Posteado por: fernando2008 | 17 julio 2011

Los mercados.

Los científicos tratan de hacer posible lo imposible.

Los políticos se afanan a menudo en hacer imposible lo posible.

Todos conocéis mi afición por los ejemplos, reminiscencia de mi profesión docente. Hoy voy a comenzar este artículo con la única fábula que conozco que no es verdad.

Un soldado yace herido en el campo de batalla. Su camarada llega hasta él e intenta ayudarlo pero no tiene nada: ni medicinas ni agua, ni vendas. Se le ocurre espantar las moscas que chupan la sangre del herido, pero éste le ruega que no lo haga. “Estas moscas – dice – al menos están ya hartas de sangre. Si las espantas y vienen otras nuevas, el suplicio volverá a comenzar”.

Bonita fábula, pero falsa. Los chupasangres económicos, jamás tendrán bastante. Y, sobre todo, jamás se plantearán reducir o paliar el daño que hacen. Recuerdo a este respecto la secuencia de “Inside Job” en la que el presidente de una gran empresa da órdenes para que se le haga un ascensor privado, fuertemente vigilado que sólo él puede usar. Todo el mundo tiene prohibido acercársele. No se trata con nadie. Su única afición es coleccionar aviones privados. Jamás se planteará que no puede usar todos sus aviones simultáneamente: sólo tiene un cuerpo.

Recuerdo a muchos autores que han imaginado estados o modos de vida utópicos. Hoy las corrientes de la historia van por el camino opuesto: la anti-utopía. Pequeñas bolsas de insultante riqueza rodeadas de la pobreza más absoluta. Y no hablo de el Tercer Mundo. Hablo de todos: el Primero, el Segundo, el Tercero y el Cuarto Mundo. Élites insolidarias que esquilman y contaminan todo el mundo para conseguir luego, a un coste astronómico, vivir en un hábitat paradisíaco sin contaminar y fuertemente vigilado. Es decir, lo que se intenta es privatizar la naturaleza. Si nosotros vivimos, por ejemplo en Extremadura, en un hábitat muy agradable donde para disfrutar de la naturaleza sólo tenemos que andar algunos metros, las aspiraciones de lo que llaman “los mercados”, y yo llamo “el capital”, serían las de esquilmar y contaminar ese hábitat, hasta que, a un coste astronómico, esa naturaleza, mucho más reducida, sólo pueda ser disfrutada por unos pocos. El resto de la población deberá vivir en unos enormes espacios contaminados y en medio de una absoluta pobreza.

En el siglo XIX, las cosas estaban más claras. El proletario vendía su fuerza de trabajo al capitalista y generaba una plusvalía. El trigo se convertía en pan, y el pan era más caro que el trigo. Luego esa plusvalía se repartía según como estuviese la correlación de fuerzas entre el capitalista y el proletario. Pero se había producido algo, el pan, y las fluctuaciones del precio del pan se debían a la ley de la oferta y la demanda.

Hoy, el panorama ha cambiado radicalmente. Por cada euro que se dedica en el mundo a producir algo, bienes o servicios, hay circulando veinte que se dedican a la especulación. No se fabrica nada; se vende humo. Y la ley de la oferta y la demanda ha sido sustituida por las triquiñuelas más ruines que puedan imaginar la mente humana y/o las agencias de calificación del riesgo.

Alejandro Casona nos ha dejado una visión muy edulcorada de la Bolsa. Ved como Ricardo, un jugador de bolsa de 1945 le explica al tío Marko el funcionamiento de ésta.

MARKO. ¿De qué se ocupaba allá en su tierra?

RICARDO. Jugaba a la Bolsa.

MARKO. Ajá. (Pequeña pausa.) ¿Y después de jugar en qué trabajaba?

RICARDO. La Bolsa no es un juego. Es un mercado.

MARKO. ¿Un mercado?

RICARDO. Pero no como los de acá. Ustedes compran y venden las cosas. Nosotros, los nombres de las cosas.

MARKO. No lo entiendo. ¿Cómo se puede comprar y vender trigo, sin trigo?

