Posteado por: fernando2008 | 24 noviembre 2011

Bernard Cornwell. Crónicas del Señor de la Guerra.

Probablemente Arturo no fuera rey, tal vez no existiera siquiera, sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos de los historiadores por negar su existencia, continúa siendo para millones de personas en el mundo lo que el copista dijo de él en el siglo XIV: “Arturus Rex Quondam, Rexque Futurus: Arturo, una vez rey y futuro rey”.
Bernard Cornwell. Excálibur.

 

No. No voy a ponerme, a mi edad, a elucubrar sobre el rey Arturo. Sobre esa figura legendaria, opino lo mismo que Umberto Eco sobre la rosa: que tiene tantos significados que ya no significa nada. Mircea Eliade ha identificado elementos indoeuropeos en la leyenda del Grial. Algunos historiadores se han apresurado a atribuir a Arturo un origen sármata. Otros lo hacen britano, jefe de un “alae” de la caballería romana que no volvió a Roma tras el abandono de Britania. Otros lo han hecho rey de una especie de “Corte de amor” que sitúan en la inexistente Camelot. Otros incluso han llevado yanquis a esa corte. Arturo es como el caldero mágico que Merlín busca en esta trilogía, caldero que después dará lugar a la leyenda del Grial: todo lo que se echa en él, se convierte en algo sobrenatural.

Como veis, he leído muchas cosas sobre Arturo y, después de leer todas estas cosas, pensaba que lo tenía ya todo leído. Me equivocaba. Bernard Cornwell ha logrado sorprenderme, creando la historia de Derfel, esclavo sajón librado por Merlín del “Pozo de la muerte”, acogido por él en Avalón, donde se cría con Morgana, la deforme hermana de Arturo y Minué, la que nosotros conocemos como “La dama del lago”, y consigue llegar a ser un señor de la guerra, señor calcado o quizás precedente de Uhtred de Bebbanburgh. Derfel llegará a ser uno de los lores de Arturo, y uno de sus íntimos amigos. Derfel está locamente enamorado de Ceinwyn, una princesa que en tiempos estuvo prometida con Arturo. Tan enamorado está de ella que consiente en perder su mano izquierda para que Ceinwyn sane de su enfermedad.

Hasta aquí, el argumento de la novela podría engarzarse en el ciclo artúrico sin ninguna dificultad. Pero, entonces, Cornwell hace añicos la leyenda. Arturo es hijo de Uther, pero un bastardo sin derecho al trono. Además, él jamás ambicionó dicho trono. Arturo siempre defenderá el derecho de Mordred, nieto de Uther, a pesar de todas las presiones que ejercen los partidarios de Arturo para que ciña la corona. Cuando la locura bestial de Mordred no le da otra opción, Arturo matará a Mordred, pero nunca le discutirá su legitimidad.

Ginebra es una princesa desterrada y arruinada, que sólo cuenta con su belleza para conseguir la vida que desea y a la que cree tener derecho. Se ha liado con varios nobles, pero cuando ve a Arturo comprende que éste es el guerrero que le conviene. Se desesperará cuando Arturo se mantiene fiel a su rey, y más cuando ve que a lo único que aspira es a una propiedad alejada de las ciudades con vacas, manzanos y una fragua. Profundamente aburrida, monta en su palacio un templo a Isis, comenzando una serie de orgías en las que asumirá el papel de protagonista Lancelot, un ser mezquino, egoísta y cobarde. Lancelot manipula a Ginebra, como a todas las mujeres que le rodean, en provecho propio y, cuando la ve en peligro, no duda en salir corriendo. Paga a todos los bardos que encuentra para que canten sus hazañas guerreras, pero jamás se le verá en la primera línea del combate. Y cuando Derfel, el protagonista de nuestra novela, consigue ponerle la mano encima, Lancelot se arrodilla y suplica piedad.

