Posteado por: fernando2008 | 25 marzo 2011

La Albuera

¡Oh Albuera, campo de gloria y de dolor! Cuando el peregrino espoleó su corcel en tu llanura, ¿Quién podría pensar que, en breve, aquel paisaje teatro contuso seria de sangre y de tumulto? ¡Paz a los muertos! Ojalá los bélicos laureles y los desgarros del triunfo prolonguen tu galardón. Hasta que otros caigan y nuevos adalides se impongan, tu nombre convocará extensas y admiradas muchedumbres y lucirá en los versos deleznables de esta balada fugaz.

Lord Byron. Peregrinaciones de Childe Harold. Canto I.

La Albuera hoy

 

He participado en una de las magníficas visitas que organiza “Adaegina” Asociación de Amigos del Museo de Cáceres. Aparte de Badajoz y Elvas, el núcleo central de la visita fue al pueblo extremeño de La Albuera.

Por si alguien no lo sabe, en este pueblo se libró el 16 de mayo de 1811 una batalla en la que lucharon por un lado las fuerzas del imperio francés, entre ellas un regimiento de polacos del Gran Ducado de Varsovia, al mando de mariscal Soult, y el ejercito aliado inglés, español y portugués a las órdenes del mariscal Sir William Beresford. En el Centro de Interpretación de la batalla de La Albuera, nos dieron cumplida explicación de la estrategia de la batalla. La resumo brevemente. Soult venía del sur para socorrer a Badajoz, entonces en manos francesas. Los aliados intentan cortarle el paso en La Albuera, defendiendo dos puentes sobre las riveras de Valdesevilla y Chicapierna. Esperan que el ataque se produzca por el este, pero el gran táctico que era Soult organiza el ataque por el oeste y casi pilla desprevenidos a los aliados. Un oficial del ejército español, que estaba desayunando, vio el brillo de las bayonetas, dio la voz de alarma, y se desencadenó el infierno.

No entraré en la guerra de cifras, que todavía hoy se mantiene como si en vez de una batalla estuviésemos hablando de una manifestación actual. Pongamos unos quince mil muertos. Además, todos los habitantes varones de La Albuera murieron. Sólo se salvaron las mujeres, los niños y el cura.

Pese también a los cantos de victoria de ambos bandos, la batalla de La Albuera no sirvió absolutamente para nada. Beresford no volvió a sitiar Badajoz. Soult tuvo que retirarse a Andalucía. Sólo sirvió para destruir hasta los cimientos un pueblo de Extremadura, y ocasionar miles de muertos.

Pero el balance negativo de esta batalla no acaba aquí. En La Albuera se usó, con sangriento resultado, un arma secreta, primero polaca y luego adoptada por el ejército francés: la lanza. No pongáis esa cara de asombro. Desde luego que la lanza es un arma conocida desde el Paleolítico. Pero había caído en desuso, y las cargas de caballería se dirimían a sablazos. Los ulanos polacos y los garrochistas de toros españoles, demostraron que… una lanza es más larga que un sable. ¡Increíble! Pues sí. Tan increíble que sir Arturo Wesley, que entonces no era todavía duque de Wellington, no se dio cuenta de la jugada, y en Waterloo los lanceros franceses hicieron trizas a la caballería pesada inglesa “la caballería más noble de Europa, pero la peor mandada”. Los ulanos polacos entraron en tromba en La Albuera, y casi consiguen matar al propio Beresford. Sólo mucho después, el ejército inglés adoptó la lanza y se produjo “la carga de la Brigada Ligera” en Balaklava. Para los ingleses fue un acto de heroísmo sublime. Los oficiales rusos, por el contrario, se asombraron de que toda una brigada entrase en combate borracha.

 

Ulanos polacos.

 

¿Por qué luchaban los combatientes? Por la Patria y el Rey. En el caso de los españoles, me da vergüenza decirlo, ese rey era Fernando VII “El rey felón”, el que felicitaba puntualmente a Napoleón por cada victoria que éste lograba sobre los españoles.

El ejército inglés luchaba por Jorge III, “el rey loco”. Estoy seguro que Jorge III no se enteró muy bien nunca de quién era Napoleón. Su hijo el Príncipe Regente, luego Jorge IV, se dedicaba a conquistar señoras, cosa que le resultaba bastante fácil, como podéis imaginar, cortarle un mechón de cabellos y archivarlos. Llegó a tener 7.000 “fichas”. Una cifra sólo inferior a sus deudas. Se pasó la vida “conquistando” mujeres y gastando un dinero que no tenía. Eso sí; diseñaba unos pabellones muy bonitos, como el Brighton Pavilion. Y su amigo “el bello Brummell” le asesoraba en cuestiones de vestuario.

En el otro lado, estaba Soult. Mariscal con Napoleón, ministro de la Guerra con Luis XVIII, jefe del Estado Mayor de Napoleón en los Cien Días, vuelta a ser mariscal con Luis XVIII, y cuando Luis Felipe de Orleans acaba con la dinastía de los Borbones ¿a quién nombra ministro de la Guerra? Pues a Soult. Como veis, un hombre de una lealtad a prueba de bomba. Lealtad sólo superada por Talleyrand que, a pesar de ser ministro de Napoleón y cojo, estuvo bailando en la fiesta que se dio para celebrar la batalla de Waterloo.

Claro que Napoleón tampoco iba a la zaga de sus subordinados. De furibundo antifrancés y republicano a emperador del Francia. Cuando una vez se rompió la hoja de su sable y la mandó arreglar, escribió: “Sólo la empuñadura de mi espada pertenece al rey de Francia. La hoja es mía”.

Todos estos grandes personajes tenían muy claro por quién luchaban: por ellos mismos. Por eso, ninguno murió en el campo de batalla. Los habitantes de La Albuera, los soldados españoles, franceses, ingleses, portugueses y polacos, sí murieron. Pero esos no cuentan.

Para terminar, antes de que ocurriese la batalla, un viajero inglés pasó por allí. Años después le dijeron que en el camino que él había recorrido, se libró una batalla y el viajero arrimó el ascua a su sardina poética y escribió los versos que abren esta entrada.

¡Lo que puede dar de sí una batalla! Todo es cuestión de echarle morro al asunto. Y, desde luego, mantenerse lo más lejos posible del combate.

 

La batalla

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