Posteado por: fernando2008 | 9 octubre 2011

Los talibán. Ahmed Rashid.

Hoy se cumplen diez años de la entrada de las tropas norteamericanas en Afganistán. Y hoy he visto en el telediario una cara conocida: Ahmed Rashid.

Ahmed es un periodista paquistaní, pero no es un periodista al uso. Fue primero un guerrillero que luchó contra una de las múltiples dictaduras militares que ha sufrido su país. Cansado y fracasado, abandonó la guerrilla y se dedicó desde entonces a investigar el avispero de Asia Central. Fruto de esas investigaciones es este libro un poco antiguo, lo publicó en el 2000, pero todavía de vigente actualidad y, sobre todo, muy esclarecedor.

En primer lugar, definamos “talibán”. “Talibán” es plural; el singular es “talib”. Por lo tanto, quienes hablan de los “talibanes” están creando una monstruosidad gramatical, poniendo en plural español una palabra árabe que ya está en plural. “Talib” es estudiante, pero un estudiante completamente especializado. Sólo estudian el Corán y la literatura religiosa musulmana más integrista. Y lo estudian en las “madrazas” o “medersas”. Estas palabras significan “escuela” en general, pero aquí la tomamos por “escuela coránica”. No pensemos en un colegio con internado occidental. Algunas madrazas lo son, pero en Afganistán lo más normal es que la mezquita sirva al mismo tiempo como lugar de oración, de clase y de habitación donde viven los alumnos en condiciones bastante incómodas, durmiendo en el suelo, hacinados en la sala de oración, y reciben las enseñanzas del “mulá”, hombre experto en el Islam, aunque el título, como los currículos de estas personas, sean bastante indefinidos.

Presentados los protagonistas, pasemos ahora al escenario. Afganistán ha sido y es, un cruce de caminos. Caminos como el que siguió Alejandro Magno cuando lo invade por ser parte del imperio aqueménide. Caminos como la Ruta de la Seda, bautizada así por el barón Ferdinand Freiherr von Richthofen (No, no lo es. Es el tío de Manfred von Richthofen). Aunque por ese camino no sólo llegaba la seda. Llegaban muchas otras mercancías y, sobre todo, llegaban muchas religiones y filosofías. Caminos por donde quieren transportar ahora el oro negro: los oleoductos.

Si Afganistán estuviera en otro sitio, apenas oiríamos hablar de él. Sería como Nepal o Buthán. Pero está en la encrucijada, y todos los imperios han intentado anexionárselo. Era el trofeo de “El gran juego” el juego que jugaban Rusia e Inglaterra por el dominio de Asia Central. En 1919 conseguirá la independencia del imperio británico, pero en 1978 un gobierno comunista subirá al poder y reclamará la ayuda de la Unión Soviética. En la manera más canónica de la Guerra Fría, la U.R.S.S. entrará por un lado y Estados Unidos comenzará a pinchar por otro. La C.I.A. mandará a Afganistán a su mejores agentes para que luchen contra los soviéticos. Entre estos agentes americanos destacará Osama ben Laden.

Los soviéticos son vencidos. En realidad, los imperios no han dominado Afganistán durante mucho tiempo. Puede ser por lo accidentado del terreno. Puede ser por la idiosincrasia de su gente. Y puede ser, sobre todo, porque Afganistán es una pesadilla de razas. Están los pasthún, la más numerosa, los uzbekos, los tayikos, los hazaras los kirguises, los turcomanos, etc. Y dentro de estas numerosas etnias, cada una con un origen distinto, hay infinitas subdivisiones. Además, el “Loya Jirga” o Gran Consejo, el organismo que reúne de jefes tribales, ulemas y otros representantes para elegir un nuevo rey afgano y que es el principal organismo legislativo del país, no siempre puede hacerse obedecer. Hay, por ejemplo, señores de la guerra muy famosos como Gulbuddin Hikmetyar, Abdul Rashid Dostum y Ahmad Sah Masud, líderes carismáticos que han luchado contra el comunismo y luego luchan con y contra los talibán cambiando de bando cuando mejor les conviene. No tienen ideología; la guerra es su medio de vida.

