Posteado por: fernando2008 | 29 octubre 2011

El medio es el medio.

Cuenta San Agustín, en el libro seis de las Confesiones: “Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua. Muchas veces -pues a nadie se le prohibía entrar, ni había costumbre de avisarle quién venía, lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo, y al cabo de un tiempo nos íbamos, conjeturando que aquel breve intervalo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería que se lo ocupasen en otra cola, tal vez receloso de que un oyente, atento a las dificultades del texto, le pidiera la explicación de un pasaje oscuro o quisiera discutirlo con él, Con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba. Yo entiendo que leía de ese modo por conservar la voz, que se le tomaba con facilidad. En todo caso, cualquiera que fuese el propósito de tal hombre, ciertamente era bueno.”
 

 Tengo una musa. No es una musa al uso porque, a juzgar por las fotos, ya que no le conozco, es bastante feo. Se llama Edgar y es amigo mío. Hoy me ha enviado este párrafo. Y este párrafo me ha hecho meditar, enmendándole la plana al profesor Marshall McLuhan que defendía que el medio es el mensaje. Analizaré pues el medio, sin preocuparme del mensaje.

En el principio fue la Palabra. La sabiduría se trasmitía oralmente, a la luz y al calor de la lumbre. Las noches entonces eran muy largas. Por eso eran tan importantes los viejos. Cuando moría un viejo, una parte importante de la cultura se perdía. Hay que tener en cuenta que la esperanza media de vida en la Prehistoria era de dieciocho años. En el imperio romano, de treinta. Se llegaba a viejo muy rápidamente, y a la tumba más rápidamente aún.

Para recordar bien las cosas, se versificaba el saber. Es más fácil acordarse de un poema que de un árido parlamento. La gente se acordaba de los versos de la Ilíada, y si se le olvidaba alguno, pues seguía el ritmo. Más o menos como hacemos ahora cuando cantamos una canción y no sabemos bien la letra. Incluso las leyes se hacían en verso, para que se recordasen mejor.

Después, apareció la escritura y el aforismo: “La tinta más tenue es mejor que la memoria más brillante”. Y tenía razón. Ganó la escritura, ganó el saber, pero perdió la memoria. Hoy necesitamos agendas, iPhones, iPads para saber incluso dónde vamos a comer. O, por lo menos, los necesitan la gente que come en muchos sitios distintos.

Efectivamente Edgar. Al principio se leía en voz alta. Y nos sólo en voz alta. Se leía con una cosa denominada ritmo por unos y sonsonete por otros. No sólo los juglares recitaban acompañándose de un instrumento musical. Se hacían lecturas públicas, marcando el ritmo. Y no sólo obras literarias. Heródoto (con tilde en la primera “o”, por favor), leyó su “Historia” en la Olimpiada 81ª. Pero la lectura en voz alta tiene un problema: es demasiado lenta. Cuando éramos niños, leíamos en voz alta. Sólo después de dominar la técnica se leía “para sí”, como nos exigían los maestros. Y para algunos virtuosos la lectura mental no es suficiente. En vez de leer de izquierda a derecha, como es nuestro caso, o de derecha a izquierda como es el caso del árabe o del hebreo, leen de arriba abajo. Se gana en rapidez, pero no se pierde nada, os lo aseguro, de información. El único problema que tenemos los que hemos practicado la lectura rápida es que necesitamos comprar más libros que los lectores lentos. Pero ahora, con los libros electrónicos, eso ha dejado de ser un problema.

Evidentemente, no hay lectura sin escritura. Y la escritura es el único arte que ha estado en decadencia desde el momento de su invención. Es decir, que arrastra una decadencia de cinco mil años. Eso es una mala salud de hierro, y lo demás son tonterías.

Reflexionemos sobre la decadencia de la expresión escrita. Posiblemente porque yo sea también un decadente. Pero un decadente optimista.

