Posteado por: fernando2008 | 17 enero 2012

José Calvo Poyato. El sueño de Hipatia.

Si Dios no existe, todo está permitido.
Fiodor Dostoyevsky.

Conocí la figura de Hipatia de Alejandría gracias a la magnífica obra “Cosmos” de Carl Sagan. Ese infatigable viajero del cosmos nos presentó, por decirlo de alguna manera.

Nos presentó y gracias a Sagan, comenzó mi amistad con Hipatia. Porque Hipatia no ha muerto. Murió su pobre cuerpo violado, torturado, despedazado y quemado por los seguidores del Dios del Amor, pero sus ideas viven.

Hay algunas ideas, pocas, que viven eternamente. La mayoría desaparecen al mismo tiempo que desaparece el eco de la voz que las enuncias. Algunas duran un poco más. Otras duran milenios y al cabo de éstos se convierten en ruinas, como las ruinas de Luxor, las de Babilonia, las de Roma. Las de Hipatia durarán mientras exista la especie humana. Y, si como dice Stephen Hawking, dentro de mil años dicha especie se verá obligada a abandonar la Tierra para garantizar su supervivencia, dejará atrás esas ruinas. Pero se llevará consigo las ideas de Hipatia de rigor científico, tolerancia y deseo de saber.

Calvo Poyato ha mezclado en su novela la historia de Hipatia y la de los manuscritos de Nag Hammadi. Con todo el derecho del mundo. Al fin y al cabo esta obra no es un libro de historia, sino una novela. En dos tramas paralelas narra la historia de Hipatia de forma mucho más adaptada a la realidad, la horrible realidad, que lo hizo Amenábar en su película “Ágora”. Nos describe con todo detalle la horrible muerte de Hipatia, la pusilanimidad del prefecto imperial Orestes y la bestialidad, el cerrilismo y la crueldad del enemigo de Hipatia, San Cirilo de Alejandría. Sólo diré de este personaje que si la infalible Iglesia católica lo ha canonizado, es porque aspira a que todos los demás católicos sigan su ejemplo.

La segunda trama es más una novela policíaca. Cuando se descubren los manuscritos de Nag Hammadi, que por cierto, no son dos, como dice la novela, sino trece, un experto es enviado, junto con un hombre y una mujer, para estudiar su autenticidad. Varias personas intentan apoderarse de ellos. Entre estas personas están, como no, los enviados por el Santo Oficio, que quiere hacerlos desaparecer. Al final, la cosa tiene un final feliz, los manuscritos se quedan en Egipto y son publicados. El autor de la novela se pregunta, con mucho acierto, el porqué el concilio de Nicea establece como canónicos los evangelios de discípulos que no han conocido a Jesús (ni han estado jamás en Palestina, añadiría yo) y sin embargo condenan evangelios como el de Tomás o el de Felipe, apóstoles que convivieron con Cristo. Algo habría en esos evangelios que al concilio de Nicea no le interesaba publicar. ¿Qué son falsos? Os aseguro que los evangelios de Felipe o de Tomás son igual de falsos, o de verdaderos, que los de Mateos y Marco. Además, si Nicea tenía la inspiración divina ¿por qué Constantino se olvidó de invitar al papa a dicho concilio?

Con respecto a la novela, debo deciros que no contiene ninguna sorpresa. Es uno de esos libros que se comienzan a leer sabiendo como van a terminar. Es un libro agradable, pero no el mejor de este autor. Prefiero su novela “Conjura en Madrid”. O “La Biblia Negra”.

Las que sí son interesantes son las reflexiones que la lectura de esta novela en general y las peripecias de Hipatia en particular me han provocado. Permitidme que las comparta con vosotros.

Los siglos IV y V son los siglos del final de la cultura greco-latina, lo que los historiadores llamamos la Edad Antigua, y el comienzo de algo nuevo, lo que llamamos Edad Media. El mundo antiguo era mucho más rico, sabio y cómodo que el mundo medieval. Pero nadie creía ya en nada. Y como la gente necesita creer, aparecieron las religiones mistéricas que prometían la salvación. Así, Cristo triunfó. Pero podía haber triunfado Mitra.