RICARDO. Muy sencillo. Por ejemplo… (Toma cuatro vasos de la alacena y va disponiéndolos en fila sobre la mesa.) Usted acaba de sembrar un trigo que no recogerá hasta la cosecha del año que viene. Pero como hasta entonces necesita ir viviendo, yo le abro un crédito de cien coronas a cuenta de ese trigo. (Pone el primer vaso.) Aquí está la carta de crédito. ¿Entendido?

MARKO. Entendido.

RICARDO. Ahora bien, si al llegar el verano la cosecha se ha perdido, no importa; usted puede pagarme lo mismo con cien monedas de plata. ¿No es así?

MARKO. Así es.

RICARDO.—(Coloca el segundo vaso.) Aquí están las cien monedas por el valor del trigo. Pero como la plata anda escasa, el Banco la retira y pone en su lugar un papelito que dice: “Vale cien coronas”. (Pone el tercer vaso.) Aquí está el billete. Si a la hora de pagar usted no tiene a mano el papel, tampoco importa: me firma un pagaré por el valor del billete. (Coloca el cuarto vaso.) Aquí está el pagaré. Y ahí empieza el milagro. (Señalando.) Cien coronas del crédito, cien de la plata, cien del billete y cien del pagaré; total, cuatrocientas coronas en el mercado y ni un solo grano de trigo verdadero. (Se sacude las manos.) ¿Ha comprendido ahora?

MARKO.—(Convencido.) Ahora sí. Hace dos años pasó por aquí otro señor que hacía lo mismo; pero aquel lo hacía con un sombrero de copa y salían palomas. Lo que me gustaría es que nos explicara usted la trampa.

Me quedo con la frase “Cuatrocientas coronas en el mercado y ni un solo grano de trigo verdadero”. Es una magnífica definición.

Pero, además, hay que añadir, que el capital no sólo vende humo, y no tiene entrañas, sino que tampoco tiene patria. Salta de un país a otro, de un continente a otro, buscando únicamente una cosa: las máximas ganancias. Todo lo demás, le da igual. No tiene más proyecto de futuro que las ganancias. Y después de él, el diluvio. Analicemos esta forma de actuar del capital en algunos países.

Me indigno cada vez que veo en televisión a los políticos proclamar muy serios que están dispuestos a acudir en ayuda, por ejemplo de Grecia, con un plan de rescate. ¡Parecen hermanitas de la Caridad! Aclaremos las cosas.

Grecia arrastra una enorme deuda, deuda debida a que el anterior gobierno robó, estafó y por último mintió al pueblo griego y a la Unión Europea acerca del total de esa deuda. Después, dejó el gobierno en manos del socialista Papandreu para que se las arreglase, pero votando en contra de todas las medidas que Papandreu proponía para arreglar en desaguisado. La enorme deuda griega está en manos no de diabólicos supervillanos sin cara. Está en manos de bancos alemanes y franceses. Esos bancos que cobran el 6% de interés por la deuda griega admiten, a regañadientes, dar una inyección de capital a Grecia para que pague esos intereses. El interés de esta ayuda será al 8%. Cuando se cumpla el objetivo del rescate, cuando todo salga bien, veremos con agradecimiento que los griegos han sido rescatados y el interés que pagan ahora habrá subido un 2%. ¡Gracias, solidarios alemanes!. Para mayor recochineo, Alemania dejó cocerse a Grecia en su propio jugo durante unos meses, antes de acudir generosamente en su socorro.

Es curioso también que la prima de riesgo se calcule siempre sobre el diferencial entre el bono, por ejemplo español, y el bono alemán. Y, claro, la prima se dispara. Y como la prima se dispara, los intereses suben, ya que “los mercados” se asuntan, que es de lo que se trata. Por poner otro ejemplo, si yo comparo mi juego de tenis con mi vecino puedo quedar más o menos bien. Si me comparo con Rafa Nadal siempre quedaré en la más absoluta miseria.

Grecia corre el riesgo de que tenga que abandonar el euro. Pero, ¿no sería mejor que sea Alemania la que abandone el euro? Pensemos.