La venerable escritura sumeria comenzó su decadencia cuando se estableció la escritura cuneiforme. Como no tenían fotocopiadoras ni papel carbón, idearon un ingenioso sistema para hacer copias. Se cogen dos marcos de madera, se rellenan de arcilla, se clava la caña, teniendo cuidado de que atraviese las dos tablillas, se meten en el horno, se endurecen y ¡voilá! Ya tenemos dos copias iguales de un escrito. Si queremos diez copias sólo tenemos que buscar una caña lo suficientemente larga. ¡Qué decadencia!

Los egipcios, esos decadentes, dan una vuelta más de tuerca. Tienen una escritura guay, la hierática, con sus jeroglíficos perfectamente esculpidos en los obeliscos. Pero los escribas egipcios cobran por carta escrita. Hay que simplificar. E inventan la escritura demótica, la del pueblo, que les permiten facturar diez cartas al día. La escritura no es tan bonita, pero se entiende, que es lo que al final importa.

Los griegos también, aportan su granito de arena a esa decadencia. Tanto egipcios como hebreos leían sus libros en rollos de papiro. Pero, siempre hay un pero, Pérgamo intentó hacerle la competencia a la gran biblioteca de Alejandría. Los Láguida no podían tolerar ser relegados a un segundo puesto, y prohibieron que se vendiese papiro a Pérgamo. Los de Pérgamo no tenían papiro. En ningún lugar del mundo crece el papiro más que Egipto. Bueno, esto no es del todo cierto. Existe también en Sicilia, en Siracusa, en una maravillosa península que se llama Ortigia. Península ahora; en tiempos de los griegos, era una isla. Y en esa península está la fuente de Aretusa. Al comienzo de la entrada me tenéis delante de esa fuente. Las plantas que están debajo, son los famosos papiros.

Decíamos que los de Pérgamo, no tenían papiros, pero tenían rebaños de ovejas. E inventaron el pergamino. Cuando judíos y egipcios protestaron airadamente, los de Pérgamo contestaron: ” ¡Corta el rollo!” Y efectivamente, lo cortaron. A partir de entonces, en vez de rollos hay libros, con páginas cosidas y encuadernadas. Los puristas dijeron que cuando se pasaba la página se perdía el hilo del razonamiento. Pero los decadentes no les hicieron caso.

Y pasamos a Roma. En la ciudad de la siete colinas había escritores que tenían un estilo muy agudo.  No podían por menos. El “stilus” era el instrumento metálico que servía para escribir en las tablillas recubiertas de cera. La firma era la impronta del sello del anillo que todo ciudadano romano tenía derecho a exhibir.  Alguien ha dicho que en el cuerpo de César no sólo había heridas de puñales, sino también marcas de stilus. Esperemos que los agudos estilos actuales no tomen de los romanos ese mal precedente. Aunque hay que reconocer que, en la cuestión de la escritura, los romanos no fueron nada decadentes.

Llegamos al gran momento de la escritura: La Edad Media. Los monjes se pasaban horas y horas escribiendo. Escribían, miniaban, hacían letras unciales… Un primor. Hay en la biblioteca de El Escorial un Corán que es una maravilla. Escrito todo a base de letras recortadas de una chapa de oro y pegadas una a una. Bueno, en la Edad Media no había prisas. Los códices que se hacían eran preciosos. El hecho de que dichos códices fueran muy pocos y de que muchos monjes copistas no supiesen leer, no debe preocuparnos.

En la Edad Moderna, vuelta a la decadencia. Gutemberg inventa la imprenta. Aunque los primeros incunables intentan parecerse lo más posible a los códices medievales, hay que reconocer que son más feos. Además, son muy baratos. ¡Cada persona, qué horror, puede tener un libro! E incluso libros en su propio idioma. Las masas acceden a la cultura. Peligroso, muy peligroso.

Pero, antes de imprimir un libro hay que escribirlo.  Volvemos al noble arte: pluma, tintero, salvilla. E incluso esto comienza a estar en decadencia. Los soldados de la Guerra de Secesión norteamericana necesitaban escribir a sus casas y no podían llevar encima sus tinteros y sus plumas de ganso, ni siquiera para escribir gansadas. Un comerciante decadente inventa el lápiz de tinta. Ya se puede escribir humedeciendo la mina del lápiz con saliva. ¡Decadencia! ¡Se está perdiendo el noble arte de la caligrafía! grita un pastor protestante de aquella época. Sin embargo a los soldados no les importaba perder ese arte. Y a sus familias menos.