Para animar aún más la cosas, los estados vecinos se unen entusiásticamente a esta lucha de todos contra todos. Irán, la Unión Soviética, Estados Unidos y, sobre todo Paquistán. Los jefes militares paquistaníes tienen la paranoia del enfrentamiento con la India, enfrentamiento que se está realizando ya en la región de Cachemira. Necesitan lo que ellos llaman la “profundidad estratégica”, espacio para maniobrar en caso de que la India les ataque. E intervienen descaradamente en Afganistán, apoyando a los talibán. Dado que en aquellas montañas el concepto de frontera es algo vago, la mayoría de los talibán han recibido su educación en medersas paquistaníes. El I.S.I., Servicio Secreto paquistaní, ayuda a los talibán de todas las formas posibles. Incluso tropas paquistaníes participaron alguna vez en las batallas al lado de los talibán. Paquistán intenta desde el comienzo controlar a los talibán, pero acaba siendo controlado por ellos. Y lo hacen enfrentando a unos burócratas con otros, promocionando la insurgencia pasthún dentro del propio Paquistán y, sobre todo, gracias a la A.T.T. Afgan Transit Trade, la asociación de camionero afganos que han convertido la Ruta de la Seda en la mayor ruta del contrabando del mundo. Ahmed Rashid, que es paquistaní, no lo olvidemos, nos revela el escalofriante dato de que Paquistán, con sus fábricas y su electricidad por todo el país, importó aparatos acondicionadores de aire en 1994 por un valor de 30 millones de rupias. Afganistán en ese mismo año, sin tener una red eléctrica, importó los mismos aparatos por valor de 1000 millones de rupias. Dichos acondicionadores no pueden funcionar en Afganistán; pero aparecen a mitad de precio en los bazares paquistaníes y hunden la industria local.

El contrabando es la gran fuente de divisas de los talibán. Como en un principio tienen bastante recelo con respecto a los bancos, el dinero talibán se guarda en una gran caja metálica debajo de la cama del mulá Omar. Se guarda y apenas se gasta, porque los talibán no reciben un sueldo por su trabajo. Sólo se les da alojamiento y comida. Los únicos sueldos que se pagan son a los mercenarios extranjeros, pilotos y mecánicos principalmente.

La otra gran fuente de ingresos de los talibán es la heroína. Afganistán produce el 50% de la heroína que se consume en el mundo y el 96% de la droga afgana proviene de los lugares controlados por los talibán. Además, la heroína es una mercancía muy agradecida. Sólo el 1% de su precio son costes de producción. El 99% restante queda como ganancia de los traficantes.

Los productos tóxicos están terminantemente prohibidos por el Corán. Ante esta prohibición, los talibán han reaccionado de la siguiente manera: el hachís, que es lo que consumen los afganos, está terminantemente prohibido y ha sido erradicado de Afganistán. A los drogadictos se les cura a base de palizas y metiéndoles en agua fría hasta que se les pase el mono. La heroína, en cambio, sí puede venderse, porque quienes la compran son infieles. Y los talibán la gravan con el “zakat”, impuesto admitido por el Corán y que es el 20% del valor del opio.

Pero la figura más curiosa del libro, por la relevancia que tuvo después, es la de Osama ben Laden, el hijo 17º de los 57 hijos de Mohamed bin Laden. Dada la fortuna de su familia, impresionante aún en términos saudíes, Osama estudió administración comercial. Nada en él ni en su familia auguraba destinos sangrientos. Al final de esta entrada tenéis una foto suya con alguno de sus hermanos. Osama es el del círculo. Excepto por el número de hermanos, podía ser una familia normal de los años 70. ¿Reconocéis en ese chico sonriente al monstruo enemigo de la humanidad?. Yo no.

Sin embargo, Osama no se dedicó a administrar las empresas de su padre. Su espíritu inquieto le hace ingresar en la C.I.A. y en 1980 marcha a Pesawar en Afganistán, para construir el túnel de Khost, depósito de armas y centro de entrenamiento de los combatientes afganos contra los soviéticos. Los saudíes aportan el dinero y los EE.UU. las armas. Tan bien lo hace Osama que a la muerte de su jefe es ascendido y fundará una organización para ayudar a los muyahidines afganos y a sus familias. La organización se llamará la “Base Militar”, aunque será más conocida por su nombre en árabe sin traducir: Al Qaeda. Cuando los soviéticos son vencidos, Osama se niega a quedar en el paro, como la C.I.A. pretendía que quedaran muchos de sus compañeros. Y se establece por su cuenta. El pretexto para la ruptura es que Osama no acepta que en la sagrada tierra de Arabia se asienten soldados norteamericanos. Si tenemos en cuenta que fue Arabia la que llamó a esos soldados, el pretexto es poco consistente. Pero el caso es que Osama se convierte de la noche a la mañana en el furibundo integrista que conocemos. Para asesinarle y vengar así la masacre de las Torres Gemelas, el ejército de EE.UU., y el de España, todo hay que decirlo, invade Afganistán, iniciando una guerra que iba a ser relámpago, pero de la que hoy se cumple el décimo aniversario. Por supuesto, Osama ben Laden no estaba en el incómodo Afganistán. Vivía tranquilamente en una zona residencial de Abbottabad, ciudad residencial de Paquistán, famosa por su buen clima y a pocos metros de la academia general del ejército paquistaní.

Mentiras, mentiras, mentiras. Esto último no lo dice Ahmed Rashid, porque el libro se escribió once años antes de la muerte de Osama. Pero este libro nos destruye muchas de las ideas que tenemos, ideas falsas que nos han inculcado tanto una parte como otra.