Si Alemania abandonase el euro y volviese al marco, lo primero que se produciría sería  una apreciación formidable del marco respecto al euro. Entonces, lo más probable sería que Berlín tuviera que rescatar a sus propios bancos, cuyos títulos en euros sólo serían fracciones de su anterior valor. Un marco tan poderoso afectaría a su industria exportadora, y obligaría a Alemania a incurrir en un elevado déficit presupuestario, que es de lo que acusa ahora a los países periféricos. Entre tanto, el resto de países daría un gran salto de competitividad y la inestabilidad resultante podría combatirse con el respaldo del BCE a la deuda soberana del toda la Eurozona. La conclusión de estas cábalas es que, puestos a salvar a un euro en peligro, la mejor opción es que lo abandonara Alemania que Grecia.

¿Por qué los políticos no ven esto o no denuncian esto? Pues porque están en el otro lado. Tomemos el caso de Henry Merritt Paulson Jr., presidente ejecutivo de Goldman Sachs, uno de los mayores bancos de inversiones del mundo, y el mayor responsable de la ocultación de la deuda griega. Tras impulsar la crisis de las subprime quebrando dicho banco, Paulson fue nombrado Secretario del Tesoro por el presidente estadounidense George W. Bush. Paulson abandonó el banco con la suculenta comisión de 500 millones de dólares, pero como iba al sector público no tuvo que pagar impuestos por esa plusvalía. Como Secretario del Tesoro destina 700.000 millones de dólares para tapar los agujeros que él antes había creado. Y tan feliz.

¿Y en España? No hablemos ya de Felipe González y José María Aznar. Hablemos de  Josu Jon Imaz, presidente de Petronor; del ex ministro de Agricultura Luis Atienza, actual presidente de Red Eléctrica Española; el ex ministro de Asuntos Exteriores y Ciencia y Tecnología Josep Piqué, hoy presidente de la aerolínea Vueling; de Antoni Zabalza, ex secretario de Estado de Economía, actual presidente de la química Ercros; de Francisco Álvarez Cascos, ex titular de Fomento y presidente para España de la empresa tecnológica mexicana Softtek; de Eduardo Zaplana en Telefónica. De Pedro Solbes en Enel, propietaria de Endesa, y en el banco británico Barclay. El ex subdirector de la Oficina Económica de Moncloa, Rafael Doménech, nombrado economista jefe del BBVA para el área de España y Europa; el ex vicepresidente Narcís Serra, presidente de Caixa Catalunya, o Isabel Tocino, ex ministra de Medio Ambiente y actual consejera del Banco Santander. Miguel Boyer, que pasó por la presidencia de CLH y, después de su experiencia en Ernst & Young, actualmente presta sus servicios laborales en Corporación Financiera Issos, o el caso del ex ministro de Fomento Rafael Arias-Salgado, como presidente del Grupo Carrefour. O  Carlos Solchaga, hoy presidente de la Fundación Euroaméricas y vicepresidente del Real Patronato del Museo Reina Sofía. O Nicolás Redondo Terreros como Consejero de FCC, empresa propietaria del hospital de Arganda. Pero el caso más indicativo es el del presidente de SEOPAN, David Taguas, que pasó directamente en mayo de 2008 de ser Director de la Oficina Económica del Presidente Zapatero y miembro de la Comisión Delgada para Asuntos Económicos del Gobierno, con categoría de Secretario de Estado, a presidente del lobby más importante de la poderosa patronal de la construcción. El mismo lobby que no se cansa de repetir alto y claro que la creación de empleo pasa por aumentar la jornada laboral y disminuir los salarios.

¿Todos estos políticos que estaban, están, y estarán cobrando de las grandes empresas, van a mover un dedo para cambiar las cosas? No. Se convertirán en los sirvientes de los muy ricos, convertirán a los militares y policías en simples agencias de seguridad de la plutocracia, y las iglesias se convertirán en capellanes personales que absolverán a los millonarios y les prometerán la vida eterna, mientras a nosotros nos dicen: “Está seguro de que eres hombre de Dios si llevas con alegría y silencio la injusticia”. Y nos permitirán ver, desde nuestros contaminados basureros, los fastos de muy ricos.

Y, es lo que más me duele, intentarán convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos posible.

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