Posteado por: fernando2008 | 8 septiembre 2011

Sobre los recortes en Educación.

 
«Solamente el hombre sabio no se siente extranjero en países lejanos, sólo él cuenta con numerosos amigos aunque haya perdido a sus familiares y parientes; en cualquier ciudad se comporta como un ciudadano más y sin ninguna clase de temor está capacitado para subestimar los infortunios; quien piense que la verdadera protección la dan únicamente las riquezas y no las ciencias, es como si marchara por caminos resbaladizos y, con toda seguridad, será víctima de una vida inestable e insegura.»
Teofrasto.
 
La Fortuna regala pocas cosas al sabio, pues las cosas más altas se gobiernan con el entendimiento y la prudencia de ánimo.
Epicuro.

Sé que este tema no se puede tratar como es debido si no se aportan cifras, porcentajes del P.I.B., datos, etc. Por eso, como no quiero aburriros, me limitaré a contaros un cuento.

Había una vez un filósofo que se llamaba Aristipo. Dicho filósofo había aprendido muchas cosas de Sócrates, pero otras las había descubierto por su cuenta. Como, por ejemplo, el cobrar. Fue el primero de los discípulos de Sócrates que cobró dinero por sus clases.

En cierta ocasión, Aristipo naufragó y fue arrojado, maltrecho y desnudo, a las costas de Rodas, junto a sus compañeros de navegación. Éstos se desesperaron pero él, al advertir unas figuras geométricas dibujadas en la arena, gritó: “Tengamos confianza, pues observo huellas humanas.” Debo deciros que, en aquella época, el estudio de la geometría, parte fundamental entonces de la Filosofía, se hacía dibujando en la arena con un palo. Según las malas lenguas, cuando Platón fue a Siracusa, sobre el palacio del tirano Dionisio en Ortigia había siempre una nube de polvo, producida por los dibujos en el suelo de los geómetras aficionados. Pero volvamos a Aristipo y sus compañeros.

Desnudos y hambrientos se encaminaron hacia la ciudad de Rodas. Cuando llegó a ella, Aristipo se dirigió hacia el gimnasio y allí empezó a discutir sobre temas filosóficos.

Sus oyentes quedaron admirados por su sabiduría y le dieron de comer. Una segunda conferencia hizo que le obsequiaran con algunos vestidos, tanto para él como para sus compañeros. La tercera conferencia le proporcionó numerosos regalos que no solamente le sirvieron para equiparse él de manera distinguida, sino que también suministró a sus compañeros vestidos y todo lo necesario para vivir. A la quinta, los rodios decidieron que no dejar escapar a aquel cerebro y le costearon un local para que pudiese dar clase. Cuentan las crónicas que Aristipo aceptó el préstamo y en poco tiempo lo devolvió, quedando dueño de su propia escuela.

Sus compañeros, que echaban de menos su país, quisieron regresar a él. Cuando embarcaron se despidieron de Aristipo y le preguntaron si quería darles algún mensaje para su casa. Les ordenó que dijeran: “Es preciso equipar a los hijos con recursos los cuales puedan ponerse a salvo, incluso en un naufragio. Porque aquellos son los verdaderos amparos de la vida, a los cuales ni la adversa tempestad de la fortuna, ni la variedad de las cosas comunes, ni los destrozos de la guerra pueden afectar”. Y se despidió de ellos, volviendo a su escuela.

¿Os ha gustado el cuento? ¿A que es bonito? Lástima que no lo haya inventado yo. Lo leí en el prefacio al libro VI “De architectura” de Vitrubio. Pero nuestros políticos no leen. Si leyesen sabrían que la educación es la base de todo. Sin educación no podríamos tener ingenieros, por lo tanto no podemos tener carreteras. Tampoco podríamos tener médicos, con lo cual la sanidad se hundiría.

Pero hay una cosa que nuestros políticos saben muy bien: con educación no es posible hacer demagogia. Por eso, mientras que defienden la educación en público, el privado intentan socavarla por todos los medios.

Hablando de socavar, estamos asistiendo a una polémica que sería estúpida si no fuese malintencionada. La polémica de las horas que trabajan los maestros.

¿Cobra la Pantoja miles de euros por trabajar dos horas en el escenario?.