¿Cuál es la realidad? Pues la realidad es la que retrata magistralmente Rasahid en el último capítulo del libro que se titula “El futuro de Afganistán”. Os copio un párrafo como muestra.

“En 1995, el secretario general de la ONU, Boutros Boutros-Ghali, dijo que Afganistán se había convertido en «uno de los conflictos huérfanos del mundo, esos que Occidente, selectivo y promiscuo en su atención, prefiere dejar de lado a favor de Yugoslavia». El mundo había apartado la vista de Afganistán, dejando que la guerra civil, la fragmentación étnica y la polarización desembocaran en la quiebra del estado. El país ha dejado de existir como un estado viable, y cuando un estado quiebra, la sociedad civil es destruida. Generaciones de niños crecen sin raíces, sin identidad ni razón para vivir salvo la de luchar. Los adultos están traumatizados y sufren brutalidades, y no conocen más que la guerra y el poder de los señores de la guerra. Lakhdar Brahimi, el mediador de la ONU, manifestó: «Estamos tratando con un estado en quiebra que parece una herida infectada. Uno ni siquiera sabe por dónde empezar a limpiarla».Toda la población afgana ha sido desplazada, no sólo una sino muchas veces. La destrucción física de Kabul se ha convertido en el Dresde de fines del siglo XX. El cruce de caminos de Asia en la antigua Ruta de la Seda no es ahora más que kilómetros de cascotes. No existe nada parecido a una infraestructura capaz de sostener a una sociedad, ni siquiera en el mínimo denominador común de la pobreza. En 1998, la Cruz Roja Internacional informó de que el número de familias afganas a cuyo frente estaba una persona discapacitada era de 63.000, y sólo en ese año hubo 45.000 heridos de guerra. Ni siquiera existía un cálculo de los muertos. Las únicas factorías productivas del país son aquéllas en las que las agencias de ayuda fabrican miembros artificiales, muletas y sillas de ruedas.
Las divisiones de Afganistán son múltiples: étnicas, sectarias, rurales y urbanas, incultas y cultas, los que tienen armas y los que han sido desarmados. La economía es un agujero negro que está succionando a sus vecinos, al tiempo que los socava, con el comercio ilícito y el contrabando de drogas y armas”.

Esa el la verdad. Lo demás, es propaganda.

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Responses

  1. Como siempre, un relato amplio y contundente. 🙂

  2. Gracias Jomer. ¿No es demasiado amplio? A pesar de dejarme muchas cosas en el tintero, como la brutal aplicación de la sharía por los talibán, privando a las mujeres de todos sus derechos, convirtiendo los campos de fútbol en patíbulos para sus ejecuciones y prohibiendo hasta las cometas, el tema es tan complejo que no he podido resumirlo más.

  3. Existe un pasaje en las películas de El Señor de los Anillos en que Sam dice a Frodo: ” Esas historias de las que no quieres saber el final. ¿Por qué cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá a ser el mundo lo que era después de tanta maldad como ha sufrido?”

    Aunque claro, el mundo no “vuelve” a un estado paradisiaco. Nunca ha sido tal cosa.

  4. Nunca ha sido un paraíso, Edgar, pero ahora se está convirtiendo en un infierno. Si eliminásemos a banqueros y políticos nadaríamos en la riqueza.

  5. Lo que realmente me duele es la cercanía de las frases de esta entrada. Es difícil sentir en la propia piel los problemas del pueblo afgano, pero México ha sido durante los últimos años un lugar que tiende a peor, con una sociedad corrompida y un gobierno en manos de delincuentes. No es una exageración, día tras día ex-funcionarios públicos caen en prisión o son investigados, las fuerzas policiacas totalmente absorbidas por los grupos criminales, y una sociedad que se niega a aceptar que el problema no son “los otros” sino ella misma. Disculpa que me desvié del tema de medio oriente y de la política internacional, pero es imposible para mi no reaccionar así ante frases como “Estamos tratando con un estado en quiebra que parece una herida infectada. Uno ni siquiera sabe por dónde empezar a limpiarl”.

  6. Yo también pensé mucho en México leyendo lo de Afganistán. Por la quiebra del Estado, por el peligro de la droga que lo empapa todo. Y pensé en la frase:¡ Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!

  7. Entre mis lecturas de Sherlock Holmes (con las constantes referencias a la guerra en Afganistán) y este artículo tuyo, me dio por empezar a leer el libro “The Anglo-Afghan Wars 1839-1919” de Gregory Fermont-Barnes. Lamentablemente es un libro publicado en 2009, espero que no esté demasiado contaminado por los sucesos post-2001.

    Saludos.

  8. Desgraciadamente, yo no puedo leer ya a Conan Doyle. No conozco el libro que dices. Pero Afganistán es, y seguirá siendo durante mucho tiempo, un avispero sin solución.

  9. LAS DROGAS NO SE DEBEN VENDER EN EL MUNDO

  10. De acuerdo, pero no grite.


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