Después, estilográficas, bolígrafos, rotuladores. ¡Pobre caligrafía! ¡Pobre ortografía! ¡La canalla entera se ha puesto a escribir! El noble arte epistolar salta por los aires. Nunca más se volverá a escribir una novela como “Las amistades peligrosas”.

Bajamos un nuevo escalón más hacia el abismo. Los procesadores de texto. Miles de tipos de letras, incluso con una caligrafía esplendorosa y con una ortografía a la última. El procesador de texto no nos permite cometer faltas. Pero, pero,   ¡ya no se usa ni siquiera el bolígrafo, esa máquina de decadencia!. Pulsamos una tecla, pero no sabemos escribir una letra. Se pierden las cartas, con sus sellos y sus sobres, se pierde el acariciar la textura de las páginas impresas, antes diabólicas. Se pierde la elegancia de las encuadernaciones con sus cueros y sus letras de oro. Sólo emails y .pdf.

Y, por perder, perdemos hasta la elegancia de las pantallas de ordenador con sus textos en “Times” y sus fotos maquetadas. El móvil tiene una pantalla muy chica. Hay que ganar tiempo. Suprimimos la mitad de las letras, ignoramos los signos de puntuación y la ortografía es algo tan antiguo como las tablillas de barro. ¿Se puede llegar a mayor decadencia?

Pues sí, seguro que se puede. Dentro de poco tiempo, muy poco, encontraremos nuevas formas de decadencia.  Los caminos de esa decadencia ya han sido apuntados por Teilhard de Chardin (y por Asimov, que caramba): Cosmogénesis, Biogénesis, Antropogénesis, Noogénesis, Filogénesis, hasta llegar al punto Omega. Espero vivir alguna de estas decadentes etapas. Y os aseguro que “cuando esté sentado en las playas de la Eternidad”, tres leches me importará haber perdido los nobles artes de la Lectura y de la Escritura.

Pero, mientras tanto, seguiré alimentando a mi insaciable iPad con los decadentes libros electrónicos.

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Responses

  1. Vaya musa me has hecho, Fernando! Pero ha juzgar por este artículo, que es buenísimo, no hago mal la faena.

    Una de las características que compartimos muchos de los lectores empedernidos, es que nos gusta leer libros que hablan sobre libros. Es una de las razones por las que disfruto las obras de Umberto Eco o de Jorge Luis Borges. Este último imaginaba el paraiso en la forma de una biblioteca. ¿Qué pensaría de esta modernidad? ¿Pensaría que es triste que su soñado paraíso se ha vuelto innecesario? Yo creo que estaría feliz, ahora no necesitaría una biblioteca infinita ocupando todo el espacio, ahora podría tener su iPad, y usar el resto de su jardín con, digamos, diez mil vírgenes.

  2. No sólo no lo haces mal, Edgar, lo haces muy bien. Leyendo lo que acabas de escribir se me está ocurriendo una nueva entrada, sobre libros extraños.
    Recuerdo el cuento de una niña que disfrutaba leyendo y tenía la virtud de que, cuando terminaba de leer, se le olvidaba completamente todo y podía volver a comenzar.
    A mí me gustaría olvidar completamente a Borges, a Mújica Láinez, a Eco, a Asimov para poder volver a leerlos. Pero como he ido consiguiendo un montón de libros electrónicos, (100.000 nada menos) a lo mejor no lo necesito.
    P.D. ¿No son muchas diez mil vírgenes? A mí me aterraría la idea.

  3. No, creo que diez mil es un número adecuado para una eternidad.

    Te dejo un video que parodia el problema de la “resistencia al cambio” aplicada precisamente a los libros: http://www.youtube.com/watch?v=0Cd7Bsp3dDo

  4. Bueno, bueno. Sí tú crees que es el número adecuado…
    En cuanto al vídeo, me recuerda la anécdota de unos “sabios” franceses que decían que del cielo no pueden caer piedras, porque en el cielo no hay piedras.


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