Posteado por: fernando2008 | 20 septiembre 2011

Paulina Gedge. La dama del Nilo.

“Si las mujeres mandasen
en vez de mandar los hombres
serían balsas de aceite
los pueblos y las naciones”
Gigantes y cabezudos. Zarzuela.
 

 Una vez más, y van tres en el último mes, me encuentro leyendo una novela histórica que trata de la ambición del poder por parte de una mujer. Es lógico. Aunque soy viejo, no leo novelas de amor. Las novelas sobre mujeres que leo, son todas históricas.

Pero esta entrada tratará de dos grandes mujeres. En primer lugar de Paulina Gedge. Paulina nació en Nueva Zelanda, vivió en Inglaterra, y ahora vive en Canadá. Como veis, lugares todos muy alejados del caluroso Egipto.

Sin embargo, pocas personas como Paulina han logrado captar no sólo la historia del Egipto faraónico, sino incluso su clima, su ambiente. El sonido del canto de los barqueros, el calor asfixiante del día, la frescura de la noche, el polvo del desierto. Ese polvo que se deposita en las joyas y se mete por los pliegues del faldellín masculino de Hatshepsut.

La otra figura femenina es, evidentemente, Hatshepsut. En el antiguo Egipto sólo podían reinar los varones. Pero, quizás resto del matriarcado anterior, si es que dicho matriarcado existió alguna vez, sólo las mujeres transmitían la realeza.

Y así nos encontramos con esta mujer, hija de los dioses, que podía dar a su marido la doble corona de Egipto, pero no podía ostentarla ella. Sin embargo, Hatshepsut tiene un carácter demasiado fuerte para aceptar plácidamente esa situación. Desde pequeña se entrena en el uso de las armas y estudia las funciones de un monarca, monarca absoluto además. El heredero del trono, Tutmés, es un chico abúlico, que dedica todo su tiempo a divertirse y que está firmemente convencido de que la doble corona le pertenece por derecho divino. Pero, y éste es un pensamiento muy actual, no entiende que su derecho lleve aparejado el correspondiente deber; prefiere ir de fiesta antes que ir a las reuniones de gobierno, y sigue cómodamente en litera, la marcha del ejército, cuando debía estar al frente de dicho ejército en su carro de guerra. Como hace Hatshepsut.

Si hubiese alguna necesidad de atacar la institución de la monarquía, ésta sería la principal razón. Si Dios designa claramente quién debe ser rey mediante el nacimiento, lo que ya no está tan claro es como ese Dios Omnipotente y Misericordioso, designa para dicho puesto a personas absolutamente incompetentes. El mismo Dios que designó a Carlos I, con todos los reparos que se le pueden y deben poner a esta persona, designó después a Carlos II. El Dios que designó a Isabel I, con todos los reparos que se le pueden y deben poner a esta persona, designó después a Isabel II. El mismo Dios que coronó a Fernando III coronó, después a Fernando VII. Dios, Patria, Rey. Muy bonito sobre el papel, pero luego algo falla en la realidad.

Otra de las ideas que me ha inspirado esta novela la tenéis al comienzo de esta entrada. Si las mujeres mandasen, otra sería la historia. Una madre no manda alegremente a su hijo a una guerra. Pues no. Es mentira. Cuando las mujeres han mandado las guerras han seguido. Y han sido guerras tan mortíferas como las comandadas por los hombres. Hubo guerras en tiempos de Isabel I e Isabel II. Hubo guerras en los reinados de Victoria de Inglaterra y Catalina de Rusia. Benazir Bhutto, prestó apoyo político y financiero a los talibán. Y murió asesinada. Lo mismo que Indira Gandhi, primera ministra de la India, que luchó sin descanso contra las ideas de los sijs, hasta que treinta y una balas de estos sijs la abatieron. Tampoco le tembló el pulso a Margaret Thatcher al declarar la guerra a Argentina. Como no le tembló a Hatshepsut.

Pero nos hemos desviado mucho del tema original de esta entrada. Estamos tratando la magnífica novela de Gedge sobre la vida de Hatshepsut, reina hija de faraones que ve a su hermano-esposo incapaz de reinar, y se encarga ella de la tarea en segundo plano. Cuando muere el faraón, ella se corona faraón con la complicidad de los nobles, los cuales la admiraban como persona y como estadista. Y como soldado. Adopta todos los títulos del faraón menos uno: el de “Poderoso Toro”. Una mujer, aunque sea faraón, no puede andar por ahí fecundando a troche y a moche. Acto seguido, se pone a gobernar ya sin tapujos. Y lo hace muy bien.

El tiempo pasa y para una ambición sin límites como la de nuestra protagonista, una vida es demasiado poco. Quiere que sus hijos la sucedan en el trono. Pero una vez más, la omnipotencia divina, hacedora de reyes, falla. Hatshepsut tendrá sólo dos hijas: una tímida y delicada, sin el más mínimo interés por reinar, que muere pronto, y otra retorcida y falsa, cuyo único deseo es el de ser reina, casándose con su primo. Quiere ser reina, no faraón. Y odia a su madre, a la que debe todo.

Asistimos entonces al desmoronamiento de Hatshepsut. Ni su templo, que construye y adorna con árboles de mirra traídos del lejano Punt, ni su amante y primer ministro Senmut, consiguen arrancarla de esa depresión. Llega un momento que en incluso ayuda a su sobrino Tutmés, el cual tiene una ambición igual que la de su tía, pero tiene la suerte de ser varón, a forjar su caída. Aparta de sí a sus leales, que son inmediatamente asesinados, y recibe la última visita de Tutmés que, impaciente, le anuncia cuál será su futuro. El último párrafo del discurso del nuevo faraón es todo un análisis psicológico.

“Basta Hatshepsut, termina de una vez. Has vivido como ninguna reina lo ha hecho antes que tú. Has exprimido a fondo los frutos del poder. Has paladeado la gloria de los dioses, pero sigues llena de codicia. Lo he visto en tus ojos. Lo veo en este preciso instante: un brillo que me habla de la esperanzan de que yo desaparezca y las cosas vuelvan a ser como deseas. Pero esto ya no podrá ser.”

Y un atardecer, Hatshepsut bebe por su propia mano la copa de veneno, escuchando una antiquísima canción de amor. Mientras su padre Ra se retira, ve abrirse una puerta luminosa tras la cual está su amante Senmut, el descanso y la inmortalidad.

Hatshepsut.

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Responses

  1. Me encantó el libro. Lo leí a la vuelta de un viaje a Egipto alucinante. El palacio en el Valle de las Reinas se conserva de maravilla. Y es verdad que el ambiente está perfectamente plasmado. Creo que aún no has ido.¡Tienes que ir! Creo que ahora será muy baratito, aunque no sé cómo de seguro.

  2. Iré, por supuesto que iré, aunque no sea seguro.


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