte de África, que tiene una maestría increíble con la pintura. Pasa a manos del emir de Sevilla y luego a las de un judío culto que la emplea en hacer ilustraciones para los libros de botánica y medicina. Como regalo, Zahra, que así se llama la muchacha, pintará una serie de escenas de la Torá. Ahí no estoy de acuerdo con la autora. No es la primera vez que se pintan escenas en una Haggdah. La Haggadad de Barcelona, también  tiene pinturas, pinturas que casan mal con la prohibición judía y musulmana de representar personas. Tampoco estoy de acuerdo con ella en hacer que esta historia ocurra en Sevilla en 1480. Desde 1248, Sevilla pertenecía a los cristianos. Tanto la historia de la cautiva del emir que se convierte en su esposa, que por cierto, se llamaba Isabel, no Isabella como dice la novela, como la contestación del emir a los cristianos proclamando que en su reino ya no se acuñaba oro, sino armas, pertenecen a la historia de del reino nazarí de Granada. Pero son “pecata minuta”. Simplemente, Geraldine ha equivocado el nombre de la ciudad.

Cuando la expulsión de los judíos en 1492, el libro estaba en Tortosa. La autora hace que su protagonista vaya encontrando en el libro pequeños indicios de esta odisea. De la pintura de Zahra será un pelo de gato manchado, resto del pincel que creó las ilustraciones. El indicio de Tortosa será agua de mar. El indicio de su paso por Venecia será la firma de un inquisidor aprobándolo y una mancha de vino. Este inquisidor, aficionado a la bebida, se lo requisará a un judío aficionado a los juegos de naipes.

El libro pasará a Viena, y sus tapas de plata servirán para sufragar el tratamiento contra la sífilis de un encuadernador poco escrupuloso, tratamiento administrado por un médico judío que, efectivamente, conoce a Sigmund Freud. Sólo quedarán de esas tapas, finamente decoradas, unos agujeros en la encuadernación.

Ya en Sarajevo, el libro se salvará milagrosamente de los nazis e incorporará la pista más extraña: unas alas de mariposa, que caen de la colección del hijo de la familia musulmana que acoge el libro.

De los problemas de la protagonista con su antipática madre no voy a hablaros. Tampoco os hablaré del sorprendente desenlace. Lo que sí voy a hacer es animaros encarecidamente a que lo leáis. Os lo pasaréis tan bien como me lo he pasado yo. Es un viaje. Un viaje impresionante, por encima del tiempo y del espacio, que comienza en África en el siglo XV y terminará en un edificio al lado de la impresionante Casa de la Ópera de Sídney. Diré además que Australia dejará también su rastro en el libro.

Me ha gustado. Tanto por el argumento por su filosofía. “Quien comienza quemando libros, terminará quemando personas”. Es una de las frases de la autora que, desgraciadamente, ha demostrado ser muy cierta. Pero afortunadamente, el libro se salvó de las hogueras de la Inquisición y de los nazis. Muchas personas no pudieron salvarse de las hogueras o de los hornos. Por eso la novela tiene su correspondiente capítulo en Jerusalén, en el Museo del Holocausto.

Las escenas de Bosnia tienen una fuerza que me recordaron a la pluma de Ivo Andrić en “Un puente sobre el Drina”. Pero no tiene su serenidad. Son escenas duras, más en la línea de “La hora veinticinco” de Constant Virgil Gheorghiu.

Pero lo mejor de la novela es que en su mayor parte es verdad. Realmente el libro fue a todos y cada uno de esos sitios. Puede que las historias que protagonizó no ocurriesen exactamente como Geraldine Brooks las cuentas. Pero fueron muy parecidas.

Quiero terminar volviendo a Zahra, la miniaturista. Llega a tener tanta intimidad con la familia que la acoge, que se representa ella misma con dicha familia celebrando el sábado judío. Y, como ya os dije que la realidad iguala y a veces supera a la ficción, aquí la tenéis. Es la joven negra que está sentada a la izquierda de la escena.

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