Otra de las reflexiones que me hago es la distancia abismal que existe entre la teoría y la práctica de las religiones. En nombre de la religión que proclama como primer mandamiento el de amar al prójimo, se cometen las mayores atrocidades. Quizás la explicación de este desajuste la tenemos en la carta que León X escribió al cardenal Pietro Bembo, en la que decía textualmente: “¡Desde tiempos inmemoriales es sabido cuán provechosa nos ha resultado esta fábula de Jesucristo!”. Para el avispado papa, la fábula de Jesús y su doctrina es sólo eso: una fábula de la que se puede sacar provecho, pero a la que no hay que darle mayor importancia en cuanto a norma de vida.

La última de las reflexiones que me hago es la que se hacía Dostoyevsky, y que está al comienzo de esta entrada. Si Dios no existe, todo está permitido. La frase puede completarse con la de Napoleón: “Sólo la religión consigue que los hombres soporten las desigualdades de rango, porque tiene consuelo para todo”. La religión consuela y al mismo tiempo amenaza con el infierno. La religión es la garantía de la paz social. Los hombres se lanzarían unos contra otros, si no tuviesen el temor a un castigo. Pero ¿es una moral plena aquella que sólo se mueve por el premio del cielo o el castigo del infierno? ¿No se puede amar al prójimo sin más, por la libérrima voluntad de cada uno?.

Me temo que Dostoyevsky se equivocó, o al menos no vio la parte errónea de su afirmación. En algunos casos, y para algunas personas, es cuando hay Dios cuando todo está permitido. San Cirilo de Alejandría no duda, o dice no dudar, que su religión es la verdadera. Partiendo de ese supuesto, todo aquel que no profese dicha religión no es su prójimo, sino un enemigo de Dios al que hay que exterminar. Se asesinan personas, se destruyen monumentos, se queman libros. Y no pasa nada. Todo esto se hace a la mayor gloria de Dios y Dios lo mirará con buenos ojos y elevará a Cirilo a los altares. ¿Y el amor? Bueno, Cirilo tenía como guardia personal a 500 monjes de la Tebaida, los más fanáticos de todos. Inflamado por la caridad, se dio cuenta de que eran pocos para protegerse de los alejandrinos, las teóricas ovejas de su diócesis, y pidió que se aumentase su número, petición que Teodosio se apresuró a conceder. No sé que hubiese dicho Cristo de esta manifestación de amor.

Se ha recreado en muchas ocasiones el rostro de Hipatia. No tengo nada en contra de las elucubraciones que han hecho determinados pintores. Tampoco tengo nada en contra de Rachel Weisz, que me parece una actriz muy guapa. Pero…

Yo he visto a Hipatia. Por lo menos a la representación más antigua que se tiene de Hipatia. Fue en Roma, en las Estancias Vaticanas. Rafael la representó en su fresco “La escuela de Atenas”. Una tarde de invierno, entré en la Stanza della Segnatura y allí estaba ella mirándome. Mi impresionó tanto, que le pedí a un amigo que inmortalizase el momento, y aquí los lo dejo.

Fue un amor a primera vista. Platónico, por supuesto.

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Responses

  1. Fernando, un gran placer tenerte aquí de nuevo (ya ves como funciona el tiempo en internet, te desapareces una semana y ya nos preocupamos como si fuera un mes, tal vez mucho más).

    Este artículo tuyo me ha dejado tantas reflexiones que optaré por acosar tu cuenta de correo con algunas dudas, en breve.

    Saludos.

  2. Siento que te hayas preocupado, Edgar. He tenido un durísimo ataque de vagancia. En las vacaciones de Navidad vinieron unos familiares y me dediqué a divertirme. Pero tanto yo, como mi cuenta de correo, estamos a tu disposición
    Saludos


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