Posteado por: fernando2008 | 5 noviembre 2011

Santiago Posterguillo. Los asesinos del emperador.

El destino lo es todo.

Bernard Cornwell. Sajones, vikingos y normandos.

Si comenzase esta entrada hablando de la “analepsis” de esta novela, seguro que muchos de mis lectores no sabrían a qué me refiero. En cambio, si usase el término “flashback”, todo el mundo entendería. Bien; pues esta novela es una gran analepsis. Una analepsis conducida por una mano maestra.

El 18 de septiembre del 96 d. C., se produce el asesinato del emperador Domiciano. No desvelo ningún secreto. Todo aquel que tenga un atlas histórico, o el acceso a Wikipedia, lo sabe. Sin embargo, aun sabiéndolo, la novela mantiene su intriga hasta el final, como si en vez de ser una novela histórica fuese una buenísima novela policíaca.

Hacia este momento y hacia el lugar en que se produce el asesinato, la “Domus Flavia” la mano de Santiago Posterguillo nos lleva con insuperable pericia. Porque el autor va dando saltos en el tiempo. Buscando las causas nos remontamos hasta el imperio de Nerón. Luego asistimos a la orgía de sangre del año 69 d. C., el “año de los cuatro emperadores”. Posteriormente, acompañaremos a Tito en su asedio a Jerusalén, y visitaremos la Itálica de la infancia de Trajano. También asistiremos a las luchas que comanda Trajano en Germania. Y, como aglutinante de todo esto, nunca perderemos de vista el horror del reinado de Domiciano.

Me gusta la novela histórica. Es el género literario que más me gusta. Lamento profundamente haber acabado con la producción de Mika Waltari, Robert Graves, Mary Renault y muchos otros. Por eso me interesa tanto la pluma emergente de Santiago Posterguillo.

Posterguillo sabe de lo que escribe y escribe muy bien. Sabe crear el ambiente histórico y lo adereza, además, con la intriga. Reconozco que el único problema que he tenido con la novela es no habérmela podido leer de una sentada. Cuesta trabajo dejar su lectura, una vez comenzada.

¿Fallos? Todos tenemos fallos. Sé decir en latín “lapsus calami”, pero no sé decir en el mismo idioma “fallos del corrector ortográfico”. Cuando un escritor quiere usar palabras de otro idioma, debe desactivar dicho corrector. Ahora mismo, el mío quiere convertir la palabra “secutor” en “sector”. Y no es lo mismo. Igual que “Arminio” no es “armiño”.

En cuanto a los nombres propios, sinceramente no sé que sería mejor: si ponerlos todos en latín, o ponerlos todos en castellano. Quizás fuera mejor ponerlos todos en castellano. Así no se perdería el tiempo buscando a pie de página el nombre de “Aquincum”, para enterarnos que se refiere a Budapest.

Y en cuanto a los cargos… Recuerdo una deliciosa novela histórica que hablaba del “coronel” Aquiles y del “general” Agamenón. Lo que sí es cierto, o al menos a mí me lo parece, que tanto los nombres propios como los cargos deberían ponerse o todos en castellano, o todos en latín.

Por último, y esto es más importante, los personajes históricos no son blancos o negros. Tienen todos una infinita gama de grises. Ni Domiciano era todo maldad, ni Trajano era todo bondad. Ronald Syme, escribió en el siglo pasado que: “La labor de la pala y el uso del sentido común han hecho mucho por mitigar la influencia de Tácito y Plinio, así como por rescatar la memoria de Domiciano de la infamia o el olvido. Sin embargo, aún queda mucho por hacer”. Ni Tácito ni Plinio tenían muchas simpatías por Domiciano. Pero quizás no fuera el monstruo que describen. Ni el que describe esta obra.

 

“Pecata minuta” os lo aseguro. Posterguillo se ha arriesgado en esta novela a crear varias tramas, varios hilos argumentales que convergen magníficamente hacia la apoteosis final. Una emperatriz, un legado de Germania, un senador respetado, un encargado de las cloacas romanas, un lanista, unos pretorianos, un liberto, consejero imperial, un gladiador, una “gladiatrix”, e incluso un perro, ven como sus vidas van siendo llevadas por el destino, quizás fuera mejor aquí llamarlo “fatum” hacia un nudo sangriento en el que sus vidas se cruzan con la del emperador de Roma. Y, como dice Bernard Cornwell en una de sus novela, el destino, esa fuerza ciega e irracional, superior a los propios dioses, “lo es todo”.

¿Os habéis parado alguna vez a pensar que “Los tres mosqueteros” es, en realidad, la historia del cuarto?. Yo sí. Y por eso me he sentido muy esperanzado con el final de esta novela. Es un final aparentemente decepcionante. Decébalo campa por sus respetos en Dacia, y un tal Adriano aparece de repente, ya bien crecido, en la novela. Sospecho, con alegría, que hay una nueva saga, y que esta nueva saga no ha hecho más que comenzar. Podremos seguir, gracias a la pluma de Posterguillo, las campañas de Trajano por Dacia y Partia. Quizás incluso podremos meternos en la vida de Adriano.

Pero, viendo como aparece Adriano en esta novela, me parece que Santiago Posterguillo no seguirá la línea de Marguerite Yourcenar.

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Responses

  1. En efecto, ¡oh vir clarissimvs!, esta es la primera de una nueva serie de tres.

    Y también en efecto, ¡oh nobilissimvs Ferdinandvx!*, Adriano no es unánimemente admirado por todos, pese, o quizá por, su alma pequeña, cariñosa y huidiza.

    *He aquí un hábil juego de palabras entre tu nombre latinizado y tu condición de guía espiritual de este blog, como no podía ser menos.
    🙂
    Un abrazo.

  2. Muchas gracias, animula bagula, blandula, hospes comesque.Ya me lo maliciaba yo.
    Alguien dijo que Adriano fue un Nerón con un buen sucesor. Desde luego el sucesor fue muy Pío. Pero me temo que no era el trigo limpio de Margarita Yourcenar.


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