¿Y qué decimos del Merlín? No es el fiel consejero de Arturo. Es un druida que va por libre. Nadie sabe jamás donde está. Cuando por fin llega a la corte, de lo único que se preocupa es de la calidad del queso que come. Está obsesionado con la tarea de hacer que los antiguos dioses vuelvan a Britania. Cuando lo tiene todo preparado, se echa para atrás, porque el precio que debe pagar es muy alto. Esta cobardía despertará contra él el odio de Minué, una “Dama del lago” frenética, fea, tuerta y maloliente. Esta Minué, la “Dama del lago” correrá tras Derfel para impedirle que tire a Excálibur al mar, pero no lo consigue.

Y así, trozo a trozo, la leyenda de Arturo va cayendo, lo mismo que caen las lanzas de los vencidos. El Grial es un caldero mágico britano, Tristán salva a la jovencísima Isolda de caer en la cama de su viejo padre, hecho por el cual mueren los dos, Galahad es un caballero valiente, pero con el defecto de ser cristiano. Sagramor no es el hijo del rey de Hungría y de una princesa bizantina, sino un númida negro que, con su alfanje, provoca el terror a sus enemigos. El obispo Sansum, cabeza del bando cristiano, “El señor de los ratones” y esposo de Morgana hace gala de la más cerril de las intransigencias. Roba, engaña y al mismo tiempo anuncia a su rebaño que Cristo volverá a la tierra en el año 500 de su muerte. El pobre Arturo, que no cree en los dioses, será atacado tanto por los cristianos como por los paganos.

 

Los enemigos de los britanos, serán los sajones. Bajo el mando de sus reyes, Aelle, padre de Derfel, lo que convierte a nuestro héroe en un desclasado, un hombre a caballo entre dos mundos, y Cerdic, matan, violan, roban. Buscan tierras en Britania, lo mismo que antes lo hicieron los britanos de Arturo y luego lo harán los normandos. Contra ellos lucharán todos los reinos de Britania, tanto los lanceros de Arturo como las tropas de un reino vecino, vestidas con los uniformes romanos y mandados por un general de nombre Agrícola. La historia se repite. Campos conquistados y vueltos a perder una y otra vez, con gran derroche de vidas y de haciendas.

¿Y la Tabla Redonda? Arturo había querido fundar una “Hermandad de Britania”, a semejanza de la hermandad de Mitra, otro de los dioses que asoman sus cuernos por la trilogía. Convocó para ello a las personas más importantes de todos los reinos britanos y, como hacía buen tiempo y no cabían en su salón, la ceremonia se celebró en el jardín. En dicho jardín había una mesa redonda (al fin y al cabo era un simple mueble de jardín) romana y sobre ella se celebró la ceremonia. Arturo era un pesado; insistía en que todos se abrazasen y se juraran amistad eterna. Cuando terminó la sucesión de abrazos, los guerreros que mientras tanto bebían para celebrar esas nuevas amistades, habían bebido demasiado, habían vomitado y habían decorado la sacrosanta mesa redonda con manchas. Manchas no muy heroicas, me temo.

La cita del comienzo de esta entrada es del párrafo final de la tercera novela de la trilogía. Una buena trilogía de 1800 páginas. Nos descubre el Arturo que todos conocemos, el Arturo atemporal, el Arturo cuya efigie encabeza esta entrada, que lo mismo puede ser Roldán que Amadís o que Ricardo Corazón de León. Y como puede ser todos, no es en realidad ninguno. Es sólo un mito.

Sé que me estoy poniendo pesado con Bernard Cornwell. Sé que nunca había repetido autor hasta ahora y de Cornwell llevo ya tres reseñas. Sé que me estoy pasando de la raya con las novelas de aventuras. Lo sé.

Pero, sinceramente, prefiero escribir sobre la Britania de Arturo antes que sobre la España de Rajoy.

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Responses

  1. Suena muy interesante la trilogía. En lo personal, Arturo es uno de los personajes “históricos” de los que sólo me he enterado por el cine y no por los libros.

    Saludos.

  2. Bueno, tan científica es la información del cine como de los libros. Arturo es, en realidad, un cúmulo de leyendas. Pero esta trilogía es muy interesante. Saludos


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