Posteado por: fernando2008 | 15 febrero 2011

Javier Sierra. La cena secreta.

Hoy me encuentro con una dificultad bastante grande. La de hacer una reseña de un libro desvelando su argumento lo menos posible. Es una empresa bastante misteriosa; tan misteriosa y difícil como el conjunto de esta novela.

Javier Sierra es un viejo conocido mío. De él he leído “Las puertas templarias” y “El secreto egipcio de Napoleón”. No quisiera pecar de soberbia de crítico, pero apunta maneras. Y esta última novela suya, entiéndase como la última que he leído de él, es la que más me ha gustado. Hay muchos autores que se han sumado a la corriente literaria de “El código da Vinci” con resultados irregulares. Javier Sierra ha conseguido uno bueno.

El argumento lo despacharé en dos líneas: Leonardo da Vinci está pintado su “Ultima Cena” en Milán. A oídos de los dominicos llegan unas noticias inquietantes y un inquisidor, fray Agustín Leyre es enviado a investigar. Y, desde luego, este buen inquisidor investiga a fondo.

No diré más, porque cualquier cosa que diga demás restará emoción a la novela. Sólo que, una vez más, una obra de Leonardo ha dado pie a una novela de misterio. En realidad son dos obras: “Il Cenacolo” y “La Maestá”, la que nosotros conocemos hoy con el nombre de “La Virgen de las Rocas”, obra a cuyos pies se comete un crimen.

Mi reflexión comienza con una pregunta: ¿Cuál de las dos interpretaciones, la de Brown o la de Sierra es la verdadera? Pues las dos y ninguna. Me explico.

En la novela de Sierra, se presenta al propio Leonardo cansado de dar explicaciones sobre su obra, y que nadie las entienda. No es misión del autor explicar lo que quiere decir una pintura. Si desease explicar algo, habría escrito un libro. El autor-emisor lanza un mensaje que el espectador-receptor capta en su totalidad o en parte. Un autor clásico es aquel cuyos mensajes trascienden a su época y llegan a las personas que viven muchos años o siglos después. Un autor genio es aquel que consigue con una sola obra mandar multitud de mensajes. Leonardo es un clásico y es un genio: ha mandado innumerables mensajes. Uno lo ha aprehendido Dan Brown; otro, Javier Sierra.

¿Cuál de los mensajes es más importante? Lo ignoro. ¿Cuál está más cerca de la verdad? No sabría decir. ¿Qué quiso decir Leonardo? Por este camino vamos mal; Leonardo no quiso decir nada: dijo. Y lo que dijo está en la pared del refectorio de Santa María de las Gracias. Ahí está todo lo que Leonardo quiso decir. Sobre esa base, somos muy libres de especular.

He comprobado centímetro a centímetro el cuadro y todo lo que dice Javier Sierra es exacto. No se ha permitido en ese aspecto ninguna licencia. Las únicas licencias que se permite son sobre la interpretación, y todos somos libres de tomarnos ahí las licencias que queramos. Sierra, por ejemplo, pone en la boca de Leonardo esta frase que puede que no dijera, pero que podía haberla dicho perfectamente:

“Todo lo que yo he averiguado sobre el verdadero mensaje de Jesús no es nada en comparación con lo que queda por ser revelado. Y al igual que para mi arte he bebido de fuentes egipcias, y he accedido a los secretos geométricos que tradujeran Ficino o Pacioli, os auguro que a la Iglesia le queda mucho por beber de los Evangelios que aún reposan en las orillas del Nilo”.

Aquí el novelista sí juega con ventaja porque él conoce la existencia de los evangelios de Nag Hammadi. Pero nadie puede decir que Leonardo no conociese a través de su amigo Marsilio Ficino unos textos similares.

He dicho ya que “El código da Vinci” tiene escrita en su portada la palabra “novela”. Javier Sierra ha escrito también una novela. Pero reconozco que la interpretación que da de la obra de Leonardo es mucho más interesante que la que dan muchos eruditos del Arte. Y puede que tenga la misma cantidad de verdad.

Pudo ser así, o pudo no ser. Desde luego tenemos una novela muy interesante y tenemos la constatación de que ese genio increíble, llamado Leonardo da Vinci, sigue hablándonos a través de los siglos.

Y sigo pensando que hay más cosas en el cielo y en la tierra, que todas las que pueda soñar la Historia del Arte.

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Responses

  1. ¿Dónde lo leí? no me acuerdo, pero era más o menos así: “Los clásicos son aquellos que nos siguen hablando, cuyo significado no se agota”.

    He estado leyendo a ratos la Ilíada, me esperaba una narración anacrónica, aburrida, para eruditos. Y nada que ver: es actual, magnífica. Es increíble.

  2. Es también una buena definición. Pero para mí, los clásicos son los que nos hablan por encima del tiempo y los genios son los que dicen infinidad de cosas con la misma obra. Claro que la “Ilíada” es un clásico y una obra genial al mismo tiempo. Recuerdo la primera vez que leí la Ilíada. Tenía unos trece años y me impresionó mucho. Recuerdo que perdí muchos recreos por leerla.


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