Posteado por: fernando2008 | 24 agosto 2011

Ken Follet. La caída de los gigantes.

Si bien soy un sibarita, mi sibaritismo sólo comprende los placeres intelectuales. Por esta razón he guardado este libro, regalo de Reyes de mi hijo, para leerlo en mi semana de playa.

Dicen las malas lenguas que Ken Follet está escribiendo una trilogía que se llamará “Centuria” o mejor “Siglo”. Nuestro autor probó suerte con la Edad Media, consiguió un gran éxito con “Los pilares de la tierra” y “Un mundo sin fin” y se atrevió a continuar con el siglo XX.

Como siempre hago, no voy a contaros el argumento. Me limitaré a decir que narra las aventuras y desventuras de cinco familias: una galesa, paisanos de Follet, compuesta por el abuelo, la madre, un padre muy estricto un hermano minero primero y luego sargento en la I Guerra Mundial y la hermana, primero ama de llaves, amante de un conde y luego periodista, defensora de los derechos de la mujer y miembro del parlamento inglés. La familia inglesa está compuesta por un conde, casado con una princesa rusa y su hermana, una “lady” revoltosa, luchadora sufragista y casada con un alemán. La alemana se compone de un miembro de la embajada alemana en Londres, vamos, un espía, que también participa en la guerra y se casa con la lady inglesa. La atormentada familia rusa se compone de dos hermanos cuyos padres, los dos, han muerto a manos del ejército y la policía zarista. Uno es bueno salva a su hermano de ser apresado por un crimen que ha cometido, se queda en Rusia y participa en la Revolución de Octubre. El otro es un tarambana que se aprovecha de su hermano, le pide el pasaje que el hermano bueno ha conseguido ahorrando para huir de Rusia y lo queda sin dinero y con una chica embarazada. Por último hay un diplomático americano que trabaja en el ala oeste de la Casa Blanca.

Podían haberse incluido más familias. De hecho, el alemán tiene un primo austríaco. Pero tampoco conviene que una novela tenga demasiados personajes principales.

En realidad, los protagonistas de la novela son la soberbia, la estupidez y la incompetencia. Estas tres Parcas campan por el mapa de Europa y la magistral pluma de Follet nos va describiendo como se va acercando el desastre, con una serie de signos dignos de una tragedia griega. Y como, pese al deseo de todos, no hay manera de evitar la tragedia. Esas tres Parcas dan forma a un destino más inexorable que el que tejían las Moiras.

No sabemos bien qué es lo que quería conseguir Gavrilo Princip matando al archiduque Francisco Fernando. Pero este pobre hombre cuya naturaleza débil le impidió ingresar en el ejército serbio y al que incluso los terroristas de la “Mano Negra” le pusieron pegas para que participase en sus atentados por su debilidad, seguro que, como dice Follet, se sentiría aterrado al ver el infierno que había provocado.

El emperador austrohúngaro, el obtuso Francisco José, cuya estupidez y cerrazón no pueden disimular todos los valses de Strauss, se lanza a imponer a Serbia unas condiciones inaceptables. Todos saben que Serbia no puede aceptar dichas condiciones, pero nadie hace nada. Evidentemente, un imperio no se consigue y se mantiene mediante la dulzura.

Alguien de su tiempo definió al zar de Rusia como “una persona que difícilmente hubiese podido desempeñar con eficiencia el oficio de cartero”. Pero tiene que actuar como zar y moviliza a su enorme ejército. Los oficiales no sabían ni a dónde iban. Bastante tenían con vender en el mercado negro las tiendas de campaña de sus tropas. Y los soldados, que salían de su pueblo por primera vez, se asombraban de que los cerdos de las granjas de Prusia oriental tuviesen unas zahúrdas de piedra, que para sí las quisieran ellos como viviendas.

Alemania no quería la guerra. Tampoco la quería Guillermo II, un káiser megalómano, amargado por la deformidad de su brazo izquierdo, una deformidad de nacimiento que quizás también afectara a su cerebro. Intentaba tapar su deformidad física con deslumbrantes uniformes y su deformidad psíquica a base de tozudez. Su tozudez e incompetencia harán decir a Bismark: “ Veinte años después de que yo me haya ido, todo habrá terminado”. El Canciller de Hierro se equivocó solamente en cuatro meses.

Jorge V rey de Inglaterra y emperador de la India, era alemán. Cuando Inglaterra entra en guerra con Alemania tiene que cambiar el apellido de su familia, Sajonia-Coburgo-Gotha, por el de Windsor. Su extraordinario parecido con su primo Nicolás II de Rusia no le impidió negarle asilo político cuando el zar fue depuesto en la revolución de febrero de 1918. Cuando visita a las viudas de unos mineros, su mayor preocupación es cuantos carruajes debe llevar. En realidad, su mayor preocupación era coleccionar sellos; todo lo demás le venía demasiado grande.

Thomas Woodrow Wilson, presidente de los EE.UU. es, pese a su dislexia y su apoyo al Ku Klux Klan el gobernante más normal de este período. Es lógico. No era un gobernante designado directamente por Dios. Tuvo que conseguir el cargo mediante unas elecciones.

En cuanto a los protagonistas colectivos tenemos en primer lugar a la nobleza. También ha recibido su alta posición de manos divinas, y considera normal imponer sus caprichos, por muy insensatos que sean, a las demás clases. Los oficiales ingleses, todos ellos salidos de Eton, causaron a sus propias tropas más bajas que los propios alemanes. Uno de los personajes de la novela dice que si no hubiese sido por los sargentos, todos de clase baja, el ejército inglés hubiese perecido en los campos de batalla de Francia.

Y por último, Ken Follet retrata magistralmente a su nación, Inglaterra. Esta nación, y sus gobernantes tienen un hándicap que condiciona toda su política. Para ellos Inglaterra debe mandar, y todos los demás obedecer. Cuando no ocurre así, y a lo largo de la novela va ocurriendo cada vez con más frecuencia, su paranoia les impedirá ver la realidad. No pueden explicársela; no pueden comprenderla. Y cuando a la contestación de las naciones se une la contestación de sus clases populares mediante el laborismo o de sus mujeres mediante el sufragismo, la paranoia alcanza cotas épicas.

Como veis, en realidad no he hecho una crítica de la novela, sino una especie de guía de lectura que os servirá para cuando la leáis, cosa que os recomiendo encarecidamente. Es un libro magnífico. ¡Lástima que sea tan corto! ¡Apenas mil páginas!

Menos mal que mi amiga Mari Carmen me regaló otra novela. Si no, me aburro en mi semana de playa.

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  1. […] pequeña guía de lectura te servirá de ayuda mientras lees el libro. Después lee este artículo y  envía tu […]


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