Posteado por: fernando2008 | 22 julio 2011

Sobre la impunidad de los políticos.

Érase un rey

que tenía tres hijas

las metió en tres botijas

y las tapó con pez.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Como hombre de izquierdas, pienso que el progreso es bueno, siempre y cuando no tengamos que pagar por él un precio excesivo en derroche de recursos naturales y contaminación. El progreso puede, entre otras cosas, permitirnos regenerar nuestra vida política.

Fijaos en la conseja que pongo al comienzo de esta entrada. Se basa en un rumor, bastante fundado por cierto, sobre las relaciones de Carlomagno con sus hijas. El emperador no permitió que sus hijas se casaran para que no se separaran de él. Pues bien, este hecho, ocurrido en el siglo IX, se supo en Castilla en el siglo XII.

Hoy nos enteramos al segundo de la dimisión del señor Camps, así como pudimos seguir en tiempo real lo que ocurría en la plaza Tahrir. Podemos conocer el sueldo de cualquier alcalde, sobre todo de aquellos que se lo suben más de la cuenta, y nos enteramos con pelos (con perdón) y señales de las andanzas nocturnas de algún senador. El Gran Hermano nos vigila. Sin embargo, persiste pese a esto la impunidad de los políticos. No es lógico.

Creo que el principal motivo de esta impunidad es nuestra cainita manera de entender la política. Aquel que entra en un partido recibe una patente de corso: el apoyo acrítico de todos sus correligionarios, y el enfrentamiento acérrimo de todos los que militan en el partido rival. Como si de una organización mafiosa se tratara, el neófito sabe que ya puede hacer lo que quiera, pues el partido en el cual milita saldrá en tromba a defenderle. Por el contrario, aunque sea una mezcla de príncipe-filósofo y la madre Teresa de Calcuta, sus acciones serán consideradas por el partido rival como el colmo de la abyección. Todas sus acciones.

¿Qué hacer para solucionar este problema? Pues, en primer lugar, una campaña de concienciación. Esta campaña ya existe, y se extiende por nuestras plazas. Los políticos, otrora señores de vidas y haciendas, ven deslucidas sus tomas de posesión por ciudadanos indignados que les gritan: “¡No nos representan!” y les obligan a salir por las puertas traseras.

En segundo lugar, fomentar el uso político de Internet. Si los españoles nos enteramos tres siglos después de lo posesivo que era Carlomagno como padre, ahora tenemos la posibilidad de enterarnos de la comisión de cualquier injusticia a los tres segundos. Incluso existe ya un mapa de la corrupción aquí5, mapa que se puede y se debe tener actualizado.

En tercer lugar, de la misma manera que la idea de la modificación de la ley electoral es algo que ha surgido de la ciudadanía y de los partidos con pequeña representación parlamentaria y hoy a los grandes partidos no les queda más remedio que considerarla, por la cuenta que les tiene en votos, hay que hacer que en las cúpulas de los partidos cale también la idea de tolerancia cero con la corrupción. Que los ciudadanos ya no aceptamos el argumento de “¡Y tú más!” Toda la reprobación para el político corrupto: la de los demás partidos y la del suyo. Habremos logrado nuestro objetivo cuando los dirigentes de todos los partidos huyan de la acusación de corrupción, como los políticos norteamericanos huyen de la acusación de escándalo sexual.

No se me escapa que para llevar a cabo esta regeneración de la vida política es necesario comenzar por regenerar la justicia. Los partidos políticos, todos, deberían acatar y aceptar las resoluciones judiciales. Les favorezcan o les perjudiquen. No es de recibo poner hoy por las nubes a los jueces y a la policía cuando realizan acciones que te benefician, y criminalizarlos mañana, cuando esas mismas acciones te perjudican.  Seamos serios.

Si algo hay peor que la injusticia, es la la justicia tardía. Es necesario respetar escrupulosamente la presunción de inocencia de todos, correligionarios y adversarios. Pero, al mismo tiempo, es necesario que la justicia sea impartida con rapidez. El nombre de Demetrio Madrid puede resumir perfectamente lo que quiero decir, y lo que quiero evitar.

¿Qué este programa es difícil de cumplir? Efectivamente. Pero la otra solución sería la ruptura general y la refundación de un nuevo modo de hacer política, el cual no podría aplicarse únicamente a un estado sino a una realidad mucho más amplia. Y, no nos engañemos, cada vez hay más condiciones objetivas para esa ruptura, y más partidarios de la misma. Sería mejor que cambiásemos algo si queremos que todo siga igual.

O no.

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