Posteado por: fernando2008 | 24 enero 2011

Beatus ille…

– Maestro ¡estás fumando!. No te preocupes, no se lo diré a nadie.

– Muchas gracias, Adso pero, que yo sepa, fumar todavía no es un delito.

– Pero es un vicio, un mal hábito. ¡Es un pecado contra tu cuerpo!.

– Mi pobre cuerpo ha soportado ya muchos vicios. Éste es el último que me queda. Alguien dijo que el hombre, esa criatura extraña e irracional, se pasa la mitad de su vida estropeándose la salud y la otra mitad intentando arreglársela. Ahora, con el estado del bienestar, ya no necesitas preocuparte tú mismo. El estado se preocupa por ti.

– ¿Estás en contra de la ley antitabaco?

– En absoluto. Comprendo su necesidad y la acato. Encuentro muy agradable entrar en los bares y oler sólo aroma de tostadas y de café recién hecho.

– Hay otros olores más, no tan buenos, en los bares.

– A la hora en que los frecuento yo, no.

– Un fumador que aprueba la ley antitabaco. ¡Eso es humildad cristiana!

– Eso es racionalidad. Nadie tiene que oler mis malos humos. Comprendo y me pongo en el lugar de los pobres camareros.

– Pero algunos fumadores inveterados se quejan de que no pueden fumar y estar tomando café al mismo tiempo. Y tienen razón.

– Mira Adso, yo tengo muchos gases. Y por el hecho de tener gases, no puedo imponérselos a los que están al mi alrededor. Los gases y el tabaco los sufro en silencio, en la intimidad.

– ¡Que cochino eres, fray Guillermo! No es lo mismo.

– En eso tienes razón, Adso. No es lo mismo. ¡Ojalá lo fuera! Mi gases no huelen a rosas, pero al menos no causan cáncer de pulmón.

– ¿Y el perjuicio que causa a la economía nacional?

– España es un país de vinos, Adso. Sin embargo, muchas viñas se han arrancado y reconvertido. Las viñas son un cultivo muy anterior al tabaco.

– Tu vicio entonces es algo que va a desaparecer.

– Efectivamente, y nadie llorará por él. A comienzos del siglo XX en todos los lugares públicos y en muchos privados, había escupideras donde la gente escupía el tabaco después de mascarlo y, de paso, los bacilos de la tuberculosis. Hoy ya no se ven esas escupideras. La práctica ha sido abolida, afortunadamente.

– Y sin embargo, el estado cobra impuestos a los pobres fumadores. ¿No es una actitud cínica que se cobren impuestos por un vicio que el estado intenta erradicar?.

– No es cinismo. Es mala planificación. Por cada euro que el estado recauda con el tabaco, se gasta dos para paliar los efectos de ese vicio. No, no es un vicio sostenible.

– Estás hoy manso y humilde. Seguro que apruebas la idea de aumentar la edad de la jubilación hasta los sesenta y siete años.

– Aprobarla no la apruebo. Pero la comprendo. Pese a quien pese, es un avance en las conquistas sociales.

– Fray Guillermo, siempre me han gustado tus paradojas, esas cabriolas que haces con tu pluma, pero esta vez creo que ni tú mismo podrás justificarlas.

– Pues yo creo que sí. Veamos ¿Cuándo se puso la edad de jubilación a los sesenta y cinco años?

– Hace tiempo. En el siglo XX.

– En el siglo XX, la esperanza de vida era de cincuenta años, y la edad de jubilación se puso a los sesenta y cinco. Ahora, con una esperanza de vida de 78’4 años, se quiere poner la edad de jubilación a los 67. ¿Te das cuenta del enorme avance? Ahora podremos estar jubilados 11,4 años. En el siglo XX, la gente moría quince años antes de jubilarse.

– Pero había muchos privilegiados que se jubilaban a los cincuenta años. Eso es una vergüenza.

– Sí, es una vergüenza pero no por lo que tú estás pensando. Había muchachos que a los dieciséis años entraban en el banco, eran explotados sin misericordia a base de fijarles objetivos casi inalcanzables, sin tener en cuenta las épocas de crisis, y a los cincuenta y tanto años, quebrados física y psíquicamente los echaban a la calle con un puñado de billetes para sustituirlos por unos eventuales que no podía acumular sexenios ni derechos pasivos. Esa es la cara amable del capitalismo.

– Hablando de capitalismo, te preocupará la “Revolución de los jazmines” y su contagio por todo el norte de África.

– Me preocupa, Adso. Me preocupa que no triunfe y que no se contagie.

– Quieres decir que estás a favor de esta revolución.

– “Quien a los veinte años no es revolucionario, es que no tiene corazón. Quien a los cuarenta es revolucionario, es que no tiene cabeza”. A mis sesenta años, yo quiero ser un revolucionario con cabeza. Me gusta esta revolución porque los que la han iniciado no son los fundamentalistas islámicos. El mártir de Túnez, Mohammed Bouazizi, era un chico que estudiaba informática y sacaba su dinero vendiendo verduras en el mercado. Si los demócratas tunecinos consiguen hacer una revolución, más o menos incruenta y crear un estado demócrata y laico, todos los sátrapas del norte de África se verán amenazados, y puede que Túnez contagie al resto. Se acabaría al mismo tiempo la tiranía y el integrismo y tendríamos estados islámicos modernos.

– ¿Y no crees que un estado islámico siempre sería un peligro? Son todos unos fanáticos incultos y sedientos de sangre.

– Por favor, date una vuelta por Medina Azahara o por la Alhambra y dime si esas son obras de incultos.

– De acuerdo, pero no me has contestado a lo de “fanáticos sedientos de sangre”.

– Mira, mejor que yo, te lo va a contestar Mahoma: “La tinta de los sabios es más valiosa que la sangre de los mártires” “Una hora de un sabio recostado repasando su saber, vale más que setenta años de plegarias”.

– No es ese el Mahoma que yo conocía.

– ¿No? Pues lo mismo que Cristo votando a la Democracia Cristiana o dirigiendo el Vaticano. Hay una gran esperanza hoy en el norte de África.

– Vamos, que sacas esperanza hasta de debajo de las piedras. De debajo de las piedras del terremoto de Haití, por ejemplo.

– También. Hay esperanza en Haití porque Baby Doc ha ido a este país.

– Alto, fray Guillermo. Hasta aquí hemos llegado, y de aquí no paso. Que ese tirano sanguinario vaya a Haití no puede ser considerado esperanza para nadie. ¿O piensas de verdad que ha ido a ayudar al pueblo haitiano?

– En verdad, en verdad te digo, Adso, que soy viejo pero no tonto. Ni al padre, ni a la madre, ni a las dos esposa que lleva hasta el momento Jean-Claude Duvalier, alias Baby Doc, le han importado jamás el pueblo de Haití, excepto para tiranizarlo y esquilmarlo. Pero lo que para mí es una gran esperanza es el hecho de que Duvalier se haya visto obligado a volver a Haití, para intentar que un banco suizo le desbloquee una cuenta. Si un tirano tan sanguinario como éste tiene que someterse a la humillación de volver a un país en el que le odian a él y a toda su familia, para intentar convencer a unos banqueros suizos de que no tiene cuentas pendientes en Haití y que puede volver allí sin afrontar un proceso judicial, es que hay esperanza. Hay esperanza de que ningún tirano pueda saquear impunemente un país y esconder su botín en los bancos de Suiza. Como ves, hay esperanza también en Haití.

– Te veo muy esperanzado hoy, fray Guillermo. Y no puedo imaginarme la causa.

– Pues hay muchas. He tenido una comida muy agradable con un montón de amigos a los que quiero mucho y hacía mucho tiempo que no veía, la tarde es luminosa y el cigarro me sabe muy bien. Además, hay otra razón.

– ¿Cuál?

– Mira atentamente la fotografía de la entrada, lee el texto y lo sabrás.

– ¡Acabáramos!

 

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Responses

  1. jejejeje

  2. ¿Sólo jeje? Vamos discípula, estírate más.

  3. Jejejejejeje (risa socarrona y mantenida, con retintín).
    En esta entrada no has pedido opinión a los discípulos, has expuesto tu visión sobre la ley del tabaco, la edad de jubilación, la situación en Túnez, Haití y por último, te has manifestado en estado de bienestar.
    Estoy de acuerdo en todo lo que has expuesto, sin embargo, la foto que relacionas con alguna actividad propia, me ha hecho reír, la esperanza es lo último que se pierde y desde luego, más vale intentarlo que no empezar. Ojalá en Haití haya esperanza y Ojalá las religiones se separen de la política.Ojalá…
    Me ha gustado, como siempre, maestro.
    De todos modos sigo estando un poquito espesa, espero mejorar para tus siguientes entradas.

  4. Nada discípula. Una dieta de mandarinas y como nueva.

  5. Aunque, ¡oh vir clarissimvs!, haya también quien sostenga que, en general, los fumadores cuestan mucho menos de lo que nos quieren hacer creer. Ello es así porque, según las estadísticas, muchos de ellos mueren antes de alcanzar la edad de jubilación o muy poco después de ella; de este modo, si bien el Estado puede tener que gastar un pequeño plus en su tratamiento paliativo del dolor, a la larga sale ganando al no tener que abonar una pensión durante bastantes años.

    De acuerdo con todo lo demás….

  6. Mira divus Antonius, no había caido en eso. Tendré que dejar de fumar para llegar a los cien años. Vale!


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