¿Habéis oído alguna vez a alguien decir “No me explico por qué a ese actor se le han pagado tantos millones. Al fin y al cabo, la película sólo ha durado hora y media”?. No. Si alguien dijese estos, sería tachado de ignorante. Sin embargo, muchos ignorantes, que lo son o se lo hacen, saltan a los medios de comunicación escandalizándose por el número de horas presenciales de los maestros y profesores.

En cierta ocasión, una madre me planteó esta pregunta, y recibió la respuesta que se merecía: “Señora, cuando usted sale de su trabajo, sale con un bolso donde hay únicamente un pintalabios. Cuando yo salgo, salgo con una cartera llena de papeles, papeles que deben estar gestionados impepinablemente mañana por la mañana, cuando comience mi clase”.

Quizás en el fondo de esta cuestión subyace algo mucho más profundo que el número de horas: el fin último de la educación. No importa lo que les diga el profesor. No importa lo que hagan en clase. ¡Mantened a mis hijos recogidos el mayor número de horas posible y yo estaré así tranquilo! Y cuando salga de clase ya le buscaré alguna actividad extraescolar de judo, guitarra o macramé. El caso es que no moleste en casa. Para estos padres la polémica, efectivamente, tiene sentido. Las únicas horas que cuentan es las que mantenemos a su hijo aparcado en clase y vigilamos el aparcamiento. Lo que hagamos durante esas horas, no importa.

Pasemos al otro argumento, tan falaz como el anterior o más: los profesores tienen un trabajo asegurado de por vida.

Confieso que presumo de ecuánime y reflexivo. Ante la indignación solía recomendar a mis alumnos que contasen hasta diez y luego hablasen. Quizás aquí habría que contar hasta mil… y luego guardar un prudente silencio. Pero no lo voy a hacer.

¿Quién me ha dado un trabajo fijo de por vida? ¿La gracia de Dios? ¿Los méritos de mis antepasados? ¿El político de turno? ¿El soborno?

No. Ha sido un trabajo y un estudio de toda una vida. Ha sido un bachillerato, una carrera universitaria y dos oposiciones ganadas. Mientras los que envidian ahora se dedicaban a ganar dinero y a divertirse yo me fastidiaba en mi casa estudiando y trabajando al mismo tiempo. Luego, cuando conseguí el trabajo, vinieron los ocho cambios de centro con sus respectivas mudanzas y todos los problemas familiares que eso conlleva. Pero eso no aparece en ningún sitio. Parece como si un buen día me levanté y recibí ese trabajo vitalicio, como si recibiera un título nobiliario. Sin ningún mérito por mi parte, como resultado de una injusticia social de la que soy beneficiario. Pues os digo, bien alto y bien claro, que el camino para conseguir un trabajo vitalicio está abierto a todos, sin distinción de clases sociales. Sólo tenéis que hacer lo que hemos hecho mis compañeros y yo. ¿Cabe mayor igualdad?

Termino antes de que la temperatura suba demasiado y se funda mi teclado. Termino como empecé: con una referencia a los clásicos.

Hubo un poeta, Alexis, que decía que “entre los griegos son los atenienses los merecedores de las más elogiosas alabanzas, pues así como las leyes de otras ciudades griegas obligan a que los hijos alimenten a sus padres, en Atenas estas leyes solamente obligan a alimentar a aquellos padres que han instruido a sus propios hijos en las artes. Todos los dones que concede la Fortuna, ella misma los quita con suma facilidad, pero la ciencia que se graba en el entendimiento no se desvanece con el paso del tiempo, sino que permanece estable hasta el fin de la vida”.

Pues eso.

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Responses

  1. Como siempre, cargado de razón y como siempre, tenemos los políticos que nos merecemos.
    Palabras y más palabras para esconder lo que más temen los políticos: Ciudadanos realmente educados. A esos, no se les puede “sobornar” con palabrería sino con la razón y el entendimiento y viendo como está el patio ahora, preferirían que fuéramos unos absolutos analfabetos.
    A lo mejor eso es lo que les quieren hacer a nuestros hijos (Digo nuestros cuando me refiero a toda la juventud de este gran país) que no saben o sí lo saben (15 M) lo que pretenden hacerles.
    En fin, un tema que enciende una mecha que no se sabe bien en donde acabará… 😦

  2. Y como siempre, Jomer, eres el primero. ¡Que suerte tengo de tener un amigo como tú! Un abrazo.


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