Posteado por: fernando2008 | 9 noviembre 2011

La retirada de la plebe al Monte Sacro.

Hoy quiero contaros una bonita historia. Es la historia de una parte del pueblo romano, la parte más desfavorecida, la plebe, y de un cónsul: Agripa Menenio Lanato.

La plebe romana estaba hasta las narices. Habían pasado ya dieciséis largos años desde que consiguieron echar al último rey, una hazaña gloriosa pero que, al fin y al cabo, no les había servido de nada. Los reyes, desde Etruria, seguían conspirando. Los yernos de los reyes, desde Palma, seguían robando. Los partidos políticos, desde todas partes, seguían robando, conspirando, y tomando a todos por tontos. Las prostitutas, llamadas “lupercas”, aguantaban los “ataques” de los senadores, pero luego los senadores no querían pagar el precio de sus “ataques”. Los banqueros robaban sus propios bancos, y una vez que llevaban el dinero fuera del “limes” de Roma, clamaban que el Senado y el pueblo romano debían recapitalizarlos. Los “señores del ladrillo” gritaban que estaban arruinados y que había que socializar las pérdidas. Lo que hicieron con las ganancias de los tiempos de bonanza, no lo sabía ni la mismísima Sibila de Cumas. Los jueces no ponían remedio a los delitos, enfrascados como estaban en la importantísima cuestión de si la palabra “zorra” aplicada a una mujer, era un insulto o una alabanza a la sagacidad de esa mujer. Y los magistrados… Bueno los magistrados competentes estaban en la frontera europea luchando contra los volscos. Y los no competentes estaban en Capua o en Síbaris.

Así que, la plebe se cansó y se retiró al Monte Sacro para fundar una nueva ciudad. Este monte, como podéis ver por grabado que ilustra la entrada, no era un monte, sino una pequeña colina de unos cincuenta metros de altura. Tampoco es que fuese muy sagrado. Sencillamente era el montículo que usaban los augures, porque era una elevación y estaba a las afueras de Roma, lejos de la contaminación.

La plebe decidió, con muy buen criterio, que si se libraba de todos los parásitos que la sangraban sin darle nada a cambio, vivirían mejor. Al enterarse de esta noticia, Agripa Menenio Lanato palideció. ¡Se les acababa el chollo!

En realidad, Agripa no era cónsul. Lo había sido. Ese año en concreto era el del consulado de Aurunco y Viscelino. Pero veía que peligraba su futuro. Quería volver a ser cónsul. O Imperator, pues los augurios le eran muy favorables. Así que organizó un debate con Sicinio Beluto, el representante de la plebe. Éste le dijo que lo único que les daba Roma era el agua, el aire y algunos pies de tierra para sepultura. Y eso lo podían conseguir en cualquier parte de Italia, sin tener que estar tan oprimidos como lo estaban en Roma. Agripa contestó lo siguiente:

“En cierta ocasión, todos los miembros del cuerpo humano se rebelaron contra el vientre, y le acusaron de que, estándose él solo ocioso y sin contribuir en nada con los demás, todos trabajaban y desempeñaban sus respectivos ministerios, precisamente por contenerle y satisfacer sus apetitos, y que el vientre se había reído de su simpleza, porque no echaban de ver que si tomaba para sí todo el alimento, era para distribuirlo después y dar nutrición a los demás. Pues de esta misma manera – continuó– se conduce con vosotros, ¡oh ciudadanos! el Senado: porque a vosotros refiere cuantos consejos y negocios se ofrecen y con vosotros reparte cuanto hay de útil y provechoso.

Plutarco. Vidas paralelas.

Las encuestas de la televisión y los periódicos del día siguiente dieron vencedor a Agripa. Al ver esto, la plebe volvió a Roma e inmediatamente los patricios la armaron y la enviaron a la guerra contra los volscos. Lo único que consiguió la engañada plebe fue la creación de una nueva magistratura, los tribunos de la plebe. Como era de esperar, los tribunos de la plebe, fueron cada vez más tribunos y menos plebe, hasta el punto que pronto dicho título sería uno más de los títulos que adornarían los edificios después del nombre del emperador.

¿Qué quedó de la retirada de plebe al Monte Sacro? Pues quedó un debate soporífero durante el cual tanto los patricios como los plebeyos se aburrieron como ostras. Y quedó, olvidado en el Monte Sacro un cartel. Una parte del cartel se borró, supongo que por las lágrimas del que lo escribió. Pero yo, gracias a mis conocimientos arqueológicos, y a la maravilla del Adobe Photoshop, he recuperado las dos palabras que faltaban. Aquí lo tenéis. Meditad.

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