Posteado por: fernando2008 | 12 diciembre 2011

El escándalo de la corrupción.

– Fray Guillermo ¡qué bien estás aposentado!. Buen fuego, buena mesa, buen sillón.

– Adso, estoy escribiendo.

– Ya lo veo. Pero sin la más remota forma de mortificación.

– No me estoy mortificando. Estoy escribiendo.

– Te repites, maestro. Estás escribiendo, pero podías hacerlo menos cómodamente. Sería más agradable a Dios.

– Te equivocas, como siempre. Dios me pide que escriba para alabarle y para que las almas de los que me lean se sientan edificadas. Y si no tengo calor, la tinta se helaría. Si no tuviese mesa, las letras saldrían deformadas. Y si no tuviese una silla, estaría incómodo y terminaría antes de lo que debiera. En este momento, Dios y nuestra Regla quieren que escriba, y yo lo hago de la mejor manera posible.

– Pero ¿no sería más agradable a los ojos de Dios que hiciese al mismo tiempo penitencia?

– Recuerda lo que dice el Eclesiastés: “Todo tiene su momento, y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir.

– Vamos, ¡que la mortificación no es una de tus prioridades!.

– Desde luego que no. Está en la parte más baja de mi escala de prioridades.

– ¿No manda Dios que nos mortifiquemos?

– No. Y las veces que aparece en los Evangelios los ayunos de cuarenta días y cuarenta noches, me huelen siempre a interpolaciones posteriores. Recuerda que el propio Cristo decía que le acusaban de comer con pecadores y que lo llamaban borracho.

– Entonces ¿por qué la Iglesia nos pide que nos mortifiquemos?

– Mira Adso, si te contestase en conciencia lo que pienso, correría el riesgo de darme de manos a boca con la Santa Inquisición. Sólo te haré unas preguntas, cuyas respuestas quiero que guardes para ti. ¿Qué es más agradable a Dios: darse unos latigazos, o impedir que alguien dé latigazos a su prójimo? ¿Calentarse junto al fuego escribiendo alabanzas a Dios, o arrojar unos cuantos herejes a ese mismo fuego?

– No creo que esa sea la doctrina oficial de la Iglesia.

– Veámoslo. ¿Quién es, a tu juicio, el mejor conocedor de la doctrina de la Iglesia.

– Maestro, te burlas de mí. Por supuesto que el Doctor Angélico, el ínclito Santo Tomás de Aquino.

– Pues el Doctor Angélico dice bien alto y bien claro que hay que seguir, por encima de todo, a la propia conciencia. Porque las Sagradas Escrituras pueden tergiversarse, los mandatos de la jerarquía eclesiástica pueden estar motivados por torpes intereses. Pero tu conciencia no puede engañarte. Y en el fondo de ti habita la verdad. Esto último no lo dice Santo Tomás. Lo dice San Agustín que tampoco era moco de pavo en cuanto a doctor de la Iglesia.

– Pero Cristo dijo…

– Mira Adso. Lo que Cristo realmente dijo que es que había que amar a Dios y amar al prójimo. Y que no puedes decir que amas a un Dios que no ves, si no amas al prójimo al que ves. Todo lo demás son elucubraciones, más o menos interesadas.

– Pero la Iglesia dice…

– Todo lo que la Iglesia diga que contradiga el mandamiento del amor, es falso. Hay que amar al prójimo, no quemarlo en la hoguera, hay que servirlo, no ponerse tres coronas una encima de otra, hay que vestir al desnudo, no vestirse un mismo con púrpura roja. Hay que hacer lo que Cristo dijo.

– Y lo que hizo también, maestro. El ejemplo de Cristo es también fuente de conocimiento.

– Lo bueno de Cristo es que no había contradicción entre sus palabras y sus actos. Cosa que, desgraciadamente, en la actualidad no se da. ¿Qué enseñanzas sacas tú de las obras de Cristo?

– Por ejemplo, que los sacerdotes deben ser varones.

– ¿Por qué?

– Porque Cristo eligió a los doce apóstoles varones.

– ¿Y las santas mujeres?

– Eran eso: santas mujeres. No apóstoles. Los apóstoles eran todos varones.

– Y casados.

– Bueno, unos sí y otros no.

– Pedro, el primer papa era casado. Por lo tanto, todos los papas debían ser casados.

– No era obligatorio estar casado.

– ¿Y sí es obligatorio ser varón?

– Sí. Todos, absolutamente todos, lo eran.

– Es decir que una cualidad que compartiesen todos, absolutamente todos los apóstoles, sería una seña de autenticidad del magisterio apostólico a través de los siglos.

– Por supuesto.

– Adso, procura que Bernardo de Cui y los santos “perros de Dios” no se enteren de esa herética opinión tuya.

– ¿Herética?

– Claro que sí. Estás echando por tierra la legitimidad de toda la jerarquía eclesiástica desde el mismísimo San Lino el segundo papa.

– ¡Jesús, María y José! ¿Por qué?

– Porque todos los apóstoles, absolutamente todos ¡eran judíos! Aquel que no sea judío podrá recibir el Evangelio, pero no puede ser miembro de la jerarquía eclesiástica. Y, por ejemplo, sólo ha habido un papa judío.

– Me estás liando, fray Guillermo.

– No. Te estoy dando la cuerda para que tú mismo te líes. ¿No has podido elegir otro episodio de la vida de Cristo más edificante y actual?

– ¿Como cuál?

– Como aquel en el que expulsa a los mercaderes y corruptos del templo.

– ¡Alto, alto, fray Guillermo! De los corruptos el Evangelio no dice nada.

– Reconozco que en aquella época, la palabra “corrupción” no significaba lo mismo que ahora. Pero había otras que son sinónimas.

– ¿Cuál?

– Escándalo.

– “Aquel que escandalizare, más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar”

– ¡Muy bien! Y, según tú ¿a quién se le puede aplicar esa máxima evangélica?

– A todos los corruptos españoles, desde Iñaki Undargarín al último concejal corrupto, pasando por Francisco Camps. Todos, en el momento que tienen un poco de poder se corrompen.

– Error. El poder no corrompe; atrae a los corruptibles. Una persona honrada saldrá inmaculada de un cargo público. Lo que pasa es que, al olor del dinero “que no es de nadie” los corruptibles acuden en bandadas. ¿Y qué es lo que hace Cristo en estos casos?

– Hace un látigo con unas cuerdas, y se lía a latigazos.

– ¡Magnífico! Es una lástima que los doctores en Sagradas Escrituras y los teólogos no recomendasen al “brazo secular” lo mismo. Es curioso como la Iglesia se muestra férrea en algunos detalles y excesivamente benévola en otros. Quizás porque también tenga cosas que ocultar.

– ¡Cuánto más absoluta es la impunidad, más corrupto se vuelve el individuo!

– No siempre, Adso. Recuerdo que una vez Hitler se encontró en medio de un chaparrón y su guardaespaldas tuvo que comprarle un impermeable de su propio bolsillo. Y cuando intentaron regalarle una finca la rechazó diciendo que no tenía tiempo ni dinero para explotarla. ¡Y más poder que tenía Hitler, no tuvo nadie! Ha habido grandes políticos que han muerto en la miseria. Bolívar, por ejemplo. Los grandes hombres no van a la política para conseguir dinero. Los pequeños sí.

– ¿Y qué se puede hacer?

– En primer lugar, esperar a la sentencia. Toda persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. En segundo lugar, extremar los controles. En tercer lugar, acabar con las complicidades ideológicas. Un corrupto es un corrupto, sea del partido que sea. Y todas, absolutamente todas, las personas honradas deben oponerse a los corruptos sean de su partido o del partido rival. Y, en cuarto lugar, pero no por esto lo menos importante, proclamar bien alto y bien claro que no se puede exigir a los demás una austeridad que políticos y personajillos varios no están dispuestos a practicar. La austeridad debe ser practicada por todos o por nadie.

– ¿Tú crees que así se acabará con la corrupción?

– No. Siempre habrá corrupción, lo mismo que siempre habrá delitos. Pero se acabará con la impunidad.

– Pero reconocerás, fray Guillermo, que el Estado está haciendo un gran esfuerzo para investigar y acabar con la corrupción.

– Dios te oiga, Adso. Dios te oiga. Pero sobre los casos de corrupción descubiertos yo tengo una teoría particular.

– ¿Cuál?

– Una imagen dicen que vale por mil palabras. Mira la foto que encabeza la entrada. Aparte de que es muy bonita ¿te sugiere algo más sobre este tema?

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