Posteado por: fernando2008 | 21 enero 2011

Morris West. La torre de Babel.

Lo sé, pero ¿qué queréis que haga?. Llevo cincuenta y dos años de enseñanza reglada, primero como alumno y luego como profesor. Es una delicia ahora poder leer a salto de mata el primer libro que caiga en mis manos. Y, evidentemente, el libro más cercano a la trilogía del Vaticano, es otro de Morris West.

Se ha dicho que West es un novelista-profeta. Ya expliqué en la anterior entrada que, a mi juicio, no lo es. Manipula un poco la realidad para llevar el agua a su molino. Lo que sí es cierto que West era un genio que iba por la vida con los ojos bien abiertos. Veía las causas y podía escribir una novela fantaseando sobre las consecuencias.

Pero muy genio tiene que ser alguien para profetizar sobre el conflicto árabe-israelí. He leído muchas novelas sobre éste y las fantasías que intentan prever el final siempre caen del lado cristiano: control del Vaticano sobre Jerusalén. A lo sumo, control de las Naciones Unidas. Incluso hay una que defiende que el control de esta pobre ciudad sea asumido por Suiza.

¡Jerusalén, ciudad de la paz! Creo que en ningún sitio del mundo se han producido tantas guerras. Desde luego, es un lugar numénico, el lugar numénico por excelencia. Tres religiones se la disputan. Y ninguna está dispuesta a hacer un acto de amor a favor de las demás.

Pero pasemos a la novela. El argumento es en verdad enrevesado. Fijaos. El personaje principal es un agente secreto israelí, que está espiando en Damasco. Dicho agente tiene una cobertura perfecta; figura como un comerciante iraquí, que tiene negocios y una amante en Siria. La esposa del agente está en Israel a salvo, pero está enamorada de un general cuya mujer está en un hospital psiquiátrico. Dicho general, para dar un toque bíblico a la historia, es el jefe del agente, le envía a misiones peligrosas y se atormenta con la historia de David y Urías. El contrapunto lo da un coronel sirio que se dedica a perseguir a los espías. Hay también un médico musulmán que ayuda al agente israelí y un miembro de la O.L.P. que quiere quedarse con el dinero de la organización. Y un baquero libanés que intenta nadar y guardar la ropa en este estanque de tiburones.

Como veis, el friso de personajes está bastante completo. No voy a contar la acción; no quiero hacerle esa jugarreta a la pobre editorial que me ha permitido pasar un rato tan agradable. Lo que quiero es centrarme en las dos posturas, posturas que ninguna es lo que parece pero que están tan encontradas que nadie, hasta la fecha ha conseguido armonizarlas.

Desde el punto de vista israelí, la situación era insostenible. Israel ni siquiera  tenía fronteras. Sus límites son líneas de armisticio, líneas que dependían de la ratificación y firma de un tratado de paz. Además, existen zonas desmilitarizadas donde, teóricamente no se podía circular con armas, donde ningún hombre podía llevar ni siquiera  una pistola para proteger su vida, la de sus hijos o su cosecha. El comercio de Israel no se podía desenvolver con libertad debido a las sanciones que le aplicaban los estados árabes. Sus barcos no podían atravesar el canal de Suez. Tenia cortadas las comunicaciones: no era posible hacer una llamada telefónica de un lado al otro de Jerusalén, y el camino de Acre a Sidón estaba cortado por campos de minas, alambradas y hombres armados que tiraban a matar sabre cualquiera que se aventurara.

Y, a pesar de todo, Israel había prosperado y seguía prosperando. Pero había claros indicios de que se aproximaban tiempos peores. Después de la primera oleada de inmigrantes, el flujo se había secado. A menos que Rusia abriera sus puertas y dejara salir a sus tres millones de infelices judíos, Israel se vería forzado a depender de su crecimiento demográfico natural para llenar los espacios desiertos, construir una economía industrial y mantener sus fuerzas armadas. La llegada de cerebros y de capital de la diáspora había cesado: el recuerdo de los holocaustos se debilitaba y las trompetas de Sión sonaban cada vez mas impotentes en los oídos de las jóvenes generaciones.

Dentro de las fronteras de Israel había tensiones tribales, disputas religiosas, descontento social y rivalidades políticas. A pesar de la educación masiva y del servicio militar obligatorio,  no se lograba el ensamblamiento de las líneas de las distintas culturas inmigradas.

El conflicto religioso era todavía mas duro. Los rectos, los de la vieja ortodoxia, no aceptaban ningún compromiso con un estado secular. Jugaban con el poder político con la misma dureza con que imponían los rituales de la purificación;  y, debido a ellos, Israel carecía aún de constitución y sus leyes sociales ofrecían multitud de anomalías. Un cigarrillo fumado en sábado en Mear Sharia, podía ser arrancado  de la boca por algún fanático indignado. Los miembros del rabinato no vacilaban en llenar las paredes de las calles con letreros que prohibían al pueblo ejercer su derecho al voto… y casi nunca se les castigaba.

En Israel no existía el matrimonio civil. Se podía ser cristiano, judío o musulmán. Pero si uno quería ser un simple ciudadano laico y casarse o divorciarse legalmente – o incluso ser sepultado legalmente ­ – fuera de un grupo religioso,  entonces había que marcharse a Chipre. Las leyes dietéticas se aplicaban tanto al religioso como al no religioso.

Seguían siendo una sola nación. Era la tierra lo que les mantenía unidos… Pero si no aprendían a mantenerse definitivamente unidos podrían volver a perder la tierra, como la habían perdido antes a manos de los asirios, de los griegos,  de los romanos, de los turcos otomanos…

Para los árabes, el estado de Israel era como Dios. Si no existiera, habría que inventarlo para polarizar el descontento y para reunir al tristemente dividido mundo islámico. Si no se contaba con los judíos, ¿qué otra coartada quedaba para justificarse ante los miserables pobladores de los arrabales de Alejandría, ante los mendigos que se rascaban las heridas en el patio del Santuario Noble, ante los hombres sin trabajo de Damasco y ante los cientos de miles de personas perdidas que acampaban entre el desierto y el mar cerca de la ciudad de Gaza? Sin los judíos, ¿cómo encontrar una causa común que uniera a los ricos libaneses y kuwaitíes con los beduinos del desierto, reyes hachemitas, sirios marxistas y campesinos egipcios. La unidad árabe sólo se podía manifestar negativamente: ¡destruid a los judíos! Pero sin los judíos no se podría manifestar de ningún modo. Y todos sabían que la unidad de Palestina era un mito que, si alguna vez se lograba, terminaría al día siguiente destrozada por las envidias de los vecinos.

La realidad era que los egipcios querían destruir a Israel, pero carecían de poder y de dinero para conseguirlo. Los socialistas sirios querían librarse del rey de Jordania, que era amigo de los británicos y símbolo de la vieja monarquía tribal. Los jordanos querían una carretera hacia el mar y  un puerto en el Mediterráneo. Los libaneses querían dinero y comercio y los rusos buscaban la construcci6n de un área socialista desde Bagdad hasta las Columnas de Hércules. El Frente de Liberación de Palestina tenía valor distinto para cada uno de ellos. Lo alababan en publico, lo maldecían en privado y pagaban generosamente para que no se muriera.

Debo advertir que los párrafos anteriores son resúmenes, más o menos afortunados, sacados de la novela. No es éste el lugar para exponer mis ideas sobre el conflicto, sino para reseñar el libro de West. De todas maneras, mis opiniones coinciden bastante con las del libro.

¿Y en qué termina la cosa? Pues termina con una solución equitativa. Tres personajes mueren y ninguno de los que sobreviven se siente feliz. Como todos los habitantes de esta sagrada y desgraciada región.

Permitidme que termine con una magistral frase de Morris West, la más importante de la novela y la que le da el nombre. Es del general israelí que lucha desesperadamente con la espalda pegada a la pared.

“No me gustan las adivinanzas, Chaim. Pero hay una conclusión evidente. Los sirios continuaran molestándonos en Galilea hasta que nos veamos forzados a responder en serio. Y entonces pedirán a gritos la ayuda egipcia. Y si éstos trasladan tropas al Sinaí, empezará el juego otra vez. ¿Cuando? ¿Quién puede saberlo? ¿Cómo podemos saberlo? Conoces los datos. Lees las noticias diarias. Estamos en un mundo loco, en una torre de Babel donde hablamos sin comprendernos y morimos delirando de modo tan primitivo como los monos”.

Tierra Santa. Ciudad de la paz.

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Responses

  1. i love it

  2. buena novela de Morris West.

  3. Como todas las de este autor. Es un magnífico escritor.

  4. Me encantó esta novela, acabo de leerla y es un fiel reflejo de la actualidad en oriente medio, este hombre fue verdaderamente un visionario, ya que este libro se escribió en 1.967. Los invito a leerlo.

  5. Me alegro que le gustase. A mí también me gustó mucho.

  6. Me encantaria leer el libro de la Torre de Babel de Morris West ,pero esta descatalogado.Como puedo conseguirlo?